"No luches por la razón. Si crees que es la verdad ¿para qué luchar por ella? Recuerda que tu verdad ha cambiado infinidad de veces, permite que siga cambiando (...)"

Jorge Lomar

Hay ciertas cosas con las cuales te identificas profundamente, a las que llamas verdad. Tu verdad siempre es parcial. Cuando te das cuenta de que lo que piensas es susceptible de cambiar, evolucionar y ampliarse, entonces es mejor aprender, abrirse a lo que es nuevo, que es lo contrario a defender tu verdad.

Cuando atacamos a otro por pensar distinto, por mucho que nos parezca que él está en la ignorancia, estamos manifestando una total inseguridad en nosotros mismos. Intentamos negar al otro su expresión con nuestra necesidad de imponernos y afirmar nuestra verdad.  Así solo demuestro que estoy apegado a una idea con la que me identifico y he perdido todo contacto con la mente que aprende, respeta y comprende.   

¿Para qué quiero afirmar una verdad inestable y cambiante?  Está expresándose la carencia de identidad que define al ego.  Necesito demostrar que soy mejor y que sé más.

¡La verdad no tiene dueño! La verdad se reconoce en una experiencia íntima y no puede ser defendida.

Cuando uno está absolutamente seguro de saber algo, no necesitas verificación del otro.  No te puede ofender en absoluto que otra persona vea las cosas distintas.  No hace falta que nadie esté de acuerdo contigo. Cuando sabes, sabes. Lo has sentido como parte de ti.  Te ha visitado la verdadera Inteligencia y no necesitas defenderla.   

Puede que se te presente una situación en la que alguien enumere algún dato matemático o científico que tú sepas que es erróneo, alguna fecha histórica incorrecta, alguna legislación errónea, y que tú pienses sin lugar a dudas que sabes la verdad o como decimos familiarmente “tienes razón a ciencia cierta”.

Entonces observa cómo te sientes. Practica la no interferencia en esos momentos.  Permanece en silencio observando cómo tu personaje se retuerce por dejar a la otra persona en un lugar más bajo, por mostrar a todo el mundo lo que sabe, una necesidad compulsiva de destacar, ser mejor, ser algo notable. 

Descubre a tu personaje deseando defenderse en nombre de la verdad. Y una vez que hayas observado este movimiento energético de tu personaje y este deseo de demostrar lo que sé, ya lo podrás dejar marchar tranquilamente. Si lo has visto, desaparece. Desde aquí puedes señalar el dato correcto con respeto y sin necesidad de confrontar. 

Tú no llegaste a tus descubrimientos más íntimos, espirituales y profundos debido a que alguien te atacara, te corrigiera o te culpara. Nadie te hizo llegar a la verdad dejándote en ridículo, ni mostrándote lo equivocado que estabas. Tú llegaste al conocimiento solo cuando pudiste estar dispuesto a comprender.

Puedes expresar lo que sabes mediante palabras, pero tus palabras solo comunicarán verdaderamente cuando estén conectados con tu corazón y veas la inocencia en el otro, lo aprecies tal y como es, con sus actuales motivaciones y programas, sin criticarle por ello.  

Aún así, no hay garantías.  La otra persona solo aprenderá de tus palabras cuando esté preparado para hacerlo. Desde la mente que lucha no es posible el aprendizaje, ya que su función es contraria a la comprensión.

Llegará un momento en que serás una luz para los demás. Tú, como emisario, necesitas antes domarte en la paciencia de la no interferencia. Espera a que la otra persona esté dispuesta a aprender de ti. Espera todo lo que sