Recién nacidos, los Caifanes asemejaban poco más que una calca de The Cure. Foto: Wikimedia Commons/Sergiowalkerymasseries

Buscando al rock mexicano (tercera parte)

A mediados de los años 80, en México era evidente la irrupción de nuevas tendencias que rebasaban o se oponían a la visión rocanrolera de los años previos

En mis dos anteriores entregas postulé que el “rock mexicano” es mucho más que el “rock hecho por mexicanos” cuando posee rasgos inconfundibles de nuestra idiosincrasia, los cuales le confieren una identidad propia que le permiten alejarse, poco o mucho, del colonialismo cultural anglosajón que es evidente en la mayoría de los grupos no sólo mexicanos, sino de todo el mundo.

Mencioné al Three Souls in my Mind (y El Tri), por su lírica y no por su música, como el punto de origen de la línea más notoria del aún incipiente “rock mexicano” en los años 70 y 80. Botellita de Jerez ofreció una propuesta más sofisticada y con mayor solidez conceptual, mientras Tex Tex sería otro ejemplo de mexicanidad a ritmo de rocanrol.

Pero ya a mediados de los años 80, en México era evidente la irrupción de nuevas tendencias que rebasaban o se oponían a la visión rocanrolera de los años previos. Ninguna sorpresa, claro, se trataba de la ruptura generacional que siempre ocurre.

Aquí permítanme un paréntesis. Este recuento que ofrezco es un tanto arbitrario y limitado, puesto que nadie puede dictaminar el grado de idiosincrasia nacional de las bandas o de sus canciones; es sólo mi muy subjetiva opinión, que espero sirva para despertar la curiosidad e interés en el tema.

Tampoco pretendo mencionar a todos aquellos grupos y artistas que hayan realizado aportaciones valiosas al rock mexicano del cual estamos hablando. Sería imposible acometer esa tarea en unos cuantos artículos periodísticos.

Nombres como Toncho Pilatos, Jorge Reyes, Rockdrigo González y Jaime López quizás deberían quedar asentados con mayor énfasis; no lo hago así porque a nivel popular y mediático su impacto fue o es mínimo en comparación con los otros a los que hago referencia.

Está claro que a lo largo de la historia del rock en México ha habido muchos artistas geniales que no alcanzaron la difusión y el reconocimiento que merecían; en otra ocasión hablaremos de ellos.

A quien le interese echarse un clavado a profundidad en el desarrollo histórico del rock en nuestro país, las recomendaciones obvias son los libros de Federico Arana (la serie “Guaraches de ante azul”) y del Sr. González (la serie “60 años de rock mexicano”).

Volviendo al tema de hoy: en la segunda mitad de los 80 vimos el surgimiento de grupos con propuestas que para las generaciones anteriores ni siquiera eran rock. En YouTube podemos revivir el encuentro de El Tri y Caifanes en el programa nocturno de Verónica Castro, en el cual Álex Lora dijo, sin nada de diplomacia, que no le gustaba la música de sus colegas jóvenes ahí presentes. El cuento de siempre, ¿no?

La entonces nueva camada del rock en México dio algunas bandas que marcaron rumbos diferentes para expresar la mexicanidad, la mayoría de las veces en abierto antagonismo con sus predecesores.

Si Lora escribía letras realistas como un juglar urbano consumado y con pleno dominio de la jerga callejera, Saúl Hernández prefería dibujar imágenes oníricas con las nubes de su poesía, la cual cada quien descifraba como quisiera o pudiera.

Así como Three Souls inició su carrera bajo la sombra de los grandes blueseros y rocanroleros de los años 60 (The Rolling Stones, Jimi Hendrix, Muddy Waters), los Caifanes recién nacidos asemejaban poco más que una calca de The Cure.

Pero pronto se deshicieron de tremenda losa y ya en el segundo disco lograron sonar mexicanos sin necesidad de incorporar elementos folclóricos a rajatabla. Lo que sí incorporaron y resultó pieza vital en la definición del grupo como abanderado del rock mexicano, fue al guitarrista de origen argentino (vaya ironía) Alejandro Marcovich.

El tercero y cuarto discos de Caifanes dieron continuidad a eso que desde “La célula que explota” (del segundo disco) era la clara expresión de un renovado rock mexicano, un rock que no podría llegar de otras latitudes porque se nutría de la experiencia de habitar este país; sólo músicos mexicanos (Marcovich ya lo era) lo podrían generar.

Pero hubo en aquellos años (fines de los 80, principios de los 90) otras vertientes musicales “tricolores” que también arraigaron en el público.

Dos bandas en particular reivindicaban la identidad nacional a través de una música que claramente tomaba distancia de los patrones rítmicos asociados al rock anglosajón, su orquestación y su estética: La Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio, y Café Tacvba.

¿Aquello dejaba de ser rock, como acusaban (y aún lo hacen) los puristas? Tal vez, pero la etiqueta “rock” en aquellos tiempos ya sufría de tal manoseo que cualquier intento de hacer valer la ortodoxia era irrelevante: los medios adjudicaban la denominación lo mismo a Soda Stereo y El Tri que a Laureano Brizuela y Alejandra Guzmán.

Lo importante era que la música de la Maldita y Cafeta conectaba con los jóvenes del país con la furia y la potencia propia del rock, aunque sonara a otra cosa. Si los parámetros rítmicos, armónicos y melódicos no correspondían con la tradición anglosajona, ni para los músicos ni para sus seguidores representaba un problema.

En la cuarta y última parte daré un repaso a los grupos que más recientemente han plasmado en su rock –o como gusten llamar a su música– el sello que los (nos) identifica como mexicanos y que hace que retiemble en su centro la tierra.

 

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