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Los deportados de Trump

Julio Ramírez

Los deportados en la era Trump llegan de regreso a otro país.

En el área de Llegadas de la Puerta 3 en un rincón de la Terminal 2 está la Salida “N”. Desde ahí, México se ve diferente. Reconocen poco de su patria. El México que los recibe es diferente al que los dejó ir. Cuando alguno de ellos se fueron a probar suerte no estaba construida ni siquiera la Terminal 2 del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México y preguntan si los taxis de la terminal son seguros.


Feb 10, 2017
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90,000 pesos anuales es la bolsa con la que cuenta el gobierno capitalino para atender a los deportados que lo requieren y cumplen con los requisitos

“Quiero quedarme aquí para meterme al ejército, pero primero tengo que ver cómo puedo recuperar los papeles que perdí en mi recorrido”

- Jesús

deportado originario de Oaxaca

“Con la llegada de mister Donald Trump empezaron investigaciones y todos los que tuvieran más cinco felonies (delitos menores) tendrían que ser deportados”

- José Rojas García

deportado mexicano

Óscar Arellano fue deportado luego de sufrir un accidente automovilístico y que se descubriera su calidad de indocumentado

“Tuve que salir de Estados Unidos durante un tiempo por un problema que tuve (...), pero primeramente Dios vamos a regresar”

- José

deportado originario de la Ciudad de México

José nació en la Ciudad de México, aunque la mayor parte de su vida la ha pasado en el estado de Washington, donde tuvo que comenzar a trabajar a temprana edad, principalmente en el campo

"La mayoría tienen la idea de encontrar un trabajo, por lo menos, de lo que ellos hacían y se les hace la conciencia de que no van a encontrar la remuneración que ellos tenían allá. Sin embargo, sí es conveniente que en cada uno de sus estados se estabilicen” 

- Ernesto Tinoco

coordinador de Movilidad Laboral Interna y Externa y Repatriados de la Secretaría de Trabajo y Fomento al Empleo de la CDMX

https://youtu.be/NiyKZoPD7b0

Los deportados en la era Trump llegan de regreso a otro país.

En el área de Llegadas de la Puerta 3 en un rincón de la Terminal 2 está la Salida “N”. Desde ahí, México se ve diferente. Reconocen poco de su patria. El México que los recibe es diferente al que los dejó ir. Cuando alguno de ellos se fueron a probar suerte no estaba construida ni siquiera la Terminal 2 del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México y preguntan si los taxis de la terminal son seguros.

Hay otros, como José Rojas, quien hace 33 años dejó el país siendo un niño de 13 años y ahora regresa con la esperanza de poder tramitar sus documentos oficiales.

“Es una gran ciudad que nunca debí de haberla abandonado y pienso que con el apoyo de las agencias me van a encontrar un trabajo”, dice.

A su llegada los reciben los políticos. Los mismos que en buena parte son los culpables de que se hayan ido al carecer de empleo, les dan la bienvenida. Les dicen que están de nuevo en su tierra y que tienen oportunidades. Algunos tienen la opción de conseguir un apoyo de 2 mil 200 pesos para iniciar un proyecto productivo.

Así son las historias de nuestros connacionales a su vuelta, luego de extrañar por años la comida de su tierra los reciben con refrigerio que incluye torta, una botella de agua natural, un jugo Del Valle y dos manzanas, cortesía del Instituto Nacional de Migración (INM).

En una bolsa roja, el gobierno les permite cargar con algunos artículos personales. Algunos son llevados en camionetas o autobuses a las centrales camioneras como la Del Norte, Observatorio y Taxqueña para que de ahí se dirijan a sus lugares de origen. Pero antes les dan un mensaje oficial de bienvenida el INM y la Secretaría de Salud.

En los vuelos de deportados viajan historias como la de Jesús Ascencio, de 21 años, quien durante la primera vez que intentó cruzar estuvo 17 días a su suerte en el Desierto de Arizona y “al final ya sin comida y sin agua, yo mismo le marqué a la migra para que fueran por mí, y todavía tardaron como cinco horas en llegar”.

