Pareciera que la designación de Tokio como sede de los Juegos Olímpicos trae consigo una especie de maldición. Su primera elección había sido para 1940, pero la invasión de Japón a China y, posteriormente, la Segunda Guerra Mundial, obligaron a postergar la justa nipona por 24 años.

Así como ahora la pandemia de COVID-19 movió el calendario olímpico de Tokio un año, y aún existe un riesgo latente de que los juegos puedan ser cancelados, esto en caso de que la emergencia sanitaria continúe en el oriente del mundo o los contagios se salgan de control, de nuevo.

Solo las guerras a gran escala han obligado a postergar las ediciones olímpicas. La primera fue en 1916, que se iban a llevar a cabo en Berlín, en el Imperio Alemán, uno de los protagonistas de la Primera Guerra Mundial, y que tras la cancelación de los Juegos de la VI Olimpiada, debió esperar 15 años para ganar de nuevo la sede, para la justa de 1936.

En esa cita, Alemania ya era encabezada por Adolf Hitler y los aromas de guerra comenzaban a llegar; sin embargo, Tokio ya contaba con la designación para 1940, pero cuando Japón entró a la guerra con China la sede cambió a Helsinki, Finlandia.

No obstante, la guerra ya había estallado un año antes, y los finlandeses no pudieron albergar la reunión de los Juegos Olímpicos y debieron esperar 12 años para hacerlo realidad.

Para 1944 los mejores atletas del mundo debían encontrarse en Londres, pero el conflicto bélico, principalmente en Europa, se encontraba en su punto máximo, tomando rumbo hacia el desenlace, por lo que tampoco se pudieron llevar a cabo.

La capital británica fue nombrada por el Comité Olímpico de forma automática para albergar la edición de 1948. En tanto, Tokio tuvo que esperar hasta 1964 para mostrarle al mundo sus avances tecnológicos y que era una nación repuesta, dos décadas después de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki.

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