La Ciudad de México está de luto, vive entre el temor de más derrumbes, pero los capitalinos están de pie.

El terremoto del martes golpeó la Ciudad de México como no lo hacía un sismo desde 1985, derrumbó decenas de edificios en la capital del país, pero su ánimo está muy lejos de desmoronarse.

La solidaridad de la sociedad civil – esa que nació por primera vez con el temblor de 1985- está desbordada y supera cualquier expectativa.

Hoy los hijos y los nietos de los miles de voluntarios que hace 32 años se hicieron cargo de las labores de rescate y auxilio por el terremoto de 1985 reivindican ese legado histórico de cooperación.

Los rescatistas y brigadistas voluntarios llegan por montones a las zonas donde se registraron colapsos de edificios.

“¿Ya traen pala? ¿Casco? Allá se pueden formar”, les pide un policía a un grupo de estudiantes de la UNAM que arriban a la zona de desastre de Eugenia y Gabriel Mancera, en la colonia del Valle, donde un edificio se derrumbó el martes pasado.

Las calles han sido tomadas por brigadistas voluntarios que buscan colaborar en las labores de auxilio y rescate de personas por este sismo. Muchos viajan en camionetas, se organizan en motos, o en bicicletas. Van cargados con palas, picos y cascos. Son una especie de ejército civil.

“Estamos saturados, brigadistas. Apoyen en otra zona”, les piden por un altavoz a los chicos que llegan a esta zona de la colonia del Valle.

La ayuda y los víveres llega también por montones a las zonas donde autoridades junto con voluntarios trabajan tanto en el rescate de personas y retiro de escombros de los edificios colapsados.

Roberto y su familia llegó con botes de agua y lonches que preparó su familia para los brigadistas.

“¿Agua? ¿Sandwichs?”, ofrece Karla, la hija menor de Roberto a los rescatistas que caminan por la zona.

La comida y los víveres que llegan a la zona es tanta al grado que uno de los organizadores dice por altavoz que ya no lleven más ayuda.

“La comida se está echando a perder. Ya no necesitamos más”.

El ímpetu civil rebasa la coordinación de los militares y elementos de la marina, que están a cargo de las labores de auxilio.

“Esto es un caos”, se queja un voluntario.

Un compañero que llegó con el mismo entusiasmo a ayudar también comenta con decepción.

“Nadie manda aquí”.

En la zona cero de Gabriel Mancera y Eugenia, todos mandan y gritan y dan órdenes.

“Nadie pasa ya”, dice uno de los policías.

“Todos los civiles detrás del cordón”.

Los gritos sólo se interrumpen cuando los rescatistas piden silencio para escuchar alguna señal de vida por parte de las personas que están atrapadas bajo los escombros.

Un día después del sismo del martes, que hasta ayer había dejado más de 100 personas muertas en la capital del país, la Ciudad de México busca retomar su normalidad entre el duelo y el miedo que dejó este terremoto que alcanzó los 7.1 grados de intensidad con epicentro en Morelos y Puebla.

La mayoría de los negocios han abierto. No hay escuelas y la mayoría de las oficinas públicas están cerradas.

En las calles hay escenas que se repiten: vecinos en las banquetas evaluando los daños sufridos en sus edificios.

“Ya nos íbamos a mudar el fin de mes, pero con lo del temblor mejor ya nos vamos. Ya no se puede vivir aquí”, cuenta Rodolfo Rodríguez, vecino de la colonia del Valle, mientras realiza trabajos de mudanza.

Brigadistas voluntarios viajan en camionetas, se organizan en motos o en bicicletas. Van cargados con palas, picos y cascos. Son una especie de ejército civil