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#FOCOROJO

La terrorífica historia del asesino del torso

Fernando Franco

El asesino serial, que atacaba a mordidas a sus víctimas, generó terror en Nueva York entre 1967 y 1980. Tenía el habito de desmembrar a sus víctimas


Nov 23, 2019
Lectura 5 min
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A Richard Cottingham, el llamado asesino del torso, se le diferencía de los demás asesinos seriales debido a que su infancia fue completamente normal, hasta cierto grado feliz, y se desarrolló dentro de un núcleo familiar que lo apoyó en todo lo que pudo.

Richard nació una apacible tarde de 1946 en el popular, pero también conflictivo, barrio del Bronx, en Nueva York. Su familia lo apoyó en la escuela y en sus dos grandes aficiones: la crianza de palomas y el atletismo.

Si bien Cottingham no era popular entre sus compañeros de clase (cursó sus estudios en Nueva Jersey) sí era social y se relacionaba normalmente con todos. Incluso, cuando cumplió 18 años, ingresó a su primer trabajo en una correduría de seguros. Todo en su vida marchaba viento en popa.

¿Cuándo se descompuso todo?

Richard se graduó del Pascack Valley High School en 1964, de ahí comenzó a trabajar con su padre operando una de las primeras computadoras en la Metropolitan Life Insurance Company. El 3 de mayo de 1970 se casó con Janet con quien tuvo tres hijos.

Tras nueve años de matrimonio, finalmente Janet abandonó a Richard aduciendo que su marido gustaba de mantener relaciones con prostitutas y era difícil sacarlo de los bares a los que se había aficionado. La personalidad del asesino serial se agrió, algo cambió.

Las notas periodísticas sobre la vida de Cottingham develaron, tras su captura, que en realidad el divorcio y su afición a los bares nada tuvieron que ver con su personalidad psicótica pues empezó a matar incluso antes de probar una copa de vino, en 1967.

En dicho año, Richard cortó de tajo, según él mismo confesó, la vida de su primera víctima, una mujer llamada Nancy Vogel de 29 años y madre de familia a quien, después de abusar sexualmente en su automóvil, estranguló para posteriormente abandonar su cadáver.

En 1979, bomberos de la ciudad de Nueva York atendieron un incendio en un hotel cercano a Times Square. Lo que descubrieron tras sofocar las llamas en una de las habitaciones los dejó perplejos: los torsos de dos mujeres, totalmente calcinados.

Aunque nunca se encontraron las partes que faltaban de los cuerpos se pudo descubrir que uno de los torsos correspondía a Deedeh Goodarzi, de 22 años, una inmigrante de Kuwait que trabajaba como prostituta. El otro jamás fue identificado.

Hasta ese momento nada hacía suponer que los crímenes de 1967 y 1979 estuvieran relacionados. El nombre de Richard Cottingham era desconocido por los investigadores que llevaban a cabo las diligencias.

El caso de los torsos calcinados en el hotel de Nueva York hizo recordar a los investigadores otro asesinato registrado en la navidad de 1977. En aquel entonces el cuerpo de una joven mujer radióloga llamada Mary Ann Carr había sido descubierto, de la misma manera, en un hotel.

En el caso de 1977 la mujer también había sido amputada de las piernas, su cuerpo fue hallado con mordidas en todo el cuerpo (en ese entonces no existían las famosas pruebas de ADN) y sus pechos habían sido extirpados. Los agentes comenzaron a sospechar sobre la existencia de un asesino serial de mujeres.

La pinza se cerró finalmente, comprobando la teoría de los investigadores, en 1980, cuando el torso de otra joven mujer, quien se dedicaba a la prostitución, fue hallado en un hotel de Nueva York. Las partes del cuerpo que se hallaron en el lugar estaban repletas de mordidas; no había duda, un asesino serial andaba suelto.

Captura y confesión

Richard fue detenido una cálida noche de mayo de 1980. Antes había abordado a una mujer que se prostituía en la esquina de la Avenida Lexington y la calle 25, llamada Leslie Ann O’Dell, a la cual llevó a un hotel.

Fueron los gritos de la mujer y su lucha a muerte con el asesino serial lo que la salvaron pues personal del hotel allanó la habitación del terror en la que la encontraron atada, con mordidas en su cuerpo.

Leslie declararía que Richard en todo momento le decía que tenía que ser castigada por dedicarse a la prostitución “como las otras”.

Cuando la policía llegó, además de llevarse a Cottingham, decomisaron esposas, una mordaza de cuero, un collar de “esclavo”, una replica de pistola y pastillas para dormir. Más tarde, cuando allanaron su casa, encontraron pertenencias de las mujeres a las que había asesinado. Una especie de “trofeos”.

Finalmente, en un juicio en donde sorpresivamente apareció una mujer que había sobrevivido a los ataques de Richard, quien declaró que la había mordido en varias ocasiones y acuchillado dejándola en una oscura y fría calle, el asesino fue condenado a más de 100 años de prisión.

Los investigadores que llevaron el caso pudieron comprobar que entre 1967 y 1980 había asesinado a al menos seis mujeres; aunque Cottingham, quien intentó suicidarse en dos ocasiones en la cárcel, se jactaba de que había asesinado a más de 100 en todo Nueva York.

Richard aún vive, recluido en una de las prisiones de Estados Unidos en donde se encuentran los seres más peligrosos que ha conocido la humanidad. Psicologos y especialistas no han logrado desentrañar que lo llevó a asesinar, de manera cruel y sanguinaria, a sus víctimas.

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