En medio de una nueva andanada de ataques del presidente estadounidense Donald Trump, México tendrá una nueva oportunidad de alzar la voz frente a organismos internacionales para dar a conocer la postura y acciones que el gobierno de Estados Unidos ha tenido contra México.

Esta semana, los días 13 y 14 de abril, jefes de Estado de varios países del continente —incluyendo a Estados Unidos—, se darán cita en Lima, Perú, para llevar a cabo la Cumbre de las Américas.

Será la primera cumbre de este tipo a la que asista Donald Trump, quien se ha caracterizado por tener un discurso en contra de los migrantes y algunos países del continente.


Contra México, Trump mantiene no sólo una guerra comercial por el Tratado de Libre Comercio, sino por la llegada de migrantes indocumentados y el muro fronterizo, al que mandará a la Guardia Nacional

Con otras naciones americanas también ha tenido conflictos. Basta recordar la referencia que hizo a países como El Salvador y Haití, a quienes llamó “países de mierda”.

Durante meses, México ha mantenido una postura de contención interna ante los ataques de Trump que han ido en aumento.

La primer ofensa

En enero del 2017, apenas unos días después de que Donald Trump tomara protesta como presidente de los Estados Unidos, firmó una orden ejecutiva contra los migrantes indocumentados y para comenzar con los planes de la construcción del muro.

En ese momento, México podía hacer un movimiento más político que legal, de acuerdo a una voz experta en relaciones internacionales, pues como aún no había razones concretas, el país no tenía acceso a instrumentos jurídicos a nivel internacional.

“En el ámbito internacional, son actores e intereses políticos más que jurídicos. La forma acompaña al interés político de los estados. Es un camino azaroso pero no imposible.

El procedimiento debería ser solicitar al secretario general de la Organización de Estados Americanos, Luis Almagro, que se pase un posicionamiento de México en contra de Estados Unidos que sea soportado por el resto de las naciones de la Asamblea General de la OEA, y emitir por escrito –es la formalidad de la protesta- un enérgico reclamo a lo que implica la construcción de un muro en una frontera tan extensa de más de 3 mil kilómetros de longitud que va a afectar no sólo a las poblaciones limítrofes, sino al comercio y al medio ambiente”, explicó entonces Iliana Rodríguez, catedrática del Tec de Monterrey y experta en derecho y relaciones internacionales.


Aunque desde el organismo los cancilleres expresaron opiniones de solidaridad con México, en los hechos, la OEA no emitió un pronunciamiento oficial porque el país no lo solicitó

El reclamo mexicano no podría llevarse ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos ni ante la Corte Internacional de Justicia, pues Estados Unidos no es parte jurisdiccional de esos órganos.

Si eventualmente se presentara la denuncia por violación de derechos humanos ante la ONU, las Naciones Unidas harían una evaluación y emitirían una resolución que podría salir por la Asamblea General.

Si fuera así, la resolución no sería vinculante (que obligue a EU a tomar acciones) porque la ONU no es un tribunal. Se emitiría sólo una recomendación, pero los estados no están obligados a acatarla y no pueden ser sancionados por no hacerlo.

México en la CIDH

Fue hasta abril del 2017 que México sí acudió ante un organismo internacional por el tema del muro fronterizo.

El país interpuso ese mes la primer queja internacional ante la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos (CIDH) contra el plan de la construcción del muro fronterizo en una franja de 120 kilómetros entre los estados de Sonora y Arizona.

El argumento fue la protección de la comunidad étnica de los Tohono O’odham, mejor conocidos como Pápagos, quienes presentaron una denuncia en la CIDH que fue acompañada por la Secretaría de Gobernación y el Instituto Nacional de Antropología e Historia.

“Miembros de nuestra etnia en Estados Unidos han expresado que detendrán el muro a pesar de que tengan que morir”, expuso en su escrito la comunidad indígena, presentado por las autoridades mexicanas en la CIDH.

El papel del Congreso

En México es el Senado de la República el que tiene la potestad sobre la política exterior mexicana.

La llegada de Trump al poder y su ofensiva contra México pareció despertar a la Cámara Alta de un estancamiento que tenía en el tema de la política internacional.