También los casos como el de José, de 22 años, 16 de los cuales vivió en Estados Unidos. Lo detuvieron al cruzar la frontera, tras haber regresado brevemente a México, pero asegura que “primeramente Dios, vamos a regresar”.

Otra historia es la de Óscar Mauricio, quien tuvo dos accidentes de tránsito en Estados Unidos. En el primero nada pasó, pero en el segundo intervinieron las autoridades y al revisar sus documentos se percataron de su calidad de indocumentado.

“Yo no me quise venir”, cuenta, “pero aprendí a valorar muchas cosas allá adentro (en el centro de detención), aprendí muchas cosas con esta experiencia. Y si Dios quiere y me permite me voy a volver a regrede sar a Estados Unidos”.

En esos vuelos de deportados viaja también la historia de la relación entre Estados Unidos y México. Ya lo escribía el periodista Alan Riding en Vecinos distantes, un clásico del tema binacional publicado en 1985:

“Probablemente en ningún lugar del mundo dos vecinos se entiendan tan poco. Más que por niveles de desarrollo, los dos países están separados por lenguaje, religión, raza, filosofía e historia. Estados Unidos es una nación que apenas cuenta 200 años y está ya sobre el siglo XXI. México tiene varios miles de años y sigue sujeto a su pasado”.

A los deportados se les informa de todas las alternativas para tener un empleo, ya sea ingresar en una bolsa de trabajo, capacitación o se les plantea la posibilidad de tener algún negocio, siempre y cuando sea de la industria de la transformación. Una tercera parte de los deportados busca el apoyo oficial, ya que requieren de su documentación oficial, y no todos la tienen.

“Sí les damos el apoyo, pero les pedimos que se integren rápidamente a todo lo que es el empleo formal”, asegura Ernesto Tinoco, coordinador de Movilidad Laboral Interna y Externa y Repatriados de la Secretaría de Trabajo y Fomento al Empleo de la Ciudad de México.

“La mayoría tienen la idea de encontrar un trabajo, por lo menos, de lo que ellos hacían y se les hace la conciencia de que no van a encontrar la remuneración que ellos tenían allá. Sin embargo, sí es conveniente que en cada uno de sus estados se estabilicen”, añade.

El gobierno capitalino tiene una bolsa menor a los 90 mil pesos anuales para atender a los deportados que lo requieren y cumplen con los requisitos.

‘Voy a regresar’

L a noche es cerrada en la frontera entre Estados Unidos y México. Es difícil determinar la hora con exactitud, pero hace ya varias horas que se ocultó el sol.

Protegidos por el manto de la oscuridad, un grupo de migrantes indocumentados se preparan para adentrarse de manera ilegal en territorio de Estados Unidos.

Entre ellos está José, un joven de 22 años, quien va a intentar cruzar la frontera por segunda vez. La primera fue a los 6 años, cuando sus padres decidieron abandonar México en la búsqueda de un mejor porvenir para sus hijos.

Durante unos instantes solo escucha su propia respiración, y en un segundo plano los latidos acelerados de su corazón. Avanza.

Apenas unos instantes después de haberse adentrado en suelo estadounidense, los inmigrantes son detenidos por la Patrulla Fronteriza. José pasará los siguientes 7 días en un centro de detención, antes de ser deportado a un país que no siente suyo.

Aunque aún tiene familiares en México se siente desarraigado, pues sus padres, sus hermanos y sus tíos más cercanos se quedaron en Estados Unidos. En realidad sus raíces están del otro lado de la frontera.

Es la segunda vez que pisa territorio mexicano en los últimos 16 años. La primera fue voluntaria, aunque se vio orillado por circunstancias que prefiere no profundizar.

“Tuve que salir de Estados Unidos durante un tiempo por un problema que tuve”.

Nació en la Ciudad de México, aunque la mayor parte de su vida la ha pasado en el estado de Washington, donde a falta de papeles que le permitieran aspirar a algo mejor, tuvo que comenzar a trabajar a temprana edad, principalmente en el campo.

Su rostro, más allá del cansancio por el vuelo y la zozobra de los últimos días, refleja una mezcla de aparente calma y decepción. No parece el de un joven de 22 años, su semblante hace pensar en un hombre de mayor edad.

