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El dedo lleva camuflaje

Llegó un momento de la historia, en la que el golpismo militar fue una tendencia. Una respuesta políticamente práctica al acecho de la amenaza soviética hacia occidente. Después, las creativas practicas de Henry Kissinger, Charlie Wilson, Margaret Thatcher, George H.W Bush, Robert Gates y compañía, mejor conocidos como el primer “Blob” de occidente caducaron como […]

Llegó un momento de la historia, en la que el golpismo militar fue una tendencia. Una respuesta políticamente práctica al acecho de la amenaza soviética hacia occidente.

Después, las creativas practicas de Henry Kissinger, Charlie Wilson, Margaret Thatcher, George H.W Bush, Robert Gates y compañía, mejor conocidos como el primer “Blob” de occidente caducaron como teorías hegemónicas de la geopolítica regional.

Luego cayó el muro de Berlín y la Guerra Fría finalizó. Y con ello, las antiguas prácticas políticas de Latinoamérica se fueron desmoronando. Pronto, en México llegó la antesala del declive soviético, la elección más controversial del México contemporáneo. El principio del fin de la dictadura perfecta de Enrique Krauze, de la que tanto formó parte como relator, intermediario y ejecutor.

México nunca tuvo respirando en el cuello la amenaza de una junta militar, como la mayoría de los países de la región. El general Plutarco Elías Calles inició lo que el último general presidente de la república, Manuel Ávila Camacho, culminó. Y eso fue la civilización constitucional de los requisitos para portar la banda presidencial. Desde entonces, solamente civiles han ocupado la silla del águila, pero no nos mintamos, ni seamos ingenuos, en México el poderío militar siempre ocupará una parte importante de nuestro constructo imaginario de democracia moderna.

Por ello, cuando en el auge de la decisión “unánime”, aquella consensuada pero sellada por el último “gran elector”, es decir, el jefe supremo de las fuerzas armadas, Enrique Peña Nieto, todo parece quedar a su merced; el pueblo y el espectro político poco se acuerda de ver los mensajes y detalles del empujón que se aproxima.

Y es que decida lo que decida el primer priista del país, haiga pasado lo que haiga pasado el domingo pasado en la comida tan relatada y poco documentada por los columnistas de moda, aún así tan enterrados en el ayer, con el espíritu de Emilio Azcárraga y Adolfo Lagos- Lopéz Dóriga y Loret de Mola- el candidato elegido habrá que llevar el espaldarazo de al menos uno de los dos poderes fácticos del país; el económico y el militar. En este caso, del militar. No hay Estado sin ejercito y marina, sobre todo en estos momentos tan turbulentos en la seguridad y las relaciones diplomáticas de México.

Más aún, recordemos que el primer gran movimiento estratégico en el aparato del país luego del presidente es el de sus altos mandos de las fuerzas armadas. Por ello, el análisis lleva a concluir que decida lo que decida el presidente, habrá sido al menos consultado con el secretario de la defensa y marina, que a su vez, ya tienen en la mira a quienes podrían ser sus sucesores.

En tanto que, yo me pregunto, ¿quién de los presidenciables priistas lleva mejor relación con los jefes militares?

Aurelio Nuño fue siempre el joven comodín que inició como jefe de la oficina de la presidencia con una buena relación con uno de los tres hombres del general secretario; el general Roberto Miranda y el general José Luis Chiñas. Lo mismo con los almirantes José Luis Vergara y Enrique Sarmiento. Este último atrapado en el fuego cruzado del caso Frida Sofía en el 19-S.

El hidalguense, Miguel Ángel Osorio Chong, tuvo la tarea más difícil  y desgastante en el tema de seguridad al fungir como la entidad civil que  intermediaría entre las fuerzas armadas, la comunidad de inteligencia y la policía federal. Llegó a ser el punto de conciliación de unas agencias históricamente enfrentadas, especialmente durante el sexenio del presidente Calderón. ¿Qué pudo haber pasado? No lo sé a ciencia cierta, pero el numero 43 se me cruza por la mente, así como la relación con Estados Unidos (hasta que llegara John Kelly y hasta que éste se fuera como jefe de gabinete de la Casa Blanca). Por último, José Antonio Meade, nada más y nada menos que quién surtiera a estos hombres de armas, de recursos económicos. Sin embargo, para cuando Meade llegó, el malo de la película se habría llamado Luis Videgaray, que fue el último secretario de hacienda que recortara en un cincuenta por ciento el presupuesto de seguridad, incluyendo el presupuesto de defensa. Situación que no dejó a ninguna de las partes satisfecha.

Entonces, quien sea el gallo del presidente es en ciertos términos- aunque no necesariamente- el gallo de los militares. Pero, ¿quién es el más cercano, el más querido, el que más interés en común tiene luego de cinco años y quién por más inofensivo o conciliador que se vea posee la mayor amenaza al papel que juegan las fuerzas armadas en un país como México? Eso, está por verse.  Y si usted revisa la cercanía entre los mandos militares y el próximo candidato priista, podrá tener una idea de quién estará tomando el relevo de las armas en el próximo año. Al tiempo.

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