Pogo… Así bautizó el estadounidense John Wayne Gacy al personaje con el cual se disfrazaba los fines de semana para llevar alegría efímera a niños, y uno que otro adulto, a eventos de beneficencia o fiestas a las que lo invitaban por ser “un respetable miembro de la comunidad”, a finales de la década de los setentas en Chicago.

En realidad, nadie sospechaba que, tras la pintura azul, blanca y roja, con la que se pintaba el rostro y bajo su indumentaria, la cual siempre remataba con unos limpísimos guantes blancos, se escondía uno de los asesinos seriales más sanguinarios del Siglo XX.

En tiempos actuales, en donde payasos como El Guasón o Pennywise han cobrado relevancia gracias a las grandes producciones cinematográficas que los inventan y reinventan, la historia de Pogo vuelve a resurgir dentro del imaginario colectivo, ese que sabe que la realidad siempre supera a la ficción.

Pogo dejó en su negro historial 33 asesinatos de jóvenes, incluidos menores de edad, a los cuales antes de cortarles el último aliento, siempre estrangulándolos, sodomizaba y torturaba, incluso, hasta por meses enteros en un sótano de su vivienda.

El temible John Wayne Gacy, quien por las mañanas y tardes trabajaba arduamente en su empresa de construcción y los fines de semana se disfrazaba de payaso, confesó en 1979 que había asesinado a los 33 hombres.

Los cuerpos de sus víctimas fueron hallados enterrados en el jardín y el sótano de su vivienda, el cual estaba atestado de limones y cal para paliar el olor, además de un río cercano (el Des Plaine).

Por estos crímenes, de los cuales se declaró inocente argumentando “problemas mentales”, un tribunal de Chicago lo condenó el 13 de marzo de 1980 a 21 cadenas perpetuas y 12 penas de muerte. Finalmente fue ejecutado con una inyección letal en mayo de 1994 tras pasar años recluido en una fría prisión en donde se dedicó al arte.

Las últimas palabras de Wayne Gacy fueron, según relatan medios de la época: “matarme no hará regresar a ninguna de las víctimas. El Estado me está asesinando, bésenme el trasero. ¡Nunca sabrán dónde están los otros!”.

LAS POSIBES CAUSAS DE UNA LOCURA

John sufrió el maltrato de su padre durante toda su infancia. El señor John Stanley Gacy, un empedernido alcohólico, lo denigraba constantemente llamándolo marica y afeminado, además de que lo golpeaba al igual que a su esposa, Marion Elaine, y sus dos hermanas.

Relatan las crónicas que se realizaron sobre el caso que a los nueve años el pequeño Wayne fue abusado sexualmente por “un amigo” de la familia, un hecho que lo cambió drásticamente aunado a que, cuando tenía 11 años, se golpeó la frente con un columpio, lo que le generó un coágulo en el cerebro que le causaba desmayos que eran severamente castigados por su padre.

Aún con todo en contra, John se inscribió y se graduó en la Northwestern Business College para, posteriormente, trabajar gran parte de su vida en la entonces prestigiosa fábrica de zapatos Nunn-Bush, ubicada en Springfield, Illinois, y unirse después a la prestigiosa organización internacional de negocios Jaycees, de la cual llegó a ser vicepresidente.

Todo parecía ir viento en popa hasta que, en 1968, ya casado, Wayne fue acusado de abuso sexual de menores y hallado culpable, por lo que autoridades lo condenaron a 10 años de prisión en la penitenciaría estatal de Anamosa, de donde salió en libertad condicional en 1970 debido “a su buen comportamiento”.

Con una mancha atroz en su haber, ya divorciado, se mudó a Chicago a “empezar de nuevo”, en donde fundó una empresa de construcción a la cual invitaba a jóvenes que conocía en bares o fiestas a trabajar, los cuales desaparecían misteriosamente.

La captura de John (Pogo) se dio cuando algunos vecinos vieron a un joven apuesto, llamado Robert Piest – quien había informado que iba a una “entrevista de trabajo”- ingresar a la vivienda del constructor, ubicada en Norwood Park Township, de la cual nunca salió.

Su desaparición, denunciada por su familia y amigos desplegó toda una investigación de la Policía de Illinois en la que las entrevistas a los vecinos de Wayne Gacy fueron fundamentales.

POGO, EL ARTISTA

Durante los años que pasó recluido, John Wayne Gacy se dedicó a la pintura, “su otra pasión”, misma que le valió el reconocimiento de otros artistas, incluidos uno que otro músico y cineasta.

Se sabe, por ejemplo, que la mayoría de sus obras, las cuales quedaron abandonados en la prisión, fueron subastadas tras su muerte a precios elevados y que entre los “coleccionistas” que exponen en las paredes de sus viviendas algunas de ellas se encuentra el cineasta John Waters, director de Pink Flamingos y la primera versión de Hairspray.

Su obra le valió hacerse de varias amistades entre las que se encuentran el célebre cantante punk GG Allin, quien incluso se entrevistaba con Wayne en prisión y mantenía correspondencia frecuente. Quizá como agradecimiento, el asesino serial le realizó un retrato que fue adquirido por el hermano del músico, el bajista Marle Allin.

Fue tanta la popularidad que alcanzaron sus pinturas que la banda de metal estadounidense Acid Bath decidió usar una de ellas como portada de su álbum When the kite string pops y otra fue comprada por Dani Fith, vocalista de la banda británica de metal Cradle of Filth.

Cuando algún intrépido periodista le preguntó al cineasta John Waters dónde tenía la pintura de Pogo, el temible payaso asesino, este contestó: “está colgada en la habitación de huéspedes de mi casa para que los invitados no se queden demasiado tiempo”.

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