Empecé a trabajar desde los seis o siete años. Hice de todo un poco: jardinero, pintor de brocha gorda, asistente en la sección Frutas y Verduras de Aurrerá, mesero, cantinero, taxista, ruletero…

Todo este currículum paralelo crecía mientras estudiaba. Dormía cuatro horas diarias, incluyendo sábados y domingos. Como el hermano mayor de cuatro, hijo de padres de origen humilde y formado en la cultura del esfuerzo, nunca paré de trabajar. Luego terminé la carrera de periodismo y seguí corriendo por más de 20 años.

Hasta que llegó la pandemia y perdí mi trabajo, y fui obligado a parar… Pero ni la pandemia me detuvo. Seguí trabajando como si no hubiera un mañana.

No había tiempo para parar y dejarme sentir derrotado, triste o angustiado. Por mi familia, había que seguir. Un año y cinco meses después de dejar el mundo corporativo en los medios de comunicación, puedo decir que me convertí en periodista emprendedor.

Ha sido una montaña rusa de emociones, angustia y también muchas satisfacciones y alegrías. Pero algo tengo muy claro: estoy agotado, exhausto. Mi cuerpo y mi mente piden descanso a gritos.

Les cuento esto porque sé que, aunque de forma distinta que a mí, a todos ustedes les ha pasado esta misma avalancha encima y (estoy seguro) deben estar igual: agotados, hartos de tanta junta inútil, de partirse en tres como parejas, padres y empleados o emprendedores.

Mientras muchas empresas reportan alzas en la productividad, del otro lado, otra pandemia nos inunda: nuestra salud mental y emocional cae en picada. El estrés, la ansiedad y la depresión amenazan con dejarnos inútiles para los próximos retos que nos traerá el futuro.

Se está estirando una cuerda que ya llevaba décadas forzada y todos vamos a perder cuando se reviente. No habrá quién quiera o pueda pagar los largos y costosos tratamientos para sacar adelante a las personas de la depresión; los empleados “modelo” tronarán y no habrá quién haga su trabajo, lo que desembocará en una pérdida de competitividad en las empresas y en crisis más fuertes que aún no podemos imaginar.

La realidad es que estamos trabajando más que nunca en la historia, pero no somos los más productivos. México se mantiene como el país con las jornadas más extensas, incluso durante la pandemia. En promedio, los mexicanos laboran dos mil 124 horas al año, el primer lugar entre los miembros de la OCDE por horas laboradas durante la emergencia sanitaria. Al mismo tiempo, la productividad llevaba tres trimestres cayendo hasta marzo de 2021, según el INEGI.

“Hay un punto en el que simplemente no podemos exprimir más trabajo útil de nosotros mismos, no importa cuántas horas más invirtamos”, escribe Bryce Covert en un artículo en The New York Times.

La discusión sobre el futuro del trabajo ya no debe centrarse sólo sobre dónde trabajaremos, sino cuánto trabajaremos. Sólo con mayor tiempo libre, con libertad para pensar, descansar o no hacer nada podremos seguir siendo más creativos y productivos.

¡Ya es hora de parar! Es por el bien de todos.

Genaro Mejía es periodista digital y de negocios con más de 20 años de experiencia y LinkedIn Top Voices 2019