2.3%

Es el crecimiento anual promedio de la economía mexicana en las últimas tres décadas, por debajo del promedio de otros países emergentes


La obsesión con la estabilidad macroeconómica, una de las características esenciales de la política económica mexicana de las últimas décadas, tiene un costo


El secretario de Hacienda, José Antonio Meade, emerge como uno de los hombres fuertes para obtener la candidatura presidencial del PRI

José Antonio Meade es el tecnócrata mexicano por excelencia: economista del ITAM, abogado de la UNAM, y Doctor en Economía por la Universidad de Yale.

Una formación ortodoxa al servicio de gobiernos ortodoxos: fue secretario de Energía y secretario de Hacienda durante la administración panista de Felipe Calderón y ha sido secretario de Relaciones Exteriores, secretario de Desarrollo Social y nuevamente secretario de Hacienda en el gobierno de Enrique Peña Nieto.

Ahora, a partir de un renovado activismo mediático y a partir de las reformas que realizó el PRI en su más reciente Asamblea Nacional, José Antonio Meade emerge como uno de los hombres fuertes para obtener la candidatura presidencial del partido en el poder.

El protagonismo de Meade llega en un momento crítico para el modelo económico mexicano inaugurado hace tres décadas, un modelo de apertura comercial y liberalización financiera que sus detractores han insistido en llamar neoliberalismo.

En México y en el mundo, el hecho de que Andrés Manuel López Obrador sea el puntero en prácticamente todas las encuestas de cara al 2018 es visto como un indicio de que las elecciones presidenciales del próximo año serán un referéndum implícito para la política económica mexicana.

Las fallas del modelo actual no son menores. En los últimos 30 años, la economía ha crecido a una tasa de 2.3 por ciento anual, muy por debajo de los estándares de otros países emergentes en el mismo periodo. Además, el poco o nulo avance en el combate a la pobreza (46 por ciento de la población vive en una condición de pobreza de patrimonio, según los datos más recientes de Coneval) y la incapacidad del Estado para reducir los altos niveles de desigualdad de ingreso y de riqueza han minado la legitimidad de la política económica.

Corrientes críticas como el Grupo Nuevo Curso de Desarrollo, conformado por académicos de la UNAM,  sugieren que el problema está en que no se ha privilegiado al mercado interno ni se han realizado esfuerzos de redistribución contundentes.

Frente a este escenario, el presidente Enrique Peña Nieto y el PRI evalúan la necesidad de elegir a un candidato que se oponga radicalmente a lo que se lee como un intento de mover el marco de la política económica mexicana hacia la izquierda.

Meade y la estabilidad macroeconómica

En su primera etapa como secretario de Hacienda, José Antonio Meade se encargó de dar seguimiento a la estrategia de salida de la política fiscal contracíclica que el gobierno de Calderón implementó durante la Gran Recesión de 2009. La estabilidad macroeconómica y la disciplina fiscal se convirtieron en la primera prioridad de la política económica de su despacho.

Los esfuerzos de austeridad permitieron que los moderados niveles de deuda pública y de déficit fiscal fungieran como el marco base para que el ímpetu reformista de la administración de Peña Nieto consolidara, inicialmente, el éxito mediático del llamado Mexican Moment.

En su segunda etapa como secretario de Hacienda, Meade nuevamente asumió un rol de control de daños. El marcado deterioro macroeconómico que tuvo lugar durante la gestión de su antecesor, Luis Videgaray, se ha corregido parcialmente, en gran medida por dos transferencias del Banco de México que en total suman 614.7 mil millones de pesos. El gobierno espera que la deuda pública como porcentaje del producto interno bruto (PIB) sea menor al 50 por ciento que se había proyectado hace unos meses para este año.

Sin embargo, la obsesión con la estabilidad macroeconómica, una de las características esenciales de la política económica mexicana de las últimas décadas, tiene un costo.

El presupuesto de este año considera el gasto en inversión física como porcentaje del PIB más bajo desde la década de los 30. En el caso mexicano, la austeridad se ha traducido invariablemente en un crecimiento mediocre.

Ortodoxia vs. Heterodoxia

La apuesta de la izquierda y de López Obrador es cambiar el enfoque de lo que el economista mexicano Santiago Levy y el profesor de economía política de la Universidad de Harvard, Dani Rodrik, denominan como “la paradoja mexicana”.

México ha seguido cabalmente un proceso de reformas pro mercado y unos lineamientos de política económica ortodoxa que prometían tasas de crecimiento parecidas a las registradas por los países de Asia Pacífico en la década de los 90. No obstante, la realidad es otra. Desde 1996, el ingreso real per cápita del país presenta un crecimiento anual de apenas 1.5 por ciento; mientras que la productividad permance estancada.

Pese a ello, López Obrador, el candidato antisistema por excelencia, aún es visto con escepticismo en el exterior.

 En un análisis reciente del TLCAN, Gary Hufbauer, un prominente investigador del Instituto Peterson de Economía Internacional (PIIE, por sus siglas en inglés), se refirió al presidente nacional de Morena como un personaje “que a lo largo de su vida ha demostrado con creces sus credenciales populistas”.

Este es el contexto de una hipotética candidatura de José Antonio Meade, donde el elector estaría obligado a considerar el futuro de México bajo la dicotomía de la ortodoxia contra heterodoxia económica.

Fiel a su estilo, la sucesión del PRI podría ser determinada en gran medida por el factor económico. Si Meade obtiene la candidatura, Enrique Peña Nieto habría seguido la tradición presidencial en la que, desde Luis Echeverría hasta Carlos Salinas, el presidente designó a un miembro del gabinete económico como su sucesor.