Al disminuir la cantidad de actividad física también se reduce el volumen de mitocondrias en los músculos, por eso causa mayor ‘flojera’ regresar a las clases de yoga o salir a correr por la mañana
"De los más de 17 mil genes distintos presentes en una parte del cerebro, identificamos 36 que pueden desempeñar un papel en la predisposición a estar motivados para la actividad física”
Michael RobertsUniversidad de Missouri

¿Te has preguntado en dónde radica el origen de la flojera? ¿Qué hace que sea un pesar levantarse temprano por las mañanas de un lunes, correr, sudar y hacer un esfuerzo?

No siempre se trata de una excusa o falta de fuerza de voluntad. Para algunos, ser flojo está en sus genes, lo que provoca una disminución en las ganas o iniciativa de hacer ejercicio.

Y es que la flojera no solo es propia de un adolescente o de una persona que tiende a una vida sedentaria, tampoco se puede culpar directa y exclusivamente a un ritmo de vida sedentario.

Una investigación a cargo de un grupo de científicos de la Universidad de Missouri, en Estados Unidos, señala que hay hasta 36 genes relacionados a la motivación para vencer la pereza y hacer ejercicio.

“De los más de 17 mil genes distintos presentes en una parte del cerebro, identificamos 36 que pueden desempeñar un papel en la predisposición a estar motivados para la actividad física”, apuntó Michael Roberts, uno de los autores.

A pesar de que el experimento fue realizado con ratas, los científicos aseguraron que los resultados bien podrían extrapolarse a humanos. 

Después de cruzar ratones de laboratorio, se demostró que a la décima generación, se transmitió genéticamente la facilidad o dificultad para realizar actividad física. Los ratones flojos eran 10 veces más perezosos que los otros, tal como los ratones de la primera cruza.

Durante el análisis se midieron los niveles mitocondriales en las células musculares de las ratas (tanto de las corredoras o activas, como de las flojas). Esto porque, al igual que en los humanos, las mitocondrias suministran la energía necesaria para la actividad celular. A su vez, evaluaron genéticamente a los roedores, secuenciando el ARN (ácido ribonucleico) de cada uno.

“El animal tenía que elegir subirse a hacer ejercicio o no, sin recompensa, y los perezosos elegían no subirse”, enfatizó Frank Booth, otro de los autores del estudio, publicado en el American Journal of Physiology. 

En palabras de Booth, esto representa “un paso importante en la identificación de las causas adicionales de la obesidad en seres humanos, sobre todo teniendo en cuenta los aumentos dramáticos en casos de obesidad infantil en Estados Unidos. Resultaría muy útil saber si una persona está genéticamente predispuesta a estar desmotivada para hacer ejercicio, una tendencia que aumentaría su propensión a convertirse en individuos obesos”.

Por otro lado, en 2011, Gregory Steinberg, de la Universidad McMaster, en Canadá, llegó a la conclusión de que “cuando practicamos deporte regularmente aumenta el número de mitocondrias en los músculos, mientras que si no hacemos ejercicio la concentración de estos componentes de las células se reduce”.

La investigación canadiense también utilizó a roedores para su experimento. Steinberg señaló que a los ratones les gusta mucho correr y “mientras que los ratones normales podían correr por kilómetros, los que no tienen los genes en su poder solo podían correr la misma distancia al final del pasillo”.

Entre los resultados se descubrió que algunos de los ratones no tenían dos genes que controlan la actividad de la proteína AMPK, la cual se activa cuando hacemos ejercicio.

Cuando se carece de esos genes, hay menos niveles de mitocondrias, por lo tanto de energía en las células. 

No solo eso, los músculos también batallan más en absorber glucosa a la hora de hacer ejercicio.

Cuando una persona reduce la cantidad de actividad física que hace, disminuye el volumen de mitocondrias en sus músculos, causando que cueste aún más trabajo hacer ejercicio de nuevo.

Es por eso que cuando se abandonan las clases de yoga, las salidas a trotar por las mañanas o el gimnasio, mayor flojera da regresar.

Sin embargo, los autores del estudio a cargo de la Universidad de Missouri señalaron que con estas conclusiones no quieren “dar la idea de que las personas que no se ejercitan sigan así con la excusa de sus genes”.

Inhalo… exhalo

La flojera para hacer ejercicio no solo se debe a niveles bajos de mitocondrias en las células, también a problemas para suministrar de oxígeno al cuerpo.

Pateleimon Ekkekakis, profesor de Kinesiología de la Universidad Estatal de Iowa, dice que las personas que no disfrutan de hacer ejercicio no es que sean “flojos” sin más, sino que sienten más incomodidad que otros cuando tienen actividad física. 

Según Ekkekakis, existe un componente genético que tiene relación a la capacidad pulmonar, lo que marca la diferencia entre los alcances del máximo umbral de esfuerzo de cada persona. Ese “umbral ventilatorio” mide la capacidad de la persona para alcanzar su máximo esfuerzo.

Cuando estás agotado o al borde del colapso en el gimnasio, los componentes genéticos influyen de entre 10 al 50 por ciento sobre la capacidad de hacer ejercicio.

Si las personas tienen el “umbral ventilatorio” bajo, batallan a la hora de hacer ejercicio y al pedirle un esfuerzo extra al cuerpo, fallan y si no presentan problemas de salud, al menos sí abandonarán el hábito.

“Esto se asocia a una percepción más alta del esfuerzo, lo que hace que el ejercicio sea menos placentero”, menciona Jorge Cancino, miembro del directorio de la Sociedad Chilena de Medicina del Deporte.

¿Levantarse, estirarse o seguir dormido?

La mayoría de las personas nos estiramos al despertar, incluso antes de poner un pie en el suelo, al salir de la cama.

¿A qué se debe? Para muchos podrá ser solo un acto de apoyo para despertar por completo, pero la razón científica es porque, de acuerdo a una publicación en la BBC, de esa manera los fluidos acumulados en ciertas partes del cuerpo se reacomodan luego de estar toda la noche en la cama.

La espalda es el lugar en donde se acumulan los fluidos, causando que los músculos pierdan tono, así, al estirarse, el cuerpo de la persona simula una especie de masaje que ayuda a que los fluidos vuelvan a su lugar.

En ocasiones estirarse es involuntario y no precisamente significa pereza o dificultad para levantarse. Recuerda a un bebé que se estira involuntariamente cuando está acostado.

Sin contar que además, el estiramiento mejora la circulación luego de permanecer en la misma posición, contrayendo los músculos, enviando sangre al corazón y llenando de oxígeno a los pulmones.

Así que tengas o no predisposición genética a la flojera, recuerda que estirarte por las mañanas –o después de estar en una misma posición por tiempo prolongado– ayuda a que tu cuerpo capte oxígeno y a que los fluidos en el cuerpo vuelvan a su sitio. Solo ten cuidado, pues no debes hacer un esfuerzo innecesario que pueda provocar un desgarre, por ejemplo.

Despertarse y estirarse

Al hacerlo, los fluidos acumulados en ciertas partes del cuerpo se reacomodan luego de estar toda la noche en la cama.