Al Senado le corresponde vigilar que las decisiones del Ejecutivo en materia exterior no vayan en contra de los intereses nacionales

Para Laura del Alizal Arriaga, académica de la Universidad Autónoma Metropolitana, al Senado le corresponde vigilar que las decisiones del Ejecutivo en materia exterior no vayan en contra de los intereses nacionales, además de acompañarlo con una visión experta sobre los diversos temas de la relación bilateral.

Apenas unos días después de la toma de protesta de Trump como presidente, el Senado ya discutía la necesidad de fortalecer los trabajos en los consulados mexicanos y de acudir a organismos internacionales.

“Ese mismo día, el grupo parlamentario del PAN presentó una proposición con punto de acuerdo y un exhorto que demuestra que finalmente los senadores han comprendido cómo puede el Congreso y, en particular la oposición, intervenir en la política exterior.

“El rechazo a la construcción del muro en la frontera propuesto por Trump se acompañó de un exhorto a la Cámara de Diputados a fin de no etiquetar, fijar o autorizar recurso alguno para ese propósito. Es decir, si el Ejecutivo cede a las presiones del gobierno estadounidense, el Congreso impediría que se cumpla con una imposición inaceptable para México”, expuso Del Alizal en el Noveno Congreso Latinoamericano de Ciencias Políticas, realizado en Uruguay, en julio pasado.

Sin embargo, el papel del Senado podría tener un mayor impacto, considera la experta, pues su tratamiento de los temas no es preventivo ni ayuda al Ejecutivo a moldear la política exterior del país.


Los ataques de Trump han ayudado para que el Senado deje cada vez más su indiferencia por el tema internacional

“Hasta ahora la participación del Congreso en la política exterior del país es reactiva, lo cual no está contribuyendo al fortalecimiento de las instituciones y los procesos democráticos en México”, apuntó la experta.

Aun así, el maltrato de Trump a México ha ayudado para que el Senado deje cada vez más la indiferencia por el tema internacional.

La rivalidad histórica

La relación entre ambos países ha sido compleja y su historia ha estado llena de altibajos y tensiones, una de las más recientes fue el escándalo de la llamada Operación Rápido y Furioso mediante la cual se introdujeron miles de armas a México con el beneplácito de la Agencia de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos (ATF).

Pero algunas de las más grandes desavenencias entre ambos países se remontan al siglo pasado. Una de ellas fue el papel intervencionista de los Estados Unidos mediante su embajador en México Henry Lane Wilson durante los años de la Revolución, especialmente por su participación activa en la Decena Trágica.

Hoover, presidente estadounidense entre 1929 y 1933, buscó, al igual que ahora lo hace Trump, resolver los problemas de su país recurriendo al aislacionismo y al cierre de fronteras y tuvo como principal blanco a los mexicanos.

A principios de la década de los 30, en el contexto de la gran depresión, la administración de Hoover deportó de manera inconstitucional a más de un millón de mexicanos y mexico-americanos, a pesar de que más del 60 por ciento eran residentes legales, impactando así la vida de miles de familias por generaciones.

Hoy, en plena efervescencia electoral, Trump representa lo peor de todos los episodios de tensión entre ambos países, desde la persecución migrante, las amenazas comerciales y económicas hasta su más reciente acción: la militarización de la frontera, una práctica que si bien no es nueva, adquiere un matiz distinto por la tensión actual.

La importancia y la necesidad mutua de una sana relación bilateral va más allá del hecho de compartir una frontera en común, sino que se cimentan en una relación histórica que se remonta a décadas, en donde se han fortalecido vínculos que permanecerán aún después de que Donald Trump deje la Casa Blanca.

Es cierto que la presencia del republicano como mandatario está erosionando esta relación y sobre todo condicionando en gran parte la política exterior mexicana, pero también es verdad que existen lazos en materia económica, social e incluso burocrática en donde se ha avanzado mucho en los últimos años y que podrían estar bajo amenaza de un retroceso que sería difícil contrarrestar en el futuro inmediato.

Para José María Ramos, el estado de la relación bilateral podría explicarse en dos niveles, por un lado el nivel que está relacionado al carácter político que sí ha cambiado sustancialmente y por el otro una agenda cotidiana de cooperación entre ambos países y que es fundamental para los intereses comunes.

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