Rubén Espinosa se convirtió en el nombre más citado en las noticias nacionales e internacionales de la semana.

Todos los que estamos de alguna forma  vinculados con el periodismo sentimos la imperiosa necesidad de sumarnos al unísono la voz que clama justicia para cada periodista asesinado en el país donde la impunidad reina. 

Porque por cada uno que aumenta la cifra en la estadística, nos coloca a todos sus habitantes en el riesgo de vivir en México, uno de los países más peligrosos en el mundo para ejercer el derecho a la libertad de expresión y, por ende, el periodismo. 

Aunque las investigaciones avanzan, tenemos que hacer un alto total y profundo para comprender por qué tienen que consumarse estos delitos, a pesar de las amenazas o las evidentes señales, sin que se pueda prevenir absolutamente nada. 

De Rubén Espinosa y Nadia Vera, la activista también víctima del multihomicidio de la Narvarte, se comienzan a conocer detalles. De quiénes eran, pero también de lo que representaban para sus comunidades en conflicto. 

Lamentable, fue conocer de su desconfianza explícita por amenazas previas. Ésa que comentan ahora sus amigos, familiares y colegas sobre lo que les pudiera suceder ante sus francas críticas y documentación de casos. 

Tenían miedo… Sí, la desconfianza y el miedo, esas dos cosas con las que parece que el país se está (des)haciendo. 

Nombres con apellidos de autoridades y expertos se pierden entre un interminable análisis de lo sucedido. 

De lo único que se tiene certeza es de esa cruda realidad con la que convivimos a diario. 

De la impunidad que está creando vacíos de autoridad en donde  no importando quién seas, eres vulnerable a que te pase. Porque eso es lo peor. Pensar que si fue por el periodista o por la activista o si fue un robo a “sangre fría” (que también son cada vez más comunes). 

Ambas sospechas son creíbles e increíbles, al mismo tiempo. Y es ahí en donde “poner los pies en la tierra” comienza a ser desesperanzador. Porque como habitante de este pedazo de mundo, te sientes desprotegido. 

En el total abandono del ejercicio de tus derechos y hasta en la soledad de saberte en medio de una sociedad a la que poco le importa que estos crímenes sigan siendo una espera del “qué bueno que no me tocó a mí”. Como si todos estuviéramos en la fila por el turno. 

Un titular de un importante periódico español, expresaba con claridad este luto sorpresivo que alimenta la desconfianza y el miedo: “Se apagó la cámara. Se apagó el activista”. Pero no estoy acuerdo. Debe ser al revés. Estas historias deberían ser suficientes para encontrar motivos de no conformarnos. 

Que se enciendan las cámaras para captar el dolor que persiste en no dejarnos mientras los violentos, los corruptos y los cómplices no se acaban. Que se enciendan los activistas para seguir haciendo su crítica hacia lo que nos ha lastimado el corazón. Que se enciendan las mentes, los corazones y las manos de quienes estén dispuestos a cambiar esta realidad.

Que no se apaguen las intenciones de escribir, de hacer una nota, de tomar una foto, de realizar un video para exponer lo que ya ni siquiera debe ser la queja eterna, sino las razones de por qué tenemos que hacer lo que nos sea posible para alejarnos de este escenario que parece no tener salida. 

Démosle una alternativa, otra ruta y otro viaje, nosotros mismos. Convirtamos eso que nos hace vulnerables en la más grande fortaleza. 

Que Rubén, Nadia, Yesenia, Alejandra y Simone o Nicole no sean las letras que se desdibujarán con el tiempo. Que se conviertan en todos los por qué y los cómo vamos a hacer de México un país en donde los riesgos sean mínimos para la vida colectiva, la verdad, la libertad e incluso la alegría. 

¡Qué se enciendan las cámaras!