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Opinión

En una ocasión, el pintor Julio Galán reveló que le gustaría prender fuego a un museo. La piromanía fue un asunto fuera de la incumbencia del artista que hizo de sí mismo un personaje en performance permanente.

Pero el fuego era, para él, un recurso para advertir y subrayar lo valioso de la supervivencia. Por eso – “¡claro que sí!”– le prendería fuego a un museo, “porque lo que no se destruyera es lo que no quiere morir, o porque no puede; y de eso trata la vida y el arte”.

Y de eso tratarán las líneas en esta columna: encender el fuego al museo de la cultura para recuperar el patrimonio sin destrucción, para reclamar las pérdidas, para animar, no obstante, que el fuego permanezca vivo y vigente, como un modo de reflexión y análisis. 

Fuego al museo para llamar la atención en estos momentos de procesos post electorales, en los que la cultura aparece sólo como una mención por parte de candidatos, cuando debería trascender como línea transversal en una visión de Estado en donde la libertad es respetada, el nivel de vida aspire a una elevación y la cultura resulte extendida por las extensas capas de la sociedad. 

Pero la expectativa es que la Cultura, ya no digamos como una noción de vida y para la sociedad, sino como sistema administrativo en el aparato gubernamental, es algo muy ajeno a los intereses de los gobernantes y continuará como un aspecto secundario y un gran bache por subsanar sino se consolidan los elementos centrales de las obligaciones del Estado en materia de política cultural: preservación del patrimonio cultural, difusión de la cultura y las artes con mayores alcances, promoción del libro y la lectura, el rescate a las culturas populares y los estímulos a la creatividad con mecanismos que den certeza de la transparencia en la asignación de los fondos y las becas exentas de términos clientelares y de lo discrecional.

Porque lo urgente es responder a las necesidades culturales de la sociedad y al acceso directo y eficiente a los bienes y servicios culturales, así como revisar las formas de satisfacer las necesidades de los propios creadores artísticos y las estructuras operacionales del sector en el Estado, particularmente a 20 años de la creación de Consejo para la Cultura de Nuevo León, en este 2015, y de la Secretaría de Extensión y Cultura de la UANL, en 2016. O a los casi 30 años del Conaculta.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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