Encontrar la respuesta a la pregunta ¿cuál es es el tema más importante para México hoy en día? resulta sencillo si se atiende a la inmediatez de la investigación periodística, que analiza los problemas nacionales y el desempeño de quien tiene a su cargo su resolución y buen manejo, es decir, el gobierno mexicano. 

Luego entonces, el tema más importante para México es su buen gobierno, ¿por qué?, pues porque hemos estado tan mal gobernados, que todos los temas nacionales resultan igualmente importantes. 

Es cierto que existen problemas más urgentes, sensibles o preocupantes que otros, pero de tener resueltos los problemas de interés público, como educación, salud, economía, finanzas públicas, impuestos, ecología, corrupción y nombre usted el que quiera, es presumible suponer que carecerían de importancia, o que ésta radicaría en que siguieran siendo bien administrados, lo que no es el caso. 

El tema de “buen gobierno” parecería amplio y profuso y sí, lo es si no se aborda desde una perspectiva institucional, es decir, en el análisis de la profesionalización, legalidad, honradez, permanencia y transparencia de las personas que asumen el mandato legal de gobernar un país. 

Así pues, el tema más importante para México es la debilidad de sus instituciones, encargadas de rendir cuentas a los gobernados sobre la efectividad en el cumplimiento de sus encargos en el gobierno.

A tal conclusión llegó incluso el propio ex presidente Ernesto Zedillo: “…el problema está en la debilidad de las instituciones, pues éstas son incapaces de aplicar las políticas adecuadamente” (La Jornada, junio 2008).

Si esto es cierto, instituciones sólidas (sólidas por transparentes, efectivas y permanentes) equivaldrían a un buen gobierno y, por ende, un buen gobierno tendría resueltos, o bajo control los problemas nacionales. 

Ante la pregunta del millón: ¿cómo se crean instituciones sólidas?, la respuesta entristece: haciendo algo que jamás ha ocurrido, con las mejores personas gobernando permanentemente, porque a final de cuentas, las instituciones las integran personas y no leyes, que son las que simplemente las conforman.

No se crean buenas instituciones con los cuates, ni con los que ganan mejores salarios, ni con snobs de universidades élite, sino con los profesionales experimentados, permanentes en sus cargos –que no haya movilidad y que se queden más de dos sexenios- y eficientes en su actuar.