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Opinión
Tabla rasa

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Yo también, yo tampoco

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Paulina Villegas
paulina@twitter

Feb 6, 2018
Lectura 5 min

Entre 1903 y 1908, el filósofo austro-checo Rainer Maria Rilke intercambió una serie de cartas con un joven aspirante a poeta, mismas que tras su publicación servirían de guía casi espiritual para millones de personas -entre las que me incluyo- alrededor del mundo.

Una de ellas hablaba del amor como el más alto testimonio de nosotros mismos, “la prueba suprema”

Rilke acusaba en ese sentido que las relaciones sentimentales, particularmente entre jóvenes, muchas veces pecaban de ingenuas, caprichosas e impacientes. Para que ese amor fuera diferente la sociedad tendría que madurar.

“Un día existirá la joven y la mujer”, escribió hace más de cien años. Y dejando a un lado la implícita misoginia condescendiente de la aseveración, Rilke acertó en vislumbrar un futuro en el que el término mujer no nada más es lo contrario a lo masculino, “sino es algo por sí mismo, algo que no se piense como un complemento y un límite, sino sólo vida y existencia, el ser humano femenino”.

Y llegó ese día. No fue el año pasado con la ola de denuncias contra hombres poderosos por acoso sexual -actores, productores, periodistas, ejecutivos-, ni con el primer feminismo de los años sesenta o con el aclamado discurso de Oprah Winfrey en la pasada entrega de los Globos de Oro. Llegó con la suma de todo este tiempo y progreso transcurrido, con la suma de toda esa humillación y dolor, y también con la maduración social

Sea como sea, aquí estamos.

Es cierto que la igualdad de género en todas las esferas de la vida social y política es algo todavía lejano para lo que aún falta mucho por hacer. En México ese camino por recorrer es particularmente largo. Pero uno de los aspectos más interesantes que trae consigo esta ‘nueva’ revolución feminista, es el de las posibilidades ilimitadas que se abren para la reinvención y redefinición de las dinámicas sentimentales entre mujeres y hombres.

Territorio inexplorado, pero fértil.

Porque la joven y la mujer de la que hablaba Rilke, no sólo existe, sino que ya se redefinió una y otra vez, y lo hace todos los días. No son las actrices vestidas de negro en una alfombra roja un ejemplo de empoderamiento femenino moderno, son más bien una expresión de un momentum con una agenda puntual y pública que mereció reflectores.

Después de la avalancha pública de mujeres exponiendo su abuso sexual y hombres viviendo por primera vez las consecuencias de sus actos, escucho a muchos confundidos y desconcertados, preguntándose cuál es el nuevo código de conducta apropiado para relacionarse con mujeres. La pregunta ofende y genera duros juicios entre círculos feministas, que se burlan de la falsa ingenuidad y reviran que la respuesta es obvia: no violar, no acosar, no insinuarte sexualmente a alguien en un contexto laboral aprovechando una dinámica de poder desbalanceada y un largo etcétera.

Todas tenemos uno o más “cerdos” en nuestra vida, es cierto. También es cierto, que no todos los “cerdos” son predadores. Es común también toparte con hombres sensibles y bienintencionados, quienes han caído una o más veces en acciones, actitudes y desplantes inapropiados, machistas, insistentes e incluso en acoso.

En palabras de Samantha Bee: “sabemos la diferencia entre un violador, un acosador en el trabajo y un Aziz Ansari, y eso no significa que tengamos que estar contentas con ninguno de los tres”.

Y ante este escenario de revolución algunos hombres vislumbran y temen un mundo nuevo donde el hombre sea en potencia inservible, por lo menos para la mujer. Pero más que un peligro, este momento de transición, si bien incómodo y catártico, ofrece la oportunidad de oro de avanzar hacia un abstracto que es el terreno de las emociones, donde el amor pueda ser simplemente más humano.

Un amor no complementario, ni más “equitativo”, ni tampoco relaciones competitivas o limitantes, pero sí más sensatas, libres y plenas. Más satisfactorias. Un amor más delicado, del que habló Rilke:

“Se asemejará al que precisamente estamos preparando con nuestra dura lucha: dos soledades protegiéndose, limitándose e inclinándose una ante la otra”.

Creo también en la potencialidad esperanzadora de este momento para liberar no sólo a la mujer de su condición social, sino también al hombre de las cadenas de su propio género. El momento de decir alto al abuso, discriminación y violencia contra a mujer, puede y debe ser también momento de despojar al hombre de actitudes y convencionalismos que se perpetuaron, y aunque le ofrecían beneficios y ventajas incuestionables en el ámbito terrenal, ¿quién dijo que los hombres así lo querían? ¿Quién dijo que esa era la única forma de “ser” humano masculino?


* Esta opinión no refleja la del periódico

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