Los niños con un estómago sano tienen menor riesgo de enfermarse. Este 4 de marzo se conmemora el Día Mundial Contra la Obesidad, en el que se busca concientizar acerca del daño para la salud que conlleva esta condición derivada de la alta ingesta de calorías y otros malos hábitos que se pueden evitar, sobre todo en los menores de edad.

Susy es una niña de Toluca que tiene seis años, mide un metro con 25 centímetros y pesa 45 kilos. Es hipertensa, tiene resistencia a la insulina y durante el sueño su respiración sufre de bloqueos parciales, es decir, presenta apnea del sueño. Muy probablemente necesitará medicación para mejorar su oxigenación durante la noche.

Para ofrecer mejores tratamientos a Susy y a millones de niños con problemas de sobrepeso u obesidad, la comunidad científica trabaja en diferentes líneas de investigación, entre ellas, entender la función de la microbiota intestinal (también conocida como flora intestinal), definida por la Revista de Gastroenterología de México, como la comunidad de microorganismos vivos, incluidos los virus, y otros más que pueden habitar en el tubo digestivo.

El estudio de la microbiota intestinal está en el centro de las investigaciones científicas más recientes y desempeña un papel clave, ya que el desarrollo de la obesidad está íntimamente ligada con las variaciones energéticohumorales de cada persona.

En las últimas décadas, la obesidad se ha convertido en un grave problema de salud pública que afecta tanto a niños como a adultos.

En México, el sobrepeso y la obesidad se presentan desde la primera infancia (máximo ocho años). La UNICEF reporta que en el país uno de cada 20 niños y niñas menores de cinco años padece esta condición

Según la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición, en 2018, el 22.2 por ciento de la población de 0 a 4 años, la cual está compuesta por 9.7 millones de personas, se identificó con riesgo de sobrepeso, lo que representa el 7.7 por ciento del total.

Estos niños tienen una alta probabilidad de tener sobrepeso durante el resto de su vida, hecho que los pone en riesgo de sufrir enfermedades circulatorias, del corazón y de los riñones, entre otras.

Teniendo en cuenta que la obesidad obedece a múltiples factores, muchos de ellos modificables, se identifica a la infancia como la “edad de oro” para invertir en la prevención de la obesidad, principalmente con la promoción de estilos de vida adecuados.

Ante este panorama, grupos de científicos que buscan cómo prevenir el sobrepeso y la obesidad, han descubierto que el ecosistema que conforman millones de microorganismos que habitan el intestino influye en el sobrepeso de los infantes.

“Son millones y millones los microorganismos que colonizan nuestro intestino. Por lo tanto, su presencia tiene repercusiones, en salud o en enfermedad”, sostiene Ana Teresa Abreu y Abreu, médica gastroenteróloga.

Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), desde 1975, la obesidad se ha casi triplicado en todo el mundo. En 2016, unos 41 millones de niños menores de cinco años tenían sobrepeso o eran obesos. Ese mismo año se registraron más de 340 millones de niños y adolescentes (de 5 a 19 años) con sobrepeso u obesidad.

La primera infancia es la ‘edad de oro’ para prevenir la obesidad y así poder tener una vida saludable

Microrganismo intestinales, factores en la obesidad

De acuerdo con la científica Abreu y Abreu, fundadora de la Sociedad Iberoamericana de Microbiota, Probióticos y Prebióticos, “la microbiota se adquiere al momento de nacer, entonces, el primer factor que puede cambiar o modificar la adquisición de esta microbiota es la forma en la que se nace”.

El tipo de microbiota que va a desarrollar el recién nacido obedece a varios factores relacionados con el peso de la madre, la manera de nacer, la lactancia, el uso de antibióticos en el embarazo tras nacer, entre otros.

Según Abreu y Abreu, “los primeros mil días de vida son los que hacen que haya bacterias que se ubiquen en el intestino y se queden, a eso le llamamos microbiota comensal o nativa, y otros que pasen o sean transitorios, dependiendo de lo que comamos”.

Señala que la microbiota intestinal se enriquece dependiendo del tipo de dieta que tenga un niño o niña, es decir, cuánto tiempo tuvo de lactancia, cómo fue el proceso de ablactación —manera de adaptarse a comer alimentos—, qué alimentos se incorporaron, si tenían conservadores o no, si eran naturales; la convivencia en la familia, si hubo o no mascotas.

“Una vez que pasan los tres primeros años, que ya empieza la infancia, la microbiota sólo se refuerza, crece más, se diversifica y tiene más riqueza de microorganismos. Eso reditúa en funciones, crecimiento y desarrollo; pero también se puede ver afectada por medicamentos, estilo de vida y tipo de dieta”, subraya.

Los anticuerpos

El intestino es un órgano inmunitario, se encarga de reconocer las diferentes estructuras que conforman la dieta, estructuras bacterianas o moleculares, como carbohidratos, grasas y proteínas, las cuales reconoce y acepta o rechaza.

De acuerdo con la investigadora, la dieta es fundamental para la microbiota intestinal en cualquier momento de la vida, desde recién nacido hasta el último día de vida. El código genético está íntimamente relacionado con el de los microorganismos, virus, bacterias y hongos que habitan el intestino.

“Si un niño en los primeros mil días de infancia no hace ejercicio, ingiere carbohidratos que no quema o no usa, tendrá una microbiota de características particulares. Para que los infantes desarrollen sobrepeso u obesidad influyen varios factores como: la dieta, pero también factores genéticos”.

No obstante, la predisposición puede reducirse si se mejora la dieta, si los niños son activos, es decir, que sin intervención de medicamentos tendrían una microbiota más diversa y sana.

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