Quienes vieron Nymphomaniac, el polémico film erótico dirigido por Lars von Trier, recordarán la apasionada historia de Joe, una mujer que descubrió el sexo desde muy pequeña y que la llevó a transitar los caminos más ardientes y arrebatados en búsqueda de saciar su propio placer; pero también los más peligrosos, hasta convertirla en víctima de tragedias engendradas por ella misma.

“Soy una mala persona”, dice Joe al inicio de la película. Pero, ¿de verdad su caótica vida sexual podría convertir a alguien en mala persona?

Tras ver los dos volúmenes del film, quise saber si esas conductas en realidad ocurrían en la vida o si toda esa voluptuosidad era tan sólo producto de la enmarañada imaginación de un director cinematográfico.

Pero sí existen. Y son más comunes de lo que usted podría pensar.

El internet me llevó a un sitio web llamado Sexólicos Anónimos, una red de centros de ayuda que promete devolver a los adictos al sexo el control de sus vidas.

¿Adicto al sexo?

Sí. Las personas adictas al sexo, conocidos en la literatura clásica como ninfómanas y sátiros, tienen una verdadera dependencia a las actividades relacionadas con el erotismo y la lujuria, tal como Joe en Nymphomaniac.

Y como muchas adicciones, se trata de una enfermedad mental. Así lo reconoció la Organización Mundial de la Salud (OMS) por primera vez en 2018, cuando agregó el Trastorno por comportamiento sexual compulsivo a la Clasificación Internacional de Enfermedades.

En esa ocasión llamé al teléfono de contacto de los Sexólicos Anónimos México (SA) para conocer de qué iba el tratamiento.

Pero sabía que sería imposible tener acceso a sus historias identificándome como periodista, así que me presenté como una víctima más de las pasiones más desenfrenadas y peligrosas que mi sexualidad podría permitirme.

Cuando acudí a la terapia, pude conocer un montón de situaciones y pensamientos de quienes, muertos de miedo y vergüenza, suplican por tener una vida sexual sana y normal.

Personas que no pueden vivir sin coger. O, al menos, hasta antes de entrar al grupo no podían. Divorciados casi todos, tras ser sorprendidos por sus parejas en medio de una o más relaciones clandestinas.

Su objetivo, dicen, es alcanzar la “sobriedad sexual”, “liberarse de la lujuria” y para ello utilizan un método de pasos escalonados muy similar al de Alcohólicos Anónimos (AA).

Estos son los requisitos para formar parte del grupo:


“Si se hace uso descontrolado u obsesivo de la pornografía, la masturbación, el romanticismo, es posible que tengas una adicción a la lujuria y necesites ayuda… El único requisito para ser miembro es el deseo de liberarse de la lujuria y de alcanzar la sobriedad sexual”.

La metodología principal es escuchar la historia del otro y ser escuchado, únicamente diciendo la verdad, pues se trata de un espacio habilitado entre desconocidos que posibilita la confianza de confesar lo inconfesable.

Tienen su propia literatura y creen en un Poder Supremo, que puede ser el líder o figura religiosa en que cada uno crea, por eso tampoco se habla de religiones.

Aunque muchos sólo buscan recuperar sus matrimonios o apaciguar la culpa por el fracaso sentimental de la infidelidad, otros también desean redimirse del delito.

Su adicción, dicen, llevó a algunos a cometer abusos sexuales hacia una o varias personas; desde tocamientos intencionales en la calle y el transporte público hasta violaciones.


“Nos han detenido por tener sexo en los parques, en la calle, por tocar a otros inadecuadamente en el transporte público o tiendas de autoservicio. Es tanta la adrenalina que a veces podrías conformarte con un contacto”.

Y otros tantos también fueron víctimas de violencia al grado de casi entregar la vida a cambio de un orgasmo, como Therese.

Therese, esclava de su sexualidad

En SA conocí a Teresa, cuyo nombre real permanecerá en anonimato, al igual que los de todos los testimonios que me contaron sus historias en ese lugar e irán revelándose en los siguientes capítulos de este trabajo periodístico.

Cuando platicamos, Teresa tenía 50 años y llegó a SA desde sus 38, con un matrimonio a punto de colapsar después de acostarse con alrededor de 120 desconocidos.

La mayoría de quienes están ahí, dice, tuvieron una infancia difícil plagada de abandono, violencia y en muchas ocasiones, abuso sexual.

