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Opinión

Cada año, la fe del cristianismo reúne a familias completas a compartir con tolerancia sus virtudes y defectos. Nos podemos hacer de la vista gorda por 364 días, y tratar de no coincidir con algún familiar ‘non grato’, pero este día en especial, estamos obligados a entender que la familia es mas poderosa que el individualismo.

Ese es el mensaje de Jesús. Más allá de las horas de misa y rezos, es el poder ver con amor a aquel que no me cae. 

Las religiones cada día venidas a menos, despreciada por sus dogmas, van mas allá de instituciones y personas. Son el cúmulo de sabiduría que ha venido escribiendo la humanidad completa y la que ha permitido lograr una evolución controlada. Que ha entendido el hombre sobre si mismo y sobre lo que se espera de él.

Es el código mas perfecto a seguir para logar con éxito nuestro corto viaje en este planeta. Nos obliga a seguir, no nuestros deseos carnales, si no aquellos trascendentales, que dejarán huella en este mundo.

Un mundo que carga una historia que nos relaciona entre los que ya vinieron, y los que están, y nos seguirá relacionando con los que aun no existen pero que vivirán los efectos de nuestra presencia hoy.

¿Puede que la falta de compromiso que se siente en las nuevas generaciones esté ligada con su rechazo a seguir una religión dada?

Todo en nuestro alrededor nos invita al placer inmediato. A centrarnos en nosotros y nuestro confort. Cada día somos mas ególatras y narcisistas, alimentamos nuestro desarraigo siguiendo teorías convenientes, “lo que es justo para mi”, “quiero gozar mi vida”, “la vida se vive una sola vez”, yo, yo, yo.

La vida es trabajo, compromiso y responsabilidad.  Si mi voluntad la pongo en mano de mis deseos la consecuencia es lo que ahora vivimos. Desarraigo de las vocaciones.

Desde el padre o la madre que abandonan a sus hijos, el empresario que solo ve sus bolsillos, el político que chupa lo que no es suyo, hasta el sacerdote que ha olvidado lo que es vivir en gracia. 

Las calles decoradas, los regalos en el pino, los preparativos para la cena, nos debieran hacer entender que esta celebración está por encima de mi, de lo que creo o pienso. Y que la celebración del nacimiento de Cristo seguirá siendo motor evolutivo para un sexto del planeta que sigue su doctrina, en la confianza de que esta acumula todo los que nuestros antepasados nos han querido decir. Así como nosotros dejaremos nuestra propia experiencia –sobre todo de nuestros errores- a las generaciones que siguen. 

Te propongo que por un instante salgamos de nuestro yo, vivamos el gozo de celebrar la historia de nuestra humanidad representada en ese pesebre y ese niño que ahí reposa. Abracemos a quien está a nuestro lado, dejemos de apuntar a sus errores y lo aceptemos. Experimentemos la paz que trae el amar. 

Feliz Navidad.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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