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Opinión

No hay nada más claro que este momento. Sea la encuesta o sondeo que sea, amañado, maquillado o exagerado el común denominador es uno; Andrés Manuel López Obrador lidera el sentimiento del pueblo en doble dígito.

Ha llegado el momento en que los consultores y estrategas políticos empiezan ya a pensar no en cómo arreglar la elección si no en cómo guiar a los diferentes intereses de la sociedad para con una nueva administración y una nueva manera de gobernar. Todo a lo que estábamos acostumbrados cambiará para bien o para mal. Y pelearse con la realidad de que al final del día el próximo presidente de la República será AMLO o Anaya resulta una pérdida de aliento.

Sin embargo, al tiempo en que AMLO, confiado o pecando de soberbio vuelve a ser AMLO y retoma la retórica intolerante, beligerante y polarizante; con todo y su posicionamiento como favorito regresan los miedos. El problema está en que si a alguien hay que disipar del temor por lo que representan, es a los militares.

La madurez de nuestras fuerzas armadas, después de tantos escenarios inciertos es tal, que convencido estoy en que se encuentran preparados para seguir cumpliendo con la patria a pesar del resultado electoral. Pero, AMLO debe recordar las lecciones de la historia. La legitimidad pública y la legitimidad de la última defensa de la voz pública son dos cosas diferentes.

Las propuestas de seguridad de López Obrador, en realidad no son tan descabelladas. Un mando único más que necesario, la confirmación de una Guardia Nacional; resulta controversial de inicio pero con un debate a profundidad problemas como los marcos legales y operativos de actuación de las fuerzas armadas podría ser solucionado. Disolver el CISEN, nuestro único órgano (Oficial) de inteligencia civil, no es una locura si se plantea una reforma comprensiva.

En ese sentido, Obrador aún carece del sentido de hombre de Estado que conoce el papel de las fuerzas armadas, de su condición política y de la necesidad institucional de ser reconocidos.

Es cierto en Siria, Venezuela, España y sin duda en Estados Unidos. Autoritaristas, demócratas o demagogos los estadistas cuentan con el respaldo de sus fuerzas armadas y confrontarlos, como ya se dio cuenta Donald Trump es dispararse en su propio pie. Ahí está el tan controvertido desfile militar que planea el magnate inmobiliario al puro estilo ruso o norcoreano, una muestra de reconocimiento a quienes muy en el fondo se muestran reacios.

Mandar al diablo a las instituciones es renunciar a la máxima responsabilidad de un fiel seguidor del Benemérito de las Américas. La impartición de una gobernabilidad democrática y representativa. Y en el caso específico de las fuerzas armadas, AMLO representa presente y futuro; lo mismo que Anaya, pero es importante replantear de fondo el sistema de defensa mexicano; sus intereses geoestratégicos, sus capacidades, sus debilidades y la planeación de un sistema que está preparado quizás para enfrentar una guerra pero no para planear para una guerra (en cualquiera de sus formas y dimensiones).

Una cosa es el patriotismo y la entrega apartidista del ejército, la fuerza aérea y la marina armada de México, otra muy diferente es ignorar la esencia política que tienen estos cuerpos para conocer la visión militar de los candidatos. Sobre todo de aquellos que auguran un cambio del régimen político.

Hoy a la defensa del pueblo, pero Mañana si López Obrador gana la presidencia las fuerzas estarán a la defensa de su Jefe Supremo. Callar y mandar a trabajar al general que pondrá la terna para sucederlo en el alto Estado Mayor, no solo es mandarlo al diablo si no que es empezar un proceso -quizás desde las alturas- de incertidumbre institucional, una clase de incertidumbre que bien se puede contagiar por diferentes sectores de la sociedad porque al final del día los soldados y marinos y sus familias son el pueblo por el cual tanto lucha López Obrador. Al tiempo.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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