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La promesa rota de Obama

Robert Samuelson

La promesa rota del presidente Obama, de que la gente podría mantener el seguro médico existente, tiene consecuencias mucho peores de lo que se nos ha hecho creer. 


Nov 28, 2013
Lectura 5 min

La promesa rota del presidente Obama, de que la gente podría mantener el seguro médico existente, tiene consecuencias mucho peores de lo que se nos ha hecho creer. 

Hasta ahora, la atención se ha concentrado en el mercado de seguros individuales: individuos que compran un seguro para sí mismos y sus familias. Se han cancelado pólizas porque no cumplen los requisitos de la Ley de Asistencia Médica Asequible (ACA, por sus siglas en inglés). Pero el mercado individual es pequeño, representa alrededor de un 5 por ciento de la población no anciana, según la Kaiser Family Foundation. Lo que no se tiene en cuenta es que las cancelaciones hechas bajo la ley actual se propagarán al mercado de la cobertura proporcionada por el empleador. 

Así pues, el Capítulo Dos de la promesa rota se avecina. En el 2012, 171 millones de estadounidenses recibieron seguro médico de sus empleadores, informa la Oficina de Censos. Esa cifra empequeñece a Medicaid (51 millones) y Medicare (49 millones), las otras dos fuentes mayores. Dada la complejidad de la ACA, es difícil saber cuántos ciudadanos con cobertura de su empleador podrían verse afectados por la cancelación de pólizas. Pero suposiciones plausibles sugieren entre 25 y 50 millones, en su mayor parte, de empresas pequeñas. 

El hecho de que las pólizas se cancelen no significa que la gente se vaya a quedar sin seguro. Gary Claxton, de Kaiser, dice que con modificaciones modestas —supuestamente incurriendo en costos adicionales—, los planes podrían cumplir con los requisitos de la ACA. Aun así, parece que la ACA se vendió sobre la base de una premisa que simplemente no es cierta. 

El tenor del debate fue que la cobertura ordenada por la ley podía ser un agregado al statu quo. Tal como dijo el presidente: “Si a usted le gusta su plan, puede quedarse con él”. La promesa no fue una exageración hecha una sola vez, sino parte habitual de la forma en que el Gobierno vendió la idea.

La Casa Blanca enfrentó un dilema. Por un lado, no quería asustar a los que estaban satisfechos con su seguro; había. Por otro, quería definir un nivel básico de “beneficios esenciales” proporcionados por los seguros. De lo contrario, individuos y empresas podrían comprar pólizas poco sólidas para cumplir con la ley. Por ejemplo, la ACA impone un límite superior a los deducibles de los pacientes: 2 mil dólares para cobertura individual, 4 mil dólares para la familiar. Las pólizas con deducibles más altos generalmente no cumplen con la ACA. 

Pero los objetivos chocan. Cuanto más estrictos son los estándares para la cobertura ordenada, es más difícil que las pólizas existentes cumplan esos requisitos, y lo más probable es que se cancelen. Eso es lo que está ocurriendo en el mercado individual. Por razones legales, la mayoría de las potenciales cancelaciones en el mercado de empleadores se llevarán a cabo, probablemente, dentro de un año. 

El mercado de los empleadores se divide en dos. La mayoría de las grandes empresas tienen seguro propio. Definen los beneficios de los trabajadores y pagan los costos directamente. La ACA exime a estos planes del estándar de “beneficios esenciales” en la aparente suposición de que son generosos. Cuando el presidente expresó que la gente no perdería la cobertura existente, se refería probablemente a firmas con seguro propio. Alrededor del 60 por ciento de los trabajadores con seguro proporcionado por el empleador lo recibe de estas empresas, según cifras del Gobierno. 

El otro 40 por ciento lo recibe de empresas más pequeñas que compran cobertura a las compañías de seguros. La ACA “eximió” pólizas que existían cuando la ley se aprobó. La gente podía (como prometió Obama) quedarse con esos planes, incluso si no cumplían los requisitos de la ley. Pero había un problema: cambios menores a pólizas ya existentes harían que las empresas perdieran su estatus de “exención”. En el 2014, quizás tres cuartas partes de las firmas pequeñas (de menos de 100 operarios) no quedarán exentas, estima el economista Stan Veuger, del American Enterprise Institute. 

No está claro cuántos individuos se verán afectados por las cancelaciones. El cálculo de Veuger de empresas vulnerables implica un máximo de 50 millones de trabajadores y dependientes, pero podría ser mucho menor. Aun así, hasta la mitad de esa cifra sería mucho. Las cancelaciones no ocurrirán inmediatamente porque el Gobierno permite que las firmas renueven pólizas existentes durante casi todo el 2014. Es interesante que aunque la ACA no requiere que empresas de menos de 50 empleados de tiempo completo provean de seguro médico, si lo compran, deben cumplir con los estándares de la ACA. Esa podría ser la causa de que algunas empresas abandonaran la cobertura. 

Avergonzada por las cancelaciones en el mercado individual, la Casa Blanca ha instado a los estados que permitan la renovación de las pólizas por un año más. También ha pedido otra extensión de las pólizas existentes en el mercado de empleadores pequeños. La mayoría de los estados está considerando los pedidos. Mientras tanto, queda una pregunta: ¿se habría promulgado la ACA si sus promotores hubieran reconocido que millones de norteamericanos no podrían quedarse con sus viejos planes?  


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