El 12 es uno de los números presentes en la historia de la humanidad: los meses del año son 12, así como los signos del zodíaco. Son 12 los apóstoles. Doce los mandamientos.

Atenas fue gobernada por 12 familias, así como 12 eran las divinidades del Panteón griego.

Mientras en sánscrito, la lengua sagrada del hinduismo, el Sol tiene 12 nombres y en la cosmología japonesa el creador está sentado sobre 12 almohadones, en América Latina ese número parece indicar el fin de una era. O del engaño de los cambios.

En el Perú, por ejemplo, la “revolución” encabezada por Juan Velasco Alvarado y Francisco Morales Bermúdez duró exactamente 12 años (1968 a 1980). El que sustituyó a Morales Bermúdez fue Fernando Belaúnde Terry, ni más ni menos que el mismo politico derrocado años atrás.

En Nicaragua, en tanto, el Frente Sandinista de Liberación Nacional estaba a punto de cumplir 12 años cuando, en 1990, se vio obligado a devolver el poder en las urnas. Lo devolvió forzado por los votos que le regresaron el control del país a una oligarquía que nunca lo había dejado realmente.

En Nicaragua, aún no ha regresado un Somoza al poder, pero mucha gente los recuerda con cierta nostalgia. En el somocismo, no había muertos (en los años de revolución, murieron miles), había paz y estabilidad.

Tanto en el Perú como en Nicaragua, al margen de ideologías, la idea de los “nuevos” era cambiar el estado de las cosas de manera radical.

En el país del sur, con una reforma agraria y en el centroamericano, derrocando a una dictadura de más de medio siglo.

Y por esas razones, ambos gobiernos fueron elogiados por el mundo entero… hasta que todo fracasó y el statu quo regresó, con la misma fuerza que antes.

Fueron 12 años perdidos en dos países emblemáticos en América Latina el siglo pasado.

En México, todos conocemos la maldición del 12. Fue hace 12 años que el PAN sacó al PRI de Los Pinos y así el Señor de las Botas Puestas logró fama mundial por haber terminado con la legendaria dictadura perfecta… sólo para ser testigo ayer domingo de la debácle de su partido y del regreso del PRI –es decir, el statu quo– al poder que, según muchos, nunca dejó realmente.

Como el PAN mexicano, el FSLN nicaragüense y los militares peruanos son letra muerta.

Cierto, Daniel Ortega en Nicaragua (el otrora comandante revolucionario) sigue en el poder, pero para lograrlo tuvo que poner de lado los principios que le ganaron los votos de moros y cristianos dentro del país y la simpatía del mundo entero. Hoy, Daniel Ortega es un dictadorzuelo más. Tan simple como eso.

El caso del Perú es ligeramente distinto. Hoy, Ollanta Humala, un exmilitar de 50 años crítico del modelo neoliberal y de los partidos políticos tradicionales, gobierna desde 2011. Y no ha echado para atrás la reforma agraria lograda por sus antecesores a mediados del siglo pasado, pero ya no representa un sueño de grandes cambios.

En México, el saldo de los 12 años del PAN son inseguridad, violencia, desempleo, pobreza y crecimiento mediocre. Y sirvieron para despertar la añoranza de un pasado de bienestar y oportunidades.

¿Habrá que esperar otros 12 años para ver en que termina este segundo ciclo que nos regala la historia?