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Opinión

El presidente Enrique Peña Nieto es uno de los mandatarios más odiados de la historia de México. Las razones, son tanto justas como injustas. En realidad es producto de una serie de factores, algunos propios y otros más ajenos o heredados que terminaron por armar el coctel explosivo, que detonó.

Pero también es cierto, que Peña Nieto regresará a la vida privada, tal y como George Bancroft describió el regreso del presidente Andrew Jackson a dicha vida. Bancroft, un historiador y militar estadounidense, dijo que por todos los años de la joven democracia estadounidense, no había existido un hombre que regresara de la vida pública con tan inequívoca claridad de los sentimientos de la nación.

Y es que, por más que el presidente electo, convoque a la historia, se haya inspirado en el discurso de los Sentimientos de la Nación de aquel congreso de Anáhuac de 1813, y recorrido los 2464 municipios que conforman México; no es lo mismo el reclamo desde la campaña, que desde el poder.

El primero ilustra, motiva y ultimadamente empodera. El segundo, sin embargo, frustra, obliga y condena; ya sea al éxito o al fracaso.

Andrés Manuel López Obrador tendrá esa oportunidad a partir del 1 de diciembre. Mientras tanto, y con Las Golondrinas ya como música de fondo, Peña Nieto, rendirá su sexto y último informe de gobierno el próximo sábado.

El último informe de un presidente mexicano ha sido -por lo menos en las últimas dos décadas- un intento fallido de reivindicación con el pueblo. Y digo fallido, porque ni informa, ni reivindica. Es claro, que sí algo falló en ésta administración fue la manera de comunicarse con la gente.

A Peña Nieto lo perseguirá el resto de sus días el reclamo de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, la Casa Blanca, la violencia y la corrupción.

Este presidente, lamentablemente, no será recordado como el artífice del Pacto por México, el de las Reformas Estructurales, el presidente que regresó a ver hacia el exterior o él que le volvió la atención a la agricultura.

Esa famosa frase de “lo bueno casi no se cuenta, pero cuenta mucho”, es muy cierto. El problema está, en que a la gente simplemente ya no le importa, ni le importó a la hora de elegir a su próximo gobernante. Sin embargo, personalmente creo – y dígame ingenuo si lo desea- que no ha existido un presidente que haya querido que le vaya mal a México.

La historia nos ha enseñado, que más veces que pocas, el patrón común es que la gente que rodea a los presidentes son; muy buenos y empoderan al presidente, o por el contrario son muy malos y terminan por hundir al presidente. En esta administración, pocos fueron los buenos que empoderaron a Peña Nieto y fueron más los malos que lo terminaron por hundir. El grado de corrupción tan voraz de cientos de funcionarios que no cuidaron a su presidente terminó por dejarlo solo. Por cierto, el presidente se va, pero ¿de verdad cree usted que todos estos funcionarios también se van? No todos. Y los que llegan, ¿no tendrán hambre de la mala? En fin.

Por eso, creo que el presidente Peña Nieto tiene aún la oportunidad de reivindicarse. De hablarle de frente a la nación, “derecha la flecha” como dirían por ahí. Sin tanto rollo, naturalmente expondrá sus logros, que no deben ser pocos, pero muchos fueron más bien obligaciones. Un informe de éxitos concretos, pero más que otra cosa un mensaje a la nación que le permita eximir sus errores y sus culpas, que quizás no haga que todo el pueblo lo perdone, pero si le dará un sentido de honor, respeto y dignidad hacía la patria. Eso sería mucho más que lo que cualquier otro presidente haya hecho. Al tiempo.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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