José lo tiene claro. Sabe que si ingresa nuevamente como ilegal a Estados Unidos se enfrenta a algo mucho mayor que la deportación, sin embargo, su familia y la perspectiva de una vida mejor que la que le espera en México lo llevarán a intentarlo nuevamente.

“Por el momento no quiero pensar en eso, pero primeramente Dios vamos a regresar”.

‘Me deportaron por una llamada’

Después de la sacudida en una carretera de Idaho, Óscar Mauricio Arellano recuperó el control de su cuerpo y repasó el momento anterior al accidente: atendía una llamada por teléfono celular. Eso ocasionó el descuido. Ahí comenzó la historia de su deportación.

Arellano estuvo siete años en el poblado de Caldwell. Tras ese choque tuvo que hacer el regreso obligado al país luego de que llegaron las asistencias médicas y las autoridades y descubrieron su calidad de indocumentado.

Tuvo que dar la media vuelta. Tuvo dos accidentes en el tiempo que estuvo en Estados Unidos. Una vez la libró, pero la segunda tuvo que enfrentar a la autoridad.

“En las mañanas me iba a trabajar, agarré mi carro, me ganó el sueño y quedé con las llantas para arriba. El segundo accidente también fue por distraído, hablé por teléfono, no me fijé que iba pasando un carro y nos volteamos. No tenía licencia ni aseguranza y me metieron al centro de detención”, asegura en entrevista a su llegada a la Terminal 2 del aeropuerto capitalino.

En su cabeza está marcada la idea de volver. Muchos sueños se quedaron a medias y por ese pestañeo tendrá que pasar una década en México. Ese es el castigo que le dio el gobierno de Estados Unidos.

“Yo no me quise venir, pero aprendí a valorar muchas cosas allá adentro, aprendí muchas cosas con esta experiencia. Y si Dios quiere y me permite me voy a volver a regresar a Estados Unidos, pero me voy a pasar unos meses acá en México.

“Tengo muchos sueños y muchos planes de, primeramente Dios, regresarme a Estados Unidos. Y lo voy a volver a intentar, pero como me dieron 10 años de no volver, primeramente Dios los voy a cumplir y lo voy a volver a intentar para sacar adelante a mi familia, a mis papás y a ver qué pasa en México”.

Considera que la gente no dejará de pasar a Estados Unidos a probar suerte.

“En su cabeza de Donald Trump piensa hacer el muro para dividir Estados Unidos y México, pero va a haber inmigrantes, va a haber personas que van a cruzar por ese muro. La mera verdad, no se los recomiendo. Si quieren cruzar para Estados Unidos, crucen legalmente, crucen con papeles, visa, pasaporte. Esa es mi opinión”.

Óscar Mauricio Arellano viste una sudadera gris de la marca Chevrolet y camina con dificultad. Un defecto de nacimiento en la pierna izquierda le impide caminar derecho. Aun con esa dificultad, no tiene impedimentos para trabajar “en lo que sea” para mantener a sus padres en este tiempo.

“Allá me dedicaba a trabajar en el campo. Aquí si hay una oportunidad de trabajo, pues, en lo que sea. Si es posible compro un carrito de nieve, de paletas, en el mercado, en el transporte público, en lo que sea. En lo que Dios ponga en mi camino y que me diga ‘ese trabajo es para ti, trabaja y échale ganas’ y adelante”.

‘Dejé la mitad de mi vida en EU’

José Rojas García dejó más de media vida en Estados Unidos, donde -a decir de él mismo- la verdad no se portó muy bien.

“Me siento muy contento. Pasó ya casi la mitad de mi vida y no me ha ido muy bien que digamos, aún no sé si tengo a mi familia aquí, porque ahorita voy a buscarlos, a ver si hay alguien y antes que nada tengo que buscar una identidad, un reconocimiento. Yo soy huérfano, por eso es que me fui para allá”, comenta.

De golpe, lo recibe una Ciudad de México que es muy diferente a la que dejó. Hoy está en busca de algunos familiares que viven en Ciudad Nezahualcóyotl, por el Bordo de Xochiaca.

