Sin duda, la política es un lugar hostil. La hostilidad se incrementa en la medida en que el sistema no quiere que entres. No tengo evidencias de esto, pero tampoco tengo dudas. Ahora bien, ser mujer sí es un factor que agudiza esa poca amabilidad al hacer política. Hace tres años cuando entré a participar en esta trinchera pensaba que no era así. Sin embargo, he destruido mi propio mito. Ser mujer si es motivo de mayor violencia, ¿por qué? Por el solo hecho de ser mujer. Parece simple y no lo es.

Y no lo es porque culturalmente la participación política de las mujeres es de cierta manera reciente. Todavía hasta hace algunos años hablábamos de “cuotas de género” como una de las acciones afirmativas para enfrentar esa radiografía de shock cultural en donde somos invisibles.

Hasta la fecha, hay quienes piensan, en pleno siglo XXI, que las mujeres no tenemos capacidad para gobernar y, es más, que somos “mejores” en la cocina que legislando. Actualmente, hay quienes se atreven a decir que si ganamos elecciones es por terceras personas (normalmente hombres) y no por nuestro esfuerzo, mérito o talento.

El desafío es mayor cuando el machismo interiorizado no sólo lo tienen los hombres sino también las mujeres. Deconstruir lo que hemos cargado por siglos de conformismo y desigualdad pesa y mucho.

Estamos en un punto crítico de la historia. En la búsqueda de la igualdad hay que admitir con franqueza que quién va a querer ejercer sus derechos político-electorales (que, de hecho, México es un país de avanzada en esto en gran medida por la lucha de las mismas mujeres y las mujeres feministas) si esos espacios son tan inseguros como meterse a un callejón oscuro sin tener certeza de salir “viva”.

Acoso, hostigamiento, calumnias, intromisión en la vida privada, difamación y hasta la privación de la libertad o la vida son algunas de las situaciones totalmente repudiables y lamentables que vivimos las mujeres en política.

Me gustaría aspirar a hacer política de altura. Donde valen los argumentos, las ideas y las propuestas. No estar perdiendo el tiempo en guerra sucia sin sentido. Me niego a permitir que eso sea la constante de hacer política. No nos merecemos vivir así. Por eso, es importante hacer visible y público esto que sí existe y pasa. Desde el Senado de la República trabajamos para que se considere delito la violencia política en razón de género.

Las mujeres ya no vamos a renunciar a participar. Estamos aquí gracias a esa lucha histórica de quienes nos antecedieron. Por eso, defenderemos que estos espacios del poder público, cómo muchos otros, sean libres de violencia. Le beneficia al país tener una clase política que en lugar de dedicarse a hacer noticias falsas, pagar granjas de bots para denostar, amenazar y acosar, se pongan a jalar (como decimos en el norte).

En el escenario electoral que viene para la elección más grande de la historia de México y en la que participarán más mujeres, ese es el reto: sin violencia política en razón de género.

Se puede.