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Opinión

Esta semana acompañé a una atleta paralímpica a hacer un recorrido por el metro de Monterrey (en una de las dos líneas de metro). La sorpresa no es tan sorpresa. Lo que los usuarios del transporte público pasamos en la ciudad es inadmisible: nos trasladamos con exageradas ineficiencias como incomodidades. Pero eso se incrementa en las personas con discapacidad. Que debemos considerar que deben estar -y están- cada día más incluidas en los trabajos, las escuelas, los espacios de entretenimiento, a los que tienen derecho.

Sin embargo, de poco sirve esa inclusión si la forma de trasladarse resulta caótica. Es ahí en donde nos damos cuenta la gran falta de visión, sentido común y estrategia para crear los incentivos suficientes que fomenten la dignidad de los desplazamientos.

Debemos entender que el futuro de las urbes y de las zonas rurales depende en gran medida de los traslados de las personas. Por tanto, la accesibilidad y la inclusión deberían ser prioridad. Sobre todo, cuando la jerarquía de la movilidad en el mundo ha cambiado. La prioridad ya no debe ser la circulación de los autos, sino el tránsito de las personas.

Lo que significa que primero son las personas con discapacidad, luego los peatones, seguido de ciclistas y motociclistas, el transporte público y de carga, hasta el final el automóvil. Que, claro, no se trata de “satanizar” al auto como a veces me han objetado, sino de reducir su uso.

Dos de los motivos más importantes para hacernos responsables e impulsar esta agenda de movilidad urbana sustentable giran alrededor del cuidado medioambiental, elevar la calidad del aire, reducir los efectos del estrés, pero al mismo tiempo el desarrollo humano que sí representa que el espacio público sea para lo que es: hacer la vida en común en condiciones óptimas de infraestructura y seguridad.

No podemos permitir seguir viviendo en ciudades que sólo sirven para ser transitadas, pero que no hay incentivos para que realmente podamos movernos de forma segura de un lugar a otro. Si ni siquiera esas condiciones mínimas existen en el metro, qué nos podemos esperar de lo demás.

El resultado de ese recorrido fue decepcionante. No hay elevadores para personas con discapacidad. Se usa un montacargas que representa un riesgo tanto para ellos como para los guardias que lo resguardan. No existen los accesos adecuados. Y si pasamos a algo todavía más crítico, seguimos en la espera de realmente tener una red de transporte multimodal público que sea realmente suficiente como eficiente.

El reto más importante del gobierno y la ciudadanía será la apuesta por dejar de pensar en función de mover autos, concentrarnos en las demandas de habitantes que necesitan transitar, que algunos ya lo hacen sin auto, no necesariamente en auto, pero que requerimos alternativas. Sin ellas, es muy difícil que la gente entienda que no se puede seguir privilegiando una única forma de transporte. Éste es uno de los temas más importantes del futuro en donde tendremos que reinventar el modo en que nos movemos.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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