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Opinión

A estas alturas del siglo 21, pocos recuerdan, y menos aún seguramente saben, que en el México de 1924, con la ayuda de José Vasconcelos, el peruano Víctor Raúl Haya de la Torre (1895-1979) fundó la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), hoy uno de los partidos más antiguos de América, y un movimiento revolucionario similar al de Hugo Chávez.

Sin duda también pasó inadvertido que, días después de la visita del presidente Enrique Peña Nieto a la patria de Haya, el último mohicano de ese grupo de revolucionarios, Armando Villanueva del Campo, falleció en Lima a los 97 años.

Porque Villanueva era un viejo conocido de las generaciones del México de don Fernando Gutiérrez Barrios, pero el único aprista famoso internacionalmente (después de Haya claro está), y su único presidente, es Alan García (1985-1990 y 2006-2011). No Villanueva, quien se mantuvo fiel a aquel principio de su partido: lo fundamental no es la presidencia sino la educación del país.

Junto a la del nicaragüense Augusto César Sandino, el APRA fue la agrupación antiimperialista latinoamericana que más influencia tuvo en el siglo 20. Fue durante sus dos primeras décadas que Haya de la Torre desarrolló su propia versión sobre el dominio político y económico de Estados Unidos en América Latina. Hay quienes dicen que interpretó a Lenin “al revés” y que a su ideología le metió ideas metafísicas y psicológicas del Conde Keyserling, de C.G. Jung y de Romain Rolland.

Haya llamaba a Villanueva “doctorem aprismun” de ese movimiento revolucionario cuya heterodoxa doctrina defendió desde los 15 años, cuando se inscribió en el APRA para luchar contra la dictadura del militar Luis Miguel Sánchez Cerro.

Villanueva fue encarcelado en varias ocasiones, nueve años en total. En 1940 fue deportado a Chile. Durante el gobierno de Fernando Belaúnde Terry fue diputado por Lima, luego presidente de la Cámara de Diputados y, muerto Haya, quedó al frente del APRA.

Postuló sin éxito a la presidencia en 1980. Durante elprimer gobierno de García fue presidente de su Consejo de Ministros. También fue senador y presidente del Senado.

Pero su trascendencia política va más allá de sus cargos. Surgió desde la postura más crítica del APRA, los llamados “primigenios”. Hombre “orgánico” de partido, Villanueva fue también extraordinariamente humano y por ende contradictorio.

La última frase antes de morir de quien será recordado por muchos, fuera y dentro del Perú, como un “revolucionario a carta cabal” fue “nunca moriré porque el APRA nunca muere”. Pero los apristas “puros” del siglo pasado vivieron con sorpresa su apoyo al “ochoenio” del General Manuel Odría (1948-1956), a la presidencia del aristócrata Manuel Prado después y a la coalición que permitió el triunfo de Belaúnde Terry, quien fue presidente dos veces (1963-1968 y 1980-1985).

“Nací en un tiempo trágico para la humanidad, a fines de 1915, cuando la primera guerra mundial estaba en su plenitud. Si fuera astrólogo, diría que nací bajo el signo de la indefinición, que todavía estamos observando en el Perú y en el mundo”, dijo en una conversación reciente publicada por el Congreso peruano.

Habrá nacido en la indefinición pero como político fue de una sola pieza. En una casa austera, su única propiedad, en un barrio clasemediero de Lima, se fue Armando Villanueva del Campo, un fiel integrante de la vieja casta de revolucionarios en América Latina quien “lo entregó todo sin llegar a ser ni regidor de un municipio”, en palabras de Alan García.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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