Junto cartón nomás, para no estar de huevón. No me gusta estar ahí sentado” 

Santos Guzmán

Jubilado

https://youtu.be/wye5foJ6ad8

Santos camina por la terracería al lado del periférico, a las orillas de la ciudad de Guadalajara, Jalisco. Todas las mañanas sale con su diablito de fierro para juntar cartón y venderlo. No le hace falta, se jubiló hace apenas un par de años –después de más de 40 de trabajo– pero no quiere estar en su casa.

“Junto cartón nomás para no estar de huevón. No me gusta estar ahí sentado, parece que me acalambro”, relata Santos Guzmán.

Los años no pasan en vano, pero la edad no determina la fuerza, pues a sus 82 años, Santos sigue trabajando.

Tiene su propia casa y mensualmente recibe una pensión, pero la vida le enseñó que el trabajo es parte fundamental y ahora ya no hay quien lo pare.

“Hay que caminar para que los pinches huesos no se entuman”, dice mientras empuja su diablito por las calles.

Ya hay establecimientos que lo esperan, incluso tanta confianza le tienen que en un Oxxo hasta le dieron la llave de una bodega para que pase por el cartón.

“Me salgo, platico con algunos de los que venden carros, platico con otros y ahí me la llevo más tranquilo. Porque en la casa, encerrado, no me gusta”, agrega Santos.

Su vida laboral comenzó desde que tenía nueve años, en 1943, cuando todavía vivía en su pueblo natal: Soyatlán del Oro, a 139 kilómetros de la Zona Metropolitana de Guadalajara. Esa edad tenía cuando su papá decidió que debía comenzar a trabajar con él, en el campo.

No terminó la escuela, apenas llegó a tercero de primaria. De las aulas pasó al campo, a sembrar maíz y frijol, donde “traía la yunta como cualquier hijo de Adán”, relata.

Años de labor y un día su vida dio un giro. Fue en los años 60, cuando un tío que vivía en Campeche le dio trabajo en un buque camaronero.

Entonces salió de su pueblo natal rumbo a Guadalajara, de ahí a la Ciudad de México y luego abordó otro camión a Campeche.

“De Soyatlán del Oro a Guadalajara nos fuimos en una troca que traía puercos o vacas, sabe qué. Yo todavía con un gabán y no me acuerdo si traía huaraches, no traía zapatos (…) Se distingue un rancherito a leguas”, recuerda Santos.

En Campeche trabajó algunos días en el buque camaronero, pero la vida dentro del mar no le gustó, entonces la empresa lo asignó como velador de los barcos y en ese mismo oficio siguió cuando se fue a Salina Cruz, en Oaxaca.

Dos años estuvo fuera de casa, regresó un tiempo al pueblo con intención de volver a trabajar en los puertos pero el destino tenía otro camino para él. Conoció a la que después fue su esposa y todo cambió.

Casado a los 29 años, trabajó sembrando en las tierras de la familia de su esposa, pero un año después de nuevo la vida le cambió la jugada.

Su esposa debía ser atendida de una hernia como consecuencia de su embarazo y ambos tuvieron que irse de vuelta a Guadalajara.

Ya no regresó a su pueblo, durante algunos años fue peón en las obras de construcción, junto a los albañiles y los ingenieros.

Y luego, como a finales de los 60 se abrió la posibilidad de entrar a trabajar al DIF Guadalajara.

“Anduve para allá y para acá y de repente un concuño le dijo a uno que si no había chance de entrarle yo al DIF, porque antes no era DIF era Unidad Hogar Municipal.

“Ahí entraban a lavar, planchar, coser, hasta bañarse porque en algunos había regaderas y albercas.

“Sucede que yo entré en Tetlán, el trabajador de ahí se iba a salir, se iba a ir para Estados Unidos”, cuenta Santos.

Fue así como en mayo de 1969 inició el trabajo al cual le dedicó 40 años de su vida.

Ahí, le hizo a todo un poco.

Fue jardinero y conserje en cuatro distintos centros del DIF Guadalajara, y en dos de ellos tuvo la oportunidad de hacerse de una casita gracias a su trabajo como cuidador.

Ahí, crecieron los siete hijos que tuvo con su esposa, tres mujeres y cuatro hombres.

“Duré desde 1970 hasta el 2014 ¿cuántos años no trabajé?

Más de 40 años. Pero me gustó cuando recién porque ahí tenía casa, luz no pagaba, agua para bañarse tampoco, yo nada más compraba gas. Mi trabajo era arreglar los jardines, barrer y trapear a veces, me ponían a ayudarle a la que lo hacía.

“Allá en Tetlán me aventé como 10 años más o menos, en San Isidro otros 10, en la Federacha otros 10 y en Huentitán otros 10, o poquito más porque duré cuarenta y tantos años.

“Fueron más de cuarenta años los que me aventé”, detalla Santos lleno de orgullo.

En ese trabajo empezó a practicar algunos deportes, pues en las unidades del DIF que estaban a su cargo había canchas de basquetbol, futbol y frontón. Santos asegura que era muy bueno para jugar ping-pong.

“Ya ahí (en la Federacha) me dio por correr. Pero yo no tenía un entrenador, yo no tenía un médico, nada. Un corredor libre, nada más, porque esos que corren están en un club y a ellos les dicen cuánto deben de correr y todo, yo no, estaba tan tonto que la carrera iba a ser el domingo y yo todavía el sábado iba a la barranca cuando debía haber descansado”, recuerda con nostalgia.

Y esa afición por el atletismo la mantiene incluso ahora con más de 80 años a cuestas.

Santos se avienta sus caminatas a la barranca de Huentitán y de Oblatos, en donde cada mañana recorre hasta dos veces la pista de más de dos kilómetros.

Y es esa disciplina deportiva la que le ha dado grandes satisfacciones. A los 50 años corrió dos maratones completos, y una vez incluso se colgó el segundo lugar de su categoría, ganando además una cena en un conocido hotel del país.

Ahora, sin abandonar el ánimo por la caminata y conversar con gente que se encuentra en los caminos que recorre todos los días buscando cartón, Santos reconoce que los años cobran factura y aunque su pasión por el deporte no ha disminuido hace un par de años que debe cuidarse más y ser más cauteloso a la hora de realizar cualquier actividad física.

Lo sabe de cierto, pues ha sufrido varios desmayos, e incluso ha llegado a caerse provocándose serios golpes en la cabeza, por lo que ahora tiene claro que aunque deseé seguir corriendo debe hacerlo con sus reservas.

Y es que no quiere otro incidente como el que ocurrió cuando, en unas vacaciones familiares, salió a correr por la playa en Ixtapa, Guerrero, y cuando regresaba, las piernas ya no le respondieron y cayó a la orilla de una alberca.

Pero eso no desanima a Santos. Sus ganas de permanecer activo y no quedar olvidado en su casa son más fuerte. Eso eso lo que lo motiva todos los días para seguir saliendo a recoger cartón, una actividad que reconoce como difícil para quienes viven de eso, pues la paga es poca y el trabajo, mucho.

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