Otros nacieron adictos por una predisposición genética y sólo bastó un primer contacto para desencadenar su dependencia.


“Mis papás eran alcohólicos, los papás de mis papás también lo eran. Yo no soy alcohólica, pero salí adicta al sexo. Lo mío, creo, es una adicción familiar”.

Teresa platica que, desde antes de casarse, ya tenía un impulso sexual diferente al de otras personas; pero que se exacerbó tras varios años de casada, cuando su marido comenzó a aburrirle y el calor familiar ya no le aportaba el suficiente entusiasmo a su vida.

Primero comenzó masturbándose a escondidas todos los días; pero al poco tiempo su imaginación ya no le dio para alcanzar los clímax deseados, así que se convirtió en una asidua consumidora de todo tipo de pornografía.

Después subió a otro nivel, ingresando a chats en internet para practicar cibersexo con otros internautas; con quienes compartía mensajes sexuales, fotografías eróticas y videollamadas.

Tras varios meses eso tampoco fue suficiente. En esos mismos chats, empezó a buscar hombres que desearan tener encuentros sexuales más allá de una pantalla.


“Estar en redes sociales buscando incansablemente encuentros sexuales y románticos, sexo en línea y de ahí llegas a las parafilias. Sexo con animales, cada vez esto avanza más y más”.

Luego de muchos encuentros concretados a través de internet, Teresa decidió que eso tampoco le satisfacía.

Ella necesitaba más. Lo que no sabía es que esa búsqueda la llevaría a poner en riesgo su seguridad y vida.

La mujer dejó a un lado la web y emprendió una cacería de hombres en el mundo real. Los buscaba en la calle, los comercios que frecuentaba y hasta en el transporte público para desaparecer con ellos, durante varias horas, al interior de un hotel de paso.

“Cada vez me metía en cosas más peligrosas, que incluso atentaron contra mi salud. A veces tenía relaciones sin condón y me metía en cuestiones que pudieron destruir mi familia, trabajo y reputación. Casi siempre tuve una mala reputación”.

Narra que, cada vez que sentía ansiedad o discutía con su marido, hijos o en el trabajo, acudía al sexo para liberarse.


“Cuando estaba ansiosa me ponía a ver pornografía, cuando me peleaba con el papá de mis hijos iba y me desquitaba cogiéndome a otros hombres”.

Teresa recuerda que casi tocó fondo la ocasión en que un sujeto estuvo a punto de asesinarla después de tener relaciones.

Lo conoció en internet: un completo desconocido dispuesto a tener sexo casual con otra completa desconocida que ofrecía, además de su cuerpo y energía, pagar por las horas en el motel.

“Después del acto sexual estuvo a punto de matarme. Me puso un cuchillo en el cuello y me dijo, te voy a matar por puta”.

A Teresa la salvó una de las empleadas del lugar, quien, al escuchar los gritos, corrió a preguntar qué ocurría en la habitación. El hombre la soltó y salió del lugar, llevándose consigo todas sus pertenencias.

El sexo era una fiesta

Antes de caer, Teresa conoció a detalle todos los excesos que su cuerpo le permitió experimentar. El sexo era una fiesta.

Los encuentros, reuniones y escapadas formaban parte de una vida paralela que había construido para escapar del tedio y asco que le provocaba su ordinaria existencia.

“Aun teniendo trabajo, dinero, una familia y todo no me sentía bien, yo no estaba completa. Por eso comencé a buscar amantes. Empecé luego con parejas de intercambio, swingers, orgías”.

En más de una ocasión contrajo algún tipo de infección venérea… y algunas veces también llegó a involucrarse sentimentalmente con quienes frecuentaba en la cama, porque a todos los veía superiores a su esposo.


“Tuve un abandono total de mi pareja. Para mí era feo, aburrido, ya no me convenía, ya no me gustaba y siempre andaba busque y busque contacto con otros que no fueran él”.

Pero esa vida de despilfarre, dice, es muy costosa.

¿Se imaginan? La mujer pagaba cuartos de hotel, alcohol, condones, lubricantes, transporte, comidas y lo que se ofreciera, prácticamente todos los días. Y cuando se encariñaba con alguno, también les compraba regalos.

“Tener amantes implica gastar mucho dinero, desde pagar los hoteles hasta en regalitos. Se me iba el dinero y mi esposo comenzó a preguntarse por qué faltaba dinero sin que me comprara nada para mí o para la casa”.

