Los Tigres del Norte, con sus más de 50 años de trayectoria, son una institución de la cultura popular del país, son el norte dispersado. Y, tras la pandemia de COVID-19, han regresado a los escenarios para reunirnos y “olvidar las tonterías del pasado, porque mañana, a lo mejor, pues ya no estamos”.
Y sí. Mañana, quién sabe, por eso la noche de este viernes convirtieron el Auditorio Nacional en un monumental salón de fiestas que se abrió de par en par, sin candados, ni remaches, para bailar los temas de su más reciente disco “La reunión” y para ofrecer un viaje de tres horas por la banda sonora de nuestras vidas.
Los músicos arrancaron con “Jefe de jefes”, esa canción que, se dice, habla sobre Félix Gallardo, el narcotraficante más famoso de los años 80 en México, pero que hoy, 40 años después, se ha resignificado porque, señores, los jefes de jefes son Jorge, Hernán y Eduardo y Luis Hernández, y Óscar Lara.

Los éxitos de la banda nacida en Sinaloa, pero solidificada en Mexicali, llegan uno tras otro “La reina del sur”, “La mesa del rincón”, “Quiero volar contigo” y, ay, “Ni parientes somos”, el himno al desamor cuando el fuego, ni modo, se acaba y hay que seguir adelante porque, como otras veces, el dolor ya pasará.
En medio de la nostalgia, estratégicamente, los jefazos cantan “La reunión”, título del disco y del concierto; en pantallas se transmite el video oficial que suma ya más de 13 millones de reproducciones en YouTube. Las imágenes nos remontan a la nueva normalidad y, sobre todo, a ese reencuentro con los nuestros, tras casi dos años de una realidad que nos recordó la propia mortalidad.
Y allá van con otro éxito, “Contrabando y traición”, el acordeón resuena en cada rincón, los pasillos se llenan de parejas que bailan y se unen a Jorge, el hijo mayor de la familia Hernández.  Diez mil voces cantan que “una hembra, si quiere a un hombre por él puede dar la vida, pero hay que tener cuidado si esa hembra se siente herida”; el fundador de Los Tigres sonríe tibiamente, quizá sabe que su voz es una leyenda viva, un legado para un país que, en su momento, necesitaba escuchar las historias del México subterráneo que comenzaba a llenarse de Camelias y Emilios Varelas.

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La fiesta sigue con “La manzanita”, “La tumba falsa”, “Señor locutor”, “El niño y la boda”, “Cuestión olvidada” y empieza a dar sed de la mala. Los Tigres, en serio, son memoria colectiva, son esas noches de parranda, son la chela banquetera, son el llanto por aquellos ingratos amores, son los domingos de lavandería y son millones de historias más…
El rugido de los tigres es ahora en honor a otro grande de la cultura popular, Vicente Fernández, fallecido en diciembre pasado. Le dedican sus clásicos: “La ley del monte”, “De qué manera te olvido”, “Por tu maldito amor”, “Hermoso cariño”, “Mujeres divinas” y “El consentido de Dios”, el tema que los músicos le compusieron.

La pista se vuelve a abrir con “La puerta negra” y “Golpes en el corazón”, el éxtasis en el Auditorio Nacional. A partir de aquí, los Tigres reciben decenas de papelitos con peticiones de sus admiradores, los complacen a todos o a casi todos. Han pasado casi tres horas y nadie se quiere ir. Hernán, con su legendario copete blanco, la juventud de Luis; Eduardo y sus instrumentos que van de la guitarra, al acordeón y al saxofón; y la batería de Óscar, siguen y siguen.

“La banda del carro rojo”, “El avión de la muerte”, “Mi fantasía”, todas las canciones que los hacen leyenda llegan una tras otra. Los músicos posan para los fans que han logrado deslizarse hasta el proscenio, siguen recibiendo papeles con peticiones y la algarabía es colectiva. La noche de anoche, seguro, siguió para los 10 mil que acompañaron a los jefes de jefes.