Una de las industrias más afectadas por la pandemia ha sido la cinematográfica. Al demandar que su consumo suceda en complejos cinematográficos, regularmente situados dentro de plazas comerciales con gran afluencia de personas, el riesgo de contagios se vuelve alto y el miedo a asistir a las salas se hace evidente.

Si bien el cine puede ser consumido en otras plataformas, la asistencia a las salas tiene un componente social y ritual que es parte integral de la experiencia cinematográfica. El cine en pantalla grande funciona como un templo de transformación en donde las sociedades moldean sus usos y costumbres, en donde se reflejan y se sanan, en donde el individuo percibe sin interrupción, sin pausa, en la oscuridad de la sala, otras maneras de enfrentar su realidad y distintas reacciones emocionales.

La experiencia cinematográfica no sólo ha servido para reflejar la cultura o la cara de un país ante otros, también ha sido una cura emocional ante los temores no expresados, los deseos reprimidos y las fantasías de los espectadores.

En momentos de crisis, como la pandemia, las sociedades demandan entretenimiento. Es ahí donde se vuelve indispensable contar con las películas que permitan a las audiencias liberarse del estrés, de la preocupación y del miedo ante un incierto futuro. No sólo las películas fantásticas y de grandes presupuestos permiten esa catarsis emocional, también lo hacen otros géneros económicos de producir y efectivos para brindar esperanza como los son: la comedia romántica, la comedia de enredos y las historias sencillas de la vida cotidiana.

Dado que aún hay que vencer el miedo de regresar a las salas de cine, la pregunta es: ¿sabrán los autores/productores cómo lograr experiencias cinematográficas que permitan un respiro ante la crisis y lleven a los espectadores a un estado emocional de prevención o tranquilidad?

Deseamos que existan autores/productores que sepan usar al cine como “medicina emocional post-pandemia”. Estos cineastas de la nueva era tendrían que ser individuos sensibles y creativos capaces de generar nuevas narrativas para un mundo que se enfrenta a ruptura de paradigmas, a otras formas de convivencia con la tecnología y a distintos hábitos sociales.

Es un momento estratégico para estimular al sector de la producción independiente, ya que asegurará que existan productos audiovisuales en México que reflejen nuestros escenarios, realidades y posibles soluciones. Necesitamos películas que plasmen historias íntimas y fáciles de comprender para la población, sin pretensiones elitistas o personales.

De esta manera, se estará colaborando desde la creación para generar confianza en los espectadores. Con buenos productos cinematográficos, las audiencias recuperarán ese momento mágico de diversión en las salas de cine que es, a la vez, sanación emocional.