“Mi experiencia estuvo muy mala. Cuando era joven hice algunas cosas que no debí de hacer. Yo llegué a Estados Unidos como ilegal a los 13 años, y tengo como 35 o 33 años que no había venido para acá porque pensaba que yo ya estaba bien ahí”, añade.

Viste una camisa roja desabotonada hasta una palma arriba del ombligo que hacen juego con sus tenis, pantalón negro y una sudadera gris. Cuenta que vivió en Oregon.

Con el cambio de gobierno, se inició una serie de operativos en contra de los migrantes ilegales en ese país.

“Con la llegada de mister Donald Trump empezaron investigaciones y todos los que tuvieran más cinco felonies (delitos menores) tendrían que ser deportados o llevados ante una Corte fewderal”, afirma.

Estos delitos se refieren a manejar bajo influencia del alcohol o intoxicado por otras sustancias o pasarse un alto.

Otro intento para cruzar la frontera, no lo volverá a hacer: “Desperdicié ya más de la mitad de mi vida y no me fue muy bien”.

Ahora buscará una personalidad, ya que carece de documentos oficiales, y buscará estar tranquilo.

La recomendación para las personas que quieran intentar conseguir el sueño americano es que “estén aquí, porque aquí es donde pueden gozar de la vida. Allá todo es trabajar”.

“Pueden ganar un poco más de dinero pero de nada les va a servir porque hay demasiadas cosas en qué gastar. Y así como lo ganas, así también te lo gastas y las autoridades son más terribles con la gente que tiene la piel de este color”.

El hombre se toca el antebrazo. En una mano tiene un costalito rojo con sus artículos personales y en otra un refrigerio que le dio el Instituto Nacional de Migración.

‘Yo le marqué a la migra’

Al frente solamente hay arena, a sus espaldas también. Lleva ya 17 días en el desierto de Arizona. Hace ya ocho que se le agotaron sus reservas de alimentos.

Aunque es consciente de que su supervivencia depende, como último recurso, de la forma en que ha ido racionando su escasa existencia de agua potable, ésta también ya se está terminando.

Durante los últimos días, durante las últimas horas, lo ha mantenido en pie la esperanza de alcanzar su meta, llegar a Tucson, Arizona, donde cree que le espera un mejor porvenir que el que deja en México.

Vencido finalmente por el hambre y la sed, enciende su teléfono celular, uno de los últimos objetos que lleva con él, digita el 911 y hace la llamada que le salvará la vida, pero que lo llevará irremediablemente a ser deportado.

“Estuve en el desierto 17 días, al final ya sin comida y sin agua, yo mismo le marqué a la migra para que fueran por mí, y todavía tardaron como cinco horas en llegar”.

Era la primera vez que Jesús Ascención intentaba ingresar de manera ilegal a los Estados Unidos, y probablemente sea la última.

“Me animé para buscar una mejor vida, un mejor trabajo. Yo solito me aventé, no me fui con ningún pollero”.

Su destino quedó sellado al noveno día de su travesía, cuando en la localidad de El Ajo, fue perseguido por un agente de la patrulla fronteriza, por lo que tuvo que tirar la mayor parte de lo que llevaba, incluyendo la comida, y casi toda el agua con la que contaba.

Su resistencia lo llevó a sobrevivir ocho días más, hasta que se rindió.

Originario de Omealca, Veracruz, Jesús tomó la determinación de dejar su pueblo tras el fallecimiento de su madre, para probar suerte en Sonora, donde llegó a trabajar en el campo, y de ahí decidió intentar llegar a Arizona, donde un amigo lo esperaba.

Jesús pasó poco más de un mes en suelo norteamericano, donde solo conoció el vasto desierto que casi lo sepulta y el centro de detención fronteriza donde estuvo 15 días.

Hoy, no está convencido de volver a intentarlo, y piensa darle una oportunidad a un país que no se la dio a él.

“Quiero quedarme aquí para meterme al ejército, pero primero tengo que ver cómo puedo recuperar los papeles que perdí en mi recorrido”.

Continúa leyendo: Comienza la resistencia por Imelda García


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