El sufrimiento más allá del placer

“Los adictos sufrimos mucho”, dice Teresa, recordando todas las veces en que se cogió a quien quiso y como quiso, pero donde el acto sexual nunca la hizo sentir plena.

La ansiedad sólo se calma por momentos, narra. Cuando estás en contacto con la otra piel o en el instante del máximo placer, pero eso termina al mismo tiempo que el propio acto.

La mayoría de quienes experimentan una vida sexual sana, por lo general, inician exasperados por el deseo y terminan agotados. Muchos, con una sonrisa de satisfacción, de complicidad con el otro y en el mejor de los casos, de amor.

Pero para un adicto, el sexo es como una montaña rusa que inicia con ansiedad, pasa por el momento de gloria y termina con una zozobra más intensa que la primera, porque trae consigo vergüenza y remordimiento.


“Mucha gente dice, bien que les gusta, pero los adictos ya no tenemos la capacidad de detenernos. Cada vez con lo que sea, con lo que se mueva. Sale fuera de nuestras manos”.

La vida de Teresa comenzó a desmoronarse el día en que su marido decidió poner un hasta aquí a todas sus infidelidades que, dice, eran cada vez más frecuentes y desvergonzadas.

Tras el cúmulo de deslealtades, el marido le pidió el divorcio y advirtió que se llevaría con él a sus tres hijos porque, ¿cómo podrían esos niños seguir viviendo con una depravada?.

Entonces ni ella ni su marido sabían que tenía una adicción.

En ese momento Teresa pidió una última oportunidad, convencida de que dentro de ella todavía existía una capacidad de transformación. Porque, en el fondo, amaba al hombre que dormía a su lado y amaba la familia que habían construido juntos.

Camino a la sobriedad sexual: adiós a la lujuria y tentaciones

En las últimas ocasiones en que Teresa buscó cibersexo, alguno de sus interlocutores le envió el link de la página web que la ayudaría a enderezar su vida; tan caótica y desordenada como si se tratara de una quinceañera, pero en el cuerpo de una mujer de casi cuarenta años.


“Yo llegué al grupo a punto de divorciarme. Mi esposo ya se había dado cuenta de que le era infiel. Prostituta, fácil, ofrecida, me decía. Pero ninguno de los dos sabíamos que esto era una adicción”.

Teresa narra que una de las premisas básicas al inicio de las terapias -y esta reportera lo pudo constatar- es determinar si tienes una doble vida.

Es decir: ¿a cuántas personas estás mintiendo, en cuántas camas duermes, cuántas bocas besas?

La mujer lleva 12 años en el programa, de los cuales, durante ocho años y nueve meses ha permanecido en completa “sobriedad”.

En un inicio, la terapia restringe todo tipo de contacto sexual: desde la pornografía, el cibersexo, la masturbación y hasta, evidentemente, las relaciones sexuales. Tras cierto tiempo, los pacientes pueden restablecer poco a poco su vida sexual. Eso sí, con una sola pareja.


“Ahora veo que perdí mucho tiempo en esto que no me llevó a nada. Perdí la confianza de mi esposo, con lo que sigo trabajando hasta hoy. Él sabe que no soy totalmente fiel porque me cachó en muchas movidas”.

Ahora Teresa únicamente mantiene relaciones sexuales con su esposo, quien después de varios años logró perdonarla. Su sexo ya no está plagado de ansiedad porque ahora, en lugar de coger, hacen el amor, platica.

“En la cuestión sexual funciono mejor con mi esposo. Tenemos un sexo de conexión, de amor genuino, de perdón, cosas más profundas que yo no conocía”.

Sexólicos Anónimos México ofrece, de forma gratuita, un programa de 12 pasos y 12 tradiciones que los pacientes deben seguir para alcanzar la manifestación de “un despertar espiritual”.

Tienen reglas claras: no hablar de religión, política ni establecer relaciones sentimentales entre ellos. Mucho menos, sexuales. El grupo es autosostenible, es decir, no reciben colaboraciones externas y es fundamental que todos sus miembros permanezcan en anonimato.

Todos tienen su propio padrino o madrina, que son quienes ya avanzaron un poco más y llevan más años en el tratamiento de su enfermedad.

Cada uno avanza a su propio ritmo. Unos pueden tardar meses, otros años y habrá quienes necesiten asistir toda la vida. Al final, el objetivo es el mismo: alcanzar la victoria sobre la lujuria y las tentaciones.

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