Contra corriente

La presidencia de Donald Trump promete ser disruptiva en todos los sentidos, particularmente en materia de política económica.

 

900
mil dólares fue el costo unitario de salvar 1,200 empleos en el 2009, cuando el gobierno estadounidense aplicó tarifas arancelarias a las llantas provenientes de China
No me gustaría entrar en algún tipo de guerra comercial” 
Kevin McCarthyCongresista republicano de California, líder de mayoría

La presidencia de Donald Trump promete ser disruptiva en todos los sentidos, particularmente en materia de política económica.

 

La plataforma del presidente electo de Estados Unidos no sólo desafía al status quo de bajo crecimiento del periodo poscrisis, sino que amenaza el orden de libre comercio que ha definido las relaciones económicas del mundo en las últimas tres décadas.

 

Oxford Economics, una firma inglesa de pronósticos económicos, realizó una encuesta entre sus clientes y contactos de alto perfil.  Una guerra comercial derivada de la retórica proteccionista de Trump fue citada como el principal riesgo individual para la economía global.

 

Sin embargo, la materialización del grueso de las políticas económicas del presidente electo de Estados Unidos cuenta con  fuertes obstáculos técnicos y políticos.

 

Esto se ha puesto de relieve en el último reporte de escenarios globales que prepara la firma Nightberg, un servicio de investigación y análisis de tendencias utilizado por fondos de cobertura para la toma de decisiones de inversión.

 

A pesar de que Nightberg considera que el escenario global más probable es el de México siendo afectado por las políticas de Donald Trump de un modo limitado, la firma encuentra altamente improbable que se presente el escenario más adverso posible (cancelación del Tratado de Libre 

Comercio de América del Norte, imposición de tarifas arancelarias y decomiso de remesas) y el país caiga en recesión.

 

Presidente sin escala

 

Donald Trump asumirá la presidencia de Estados Unidos hasta el 20 de enero del 2017, pero su influencia ya está definiendo la narrativa económica del país con el mayor producto interno bruto en el mundo.

 

El proteccionismo se ha convertido en el sello por excelencia del equipo de transición de Trump. En el primer discurso del presidente electo se anunció la salida de Estados Unidos del Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP, por sus siglas en inglés). La segunda decisión de mayor relevancia en materia de política económica del periodo de transición  es el resultado de la negociación con Carrier, en el que se acordó que la compañía no movería parte de su producción a México para retener alrededor de 1,000 empleos en su fábrica de Indiana.

 

Sin embargo, el consenso de analistas argumentan que este modelo no es replicable ni escalable. Carrier recibió incentivos fiscales equivalentes a cerca de 7 millones de dólares, además de que su firma matriz, United Technologies, es un contratista militar significativo.

 

Más allá de las limitaciones que pudieran encontrarse en las negociaciones de cada caso, el equipo de Trump está intentando remar contra la corriente de una tendencia estructural.

 

Desde el año 2000, se han perdido alrededor de cinco millones de empleos manufactureros en Estados Unidos.  El cambio tecnológico, el cambio en la estructura económica estadounidense hacia el sector de servicios y la condición competitiva de bajos costos laborales de países emergentes que se han integrado a la economía global son responsables de ello.

 

El consenso es unánime: este tipo de empleos de bajo valor agregado nunca volverán a las economías avanzadas. La tendencia es generalizada a lo largo de todo el mundo industrializado, incluso en las economías de la periferia europea.

 

Una referencia común a los esfuerzos de los gobiernos para contener la salida de empleos manufactureros es el de tapar los diques de una presa a punto de colapsar con cinta adhesiva. La ventaja geográfica de México, el TLCAN, la depreciación de casi 50 por ciento del peso en los últimos dos años y los bajos costos laborales hacen que la decisión de empresas estadounidenses de trasladar su producción manufacturera al sur de la frontera sea muy fácil.

 

El salario promedio de un trabajador de manufactura en Estados Unidos es de 25 dólares la hora. En México, el salario diario promedio apenas rebasa los 300 pesos. La diferencia es abismal.

 

Además, los costos económicos de mantener artificialmente este tipo de industrias en Estados 

Unidos son altos. En el 2009, el presidente Barack Obama impuso un arancel a las importaciones de llantas provenientes de China. La medida estaba abocada a proteger a la industria local y resguardar 1,200 empleos.  Éstos se retuvieron, pero el costo lo pagaron los consumidores estadounidenses dado que el precio de las llantas aumentó significativamente.  De acuerdo a un estudio del Instituto Peterson de Economía Internacional, cada empleo fue salvado a un costo unitario de 900 mil dólares.

 

Frentes políticos

 

La gran incógnita política para la siguiente administración es cuál será la relación del gobierno de Trump con el Congreso. Los republicanos cuentan con la mayoría en ambas cámaras, pero esto no quiere decir que el presidente electo no tenga que pasar por un ríspido proceso de negociaciones.

 

Al momento, dos de las posturas más consistentes en el discurso de Trump han sido objeto de crítica por parte de miembros de alto perfil de la bancada republicana.

 

Paul Ryan, el vocero republicano de la cámara baja, dijo recientemente que no había que analizar la construcción de un muro froterizo porque otros enfoques podrían ser más efectivos. La posición fue secundada por Dennis Ross, un congresista republicano de Florida.

 

Asimismo, Kevin McCarthy, el líder de mayoría en la cámara baja, dijo que no deseaba entrar en una guerra comercial, lo que puso de relieve el rechazo de gran parte de su bancada a la amenaza del presidente electo de gravar a las empresas que decidan trasladar su producción a México con 

impuesto de 35 por ciento.

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