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Opinión
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Fronteras

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Paulina Villegas
paulina@twitter

Sep 3, 2018
Lectura 4 min

En una entrevista reciente para la revista New York Times Magazine, el talentoso y multifacético actor, productor, escritor y rapero británico Riz Ahmed reflexionó sobre fenómenos de nuestra época: tribalismo y extremismo.

Hijo de migrantes pakistaníes, nacido en un suburbio de Londres y educado en Oxford, Ahmed habló del dilema que representa heredar una identidad étnica, multicultural de su país de origen, mezclada ésta con todo el beneficio y botín a su disposición que le confirió el haber nacido en un país de primer mundo.

Esto a pesar de que uno haya conquistado y despojado al otro. Aunque él mismo personifique esa identidad casi contradictoria: conquistado, conquistador. Nosotros el otro.

“Eso es lo que somos. Somos los herederos de las cicatrices del Imperio, pero también somos los herederos de los regalos del Imperio. Ese estado interno/externo, está totalmente arraigado en nosotros. Por eso es que en tiempos como estos, cuando todo el mundo se ve forzado a elegir bandos, todo es binario, resulta tan confuso ser nosotros.”

Los “nosotros”, a los que se refirió Ahmed, somos todos.

Es él, y también lo es aquel hijo o hija de migrantes centroamericanos, nacido en Estados Unidos quién lucha por- o sufre de- una identidad heredada que en el actual contexto político parece casi prohibida, inverosímil.

Para muchos no solo es confuso vivir en estos tiempos, sino aún más lo es “ser.”

A pesar de las inercias de gravitar cada vez más fuerte hacia los polos de nuestra ideología, religión, etnicidad, género, a fin restaurar nuestro sentido comunidad, las líneas de todas estas fuentes de identidad son cada vez más difusas, convirtiéndonos en seres fundamentalmente transnacionales, apátridas, extraterritoriales.

Habitamos múltiples fronteras ideológicas, culturales, a veces contradictorias, que se diluyen cuando se empalman, construyen o redefinen identidades que poco tienen que ver con geografía.

Aquel hombre joven supremacista blanco habita las fronteras de su ideología radical pero también la de su exclusión social- y ésta última proviene de las condiciones socio económicas que lo colocan en el margen de una sociedad.

La mujer vive en el frontera de su género y toda la inequidad que éste conlleva, pero también puede gozar- dependiendo de contextos específicos-, del beneficio y privilegio que éste le confiere.

En un programa de televisión de Estados Unidos Ahmed evocó esa confusión al recitar una canción-poema el año pasado: “Tiempos Amargos” (Sour Times).

Habían pasado solo dos días desde que la joven activista Heather Heyer perdiera la vida mientras protestaba en contra de un mitin político de supremacistas en la ciudad de Charlottesville, Estados Unidos, después de que un joven americano de 21 años, simpatizante del nazismo, embistiera su automóvil en contra de la multitud matando a Heyer y dejando 28 heridos más.

“Porque Al Qaeda, no existe realmente, no hay un’ super villano’ planeando estos ataques desde algún sótano,” declamó Ahmed en el programa de entrevistas conducido por Jimmy Fallon.

“Hay miles de jóvenes perdidos, enfurecidos, relegados y aislados económicamente, un costo marginal, quienes piensan que no tiene sentido verter sus votos en las casillas, porque no tienen un lugar en el sistema, ni fe en su maquinaria, son blancos fáciles (…)”.

El poema de Ahmed no era un rechazo al antisemitismo, xenofobia o tribalismo que se había exhibido en Charlotesville, sino un intento de búsqueda de la verdad más profunda y enterrada en esta batalla minada de polarización y aislamiento.

Lo importante de su reflexión es que no coloca a nadie del otro lado del espectro, sino aborda, con compasión las raíces de nuestra confusión, nuestro enojo, nuestro olvido.

En ese sentido, la película del sueco Ingmar Bergman “Persona” de 1966 aborda también el desafío que supone la identidad individual, pero lo hace desde un enfoque casi de misticismo existencial y explora así el laberinto psicológico de una mujer.

“El sueño imposible de ser,” dice en una escena la directora de un hospital a una paciente en crisis que decide por razones desconocidas, dejar de hablar.

Y continúa:

“No de parecer, sino de ser. Consciente en cada momento. Vigilante. Al mismo tiempo, el abismo entre lo que eres para los otros y para ti misma, el sentimiento de vértigo y el deseo constante de, al menos, estar expuesta, de ser analizada, diseccionada, quizás incluso aniquilada. Cada palabra una mentira, cada gesto una falsedad, cada sonrisa una mueca”.

Pero por imposible que es “ser”, el mismo personaje augura: “la vida se cuela por todas partes.”


* Esta opinión no refleja la del periódico

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