Corría el año de 1994 cuando entré a la UNAM a estudiar periodismo. Era, como todos a los 19 años: soñador y confiado. Aferrado a ser periodista, hacía un esfuerzo por comprar un periódico distinto cada día: a veces El Universal, a veces Reforma, a veces Excélsior… pero era El Financiero el diario que más que gustaba y que, sin duda, era entonces el mejor de México.

Era el último año de gobierno de Carlos Salinas de Gortari y El Financiero se había posicionado como el medio más crítico de esa administración, al grado de que su fundador y director, Rogelio Cárdenas Sarmiento, había sido amenazado de muerte varias veces.

Me gustaba esa posición crítica del periódico, pero también amaba su sección cultural, dirigida desde entonces (por 25 años) por el maestro Víctor Roura. Mi gran sueño entonces era escribir alguna vez para esa sección y ser editado por él.

Así que un buen día, que un profesor no llegó a clase, decidí salir volando hacia las oficinas de El Financiero, en Lago Bolsena, en la colonia Anáhuac.

Me acuerdo de que, en la recepción, muerto de nervios, pregunté por Roura. Quería presentarme y ofrecerle trabajar de auxiliar de redacción o de mandadero, con tal de poder algún día escribir algo en esas páginas. Ya había ensayado mil veces mi discurso y llevaba (¡ternurita!) un fajo con algunos de mis mejores trabajos de la escuela.

“El maestro Roura ya salió”, me dijo de forma seca la recepcionista. No sé por qué, pero esa respuesta y ese fracaso de no hallarlo fueron suficientes para convencerme de que no tenía el talento para aspirar a ser periodista.

El tiempo pasó, terminé la carrera y, por necesidad, después de un periodo de seis meses sin trabajo, acabé en la sección financiera de El Universal como secretario de redacción. Habían pasado ocho años y yo seguía con el sueño de ser reportero de cultura, pero era más urgente comer.

Mi carrera siguió y en 2008, poco antes de estallar la crisis subprime, Rogelio Cárdenas Estandía, hijo del antiguo fundador de El Financiero, me ofreció ser el editor de la sección Finanzas del diario.

Cuando me asignaron mi lugar de trabajo, mi primera sorpresa fue que estaba a un costado de la oficina del mítico Víctor Roura. ¡No lo podía creer!

Menos podía creer que, pasado algún tiempo trabajando ahí, Roura me invitara a escribir dos o tres veces en su sección. ¡Era mi sueño de juventud hecho realidad! Aunque habían pasado más de 14 años.

Recuerdo cómo algunas tardes, trabajando en la edición del día, escuchaba la voz de Roura, quien asomaba del otro lado de la mampara y me decía: “Maestro, Genaro: ¿no quiere un juguito?” Cuando me sentaba frente a su escritorio, él sacaba de los archiveros un galón de jugo, una botella de vodka y unos vasos de plástico, y nos tomábamos el mentado juguito.

Recuerdo esos días con mucha felicidad y con mucho agradecimiento. También los recuerdo hoy, en medio de esta pandemia, para recordarles y recordarme que las cosas ocurrirán cuando tengan que ocurrir, no cuando tú o yo queramos.

Genaro Mejía es periodista digital y de negocios con más de 20 años de experiencia y LinkedIn Top Voices 2019