Omisión Nacional Bancaria

El profundo temor que albergan los servidores públicos de tener que repetir el negro episodio de la nacionalización, o de la dilapidadora banca oficial, o peor aún, los procesos de rescate, en los que los delincuentes cobran por olvidar sus pecados, nos ha colocado en un foso en el que los vigilantes prefieren no ver quebrantos, infracciones, ni violaciones y gustan de poner debajo del tapete las pifias financieras. 

Gabriel Reyes Orona Gabriel Reyes Orona Publicado el
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El profundo temor que albergan los servidores públicos de tener que repetir el negro episodio de la nacionalización, o de la dilapidadora banca oficial, o peor aún, los procesos de rescate, en los que los delincuentes cobran por olvidar sus pecados, nos ha colocado en un foso en el que los vigilantes prefieren no ver quebrantos, infracciones, ni violaciones y gustan de poner debajo del tapete las pifias financieras. 

Sí, dejan pasar a otras administraciones los tragos amargos, aunque ello implique tolerar que los accionistas y la alta burocracia bancaria se embolsen los ahorros del público.

Lo contrario supondría enfrentar poderosos intereses, cuyas raíces llegan a las campañas, a carreras políticas construidas con dinero pasado por debajo de la mesa. Uno nunca sabe cuál de los jefes deba la posición al generoso banquero que coloca instrumentos, de esos que creativamente explicarán enormes pérdidas de mercado, las cuales –ineludiblemente– tendrán el efecto de transferir caudales de las cuentas de los clientes, hacia la de los operadores que supuestamente cuidan las inversiones del cliente. 

Ver, oír y callar, es lema que flota en la CNBV. No es la clientela, ni los usuarios su objetivo, sino el mantener a toda costa en el juego a los intermediarios. En cada potencial escándalo priva la colaboración entre autoridades y administradores financieros, para tapar y cubrir toda huella de violación legal, de truco y prestidigitación para adueñarse de lo que no es propio.

Quien osa documentar temerarias decisiones, incumplimiento de las reglas o la descarada desposesión de ahorros, es sencillamente cesado o invitado a dejar el organismo, amenazado de que cualquier indiscreción será pagada con la furibunda persecución por parte de señores de vida y haciendas que laboran tras las siglas “SHCP”.

Aquella connivencia entre el blanquiazul, instituciones  quebradas y deudores acostumbrados a no pagar, derivó en el acuerdo bancario empresarial que permitió que todos los mexicanos tuvieran el honor de tragarse las deudas de unos cuantos.

Aquel que en unas semanas será simplemente “Felipe”, pasó de tener una hipoteca impagada a gozar de la dispensa de antigüedad, para comprar su casa con crédito blando de la banca oficial, hoy, desborda propiedades. 

Con el decidido apoyo de Roberto Hernández, Fox y Calderón, pudieron sufragar gastos que el IFE no se atrevió a fiscalizar. El poderoso empresario había así invertido en interesantes activos no bancarios, como lo son funcionarios, jueces, legisladores y un par de presidentes que le dieron la mejor tasa de retorno de la historia financiera universal, ya que la aerolínea y la forzada fusión con Citi, son sólo parte del descomunal “take over”. 

El fallecido Pablo Gómez del Campo (Q.E.P.D.), fue la joya de una corona que el saliente brindó a quienes ya han jineteado el sistema por más de treinta años. No importa quien gane las elecciones, la vicepresidencia hacendaria ha tenido el control y asegura a extranjeros el más amplio e injusto margen bancario del mundo y la más vergonzosa intermediación financiera.

Los balances, como a  principios de los 90, están sustentados en saliva y mucha imaginación. Pero, ¿quién será el que se atreva a decir que los estados financieros son el nuevo traje del emperador? 

En esto de la solvencia bancaria los redentores suelen ser crucificados, y no hay, en la CNBV, ninguna intención de reconocer que cobraron por tareas que no hicieron. 

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