Los niños que volaron durante el temblor

En Xochimilco los daños del temblor redujeron las casas a escombros. La familia de Karina tuvo suerte, una de las tres habitaciones quedó en pie, en donde ahora duerme con su esposo y sus hijos
Ernesto Santillán Ernesto Santillán Publicado el
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En la zona chinampera de Xochimilco el terremoto fisuró la tierra, destruyó cuadras enteras y sacó a relucir la fuerza sobrehumana de una madre que ante la urgencia cargó a sus cinco hijos y los lanzó por la puerta de la habitación haciéndolos volar por los aires para evitar que el cuarto donde se encontraban se derrumbara sobre ellos.

 

“En cuanto el piso se empezó a mover sentimos que la tierra se sumió y los niños comenzaron a correr por todos lados en pánico. No tuve tiempo de hacer otra cosa más que agarrarlos de la playera y lanzarlos hacia el jardín conforme se cruzaban por mi camino.

 

Afortunadamente todos salimos ilesos y a tiempo antes de que nuestra casa se empezara a derrumbar” explica Karina Avelino mientras amamanta al más chico de sus hijos.

 

Ahora la casa que antes estaba conformada por tres habitaciones y albergaba a 10 personas quedó reducida a un solo cuarto en donde duermen los cinco niños, Karina y su marido Paul; la abuela materna y paterna de los menores y un primo de Karina.

 

“Afortunadamente logramos rescatar dos camas matrimoniales y las juntamos en el centro del cuarto para que todos podamos dormir en ellas”, platica Paul mientras su madre cocina en una parrilla que les prestaron pues la que era de ella fue hurtada una noche mientras iban al centro de acopio a pedir víveres.

 

Después de esa experiencia decidieron nunca volver a dejar sola la casa. Ya que tras la destrucción las rapiñas se pusieron a la orden del día.

 

“No sabemos de dónde salen las personas que están robando las pocas cosas que nos quedaron pero no podemos darnos el lujo de perder aún más pertenencias de las que ya nos quitó el terremoto”, explica doña Carmela Chapa, madre de Paul mientras pone a hervir un olla con agua para preparar un caldo con los pocos víveres que tienen.

 

Mientras los adultos se preocupan por la sobrevivencia de la familia y por proteger los objetos de valor que lograron rescatar, los niños que volaron para sobrevivir mientras la casa auguraba con sus crujidos un destino trágico, se han olvidado de toda preocupación y se divierten brincando sobre los charcos de agua sucia que adornan el piso de un terreno que alguna vez estuvo cubierto de concreto y que no saben si algún día lo volverá a estar.

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