En mi camino rumbo a los Olímpicos de Sochi, la parada en Moscú es más que obligada. 

Es la capital y epicentro de todas las políticas que tienden a enfrentar y cuestionar en los últimos 70 años a los Estados Unidos, y a partir de hace unos años a China, en el poderoso y delicado tema de las “superpotencias”.

Tan fuera del entendimiento y alcance de la gran mayoría de nuestras naciones, del “balance del poder mundial”, Moscú se yergue siempre desafiante con su propia personalidad altiva, desafiante y muchas veces obstinada y terca hasta en las sinrazones.

Moscú y sus habitantes  viven con orgullo desafiante, incluso sus extremos ideológicos, mismos que supieron reinventar cada momento del convulsionado siglo pasado; pasando desde la caída de los Zares, al Leninismo, al mando del terror y barbarie de uno de los grandes tiranos de la historia, Joseph Stalin.

La guerra fría de Khrushev hasta la “Perestroika” de Gorbachov, y el reingreso a la comunidad mundial con el rompimiento de la Unión Sovietica y retomando la tradición de todas las Rusias, Moscú es el líder.

Aquí se centran todas las ideas y todas las voces, vibra en su orgullo y sus eternos contrastes de los más ricos del mundo con los más necesitados. En Moscú todos caben siempre que tengan esa fuerza para sobrevivirlo.

Aquí la tradición y hasta leyenda de los zares ha sido desenterrada tras décadas de silencio y condena con orgullo, a pesar de conocerse los excesos de aquellos tiempos.

“Pedro el Grande”, fundador y diseñador de la emblemática San Petersburg, cambió por muchos años su nombre a Leningrado. Ha recobrado su sitio en el más alto pedestal del orgullo ruso. No solo con el regreso del nombre original sino con todo su legado.

El premio Nobel golpeador

Cuando en el año 2002 la Fundación de los Premios Nobel decide otorgarle al expresidente Jimmy Carter su máximo galardón, muchos quedamos indignados.

Cierto que Carter se distinguió por su vocación, dicen que eso es de intermediario por la paz.

Los Acuerdos por la transición pacífica del Canal de Panamá, los acuerdos de Camp David entre Egipto e Israel son algunos de sus logros , la apertura con China fue heredada de la administración Nixo,  aunque muchos pretenden ignorarlo, solo que quienes mostraron sus logros olvidaron que el mismo James Carter, el de la media sonrisa,  fue el autor del golpe más bajo que se ha dado al Movimiento Olímpico Internacional con aquél…

Estúpido boicot…

A los olímpicos de Moscú 1980 como represalia, como si faltaran ironías, a la invasión de la entonces Unión Sovietica a Afganistán, unos cuantos años después sería el ejército norteamericano el invasor a territorio afgano.

Dicen que sus consejeros lo mal orientaron, la realidad es que ese golpazo es solo responsabilidad del entonces presidente Carter cuya medida estúpida, mediocre, irresponsable y sin el impacto deseado provocó que por más de una década los atletas no se enfrentaran entre sí.

La entonces Unión Sovietica y sus áreas de influencia detrás de la llamada Cortina de Hierro devolvieron el golpazo, boicoteando los olímpicos de Los Ángeles 84 aduciendo “falta de seguridad” a sus atletas. 

No sería sino hasta Seúl 88, 12 años después de Montreal 76, que los mejores atletas del mundo enfrentarían a sus iguales.

Se perdieron generaciones, pero el Movimiento Olímpico prevaleció por encima de todo más fortalecido y poderoso.

No hago comparaciones

Los acuerdos de Camp David entre Egipto e Israel o el tratado Torrijos – Carter que devuelve a Panamá la soberanía sobre su propio territorio casi 100 años, después de pagar una renta muy alta con este estúpido boicot de Carter a Moscú 80, solo que aquí señalo la incogruencia, oportunismo, superficialidad, ligereza   de este político demócrata que intentó sin éxito ganarse adeptos en el tema apasionado del deporte del que tantos se sirven a su ya decaída popularidad.

Baste recordar sus errores en el tema de los rehenes en Irán a los que pudo recuperar la administración Reagan que, también oportunista (son políticos) lleva agua a su molino.

Moscú aun resiente aquel golpe bajo a sus juegos que se vivían en un mundo, totalmente diferente al de ahora, sin globalización ni tanta comunicación.

La gran mayoría no vivió aquellos episodios, pero el dolor y frutración ahí quedan.

Y como me decía ayer un colega ruso: “Sochi es un buen principio para que dentro de unos años el Comité Olímpico nos entregue esa oportunidad, no solo de revancha sino de justicia deportiva”. 

Así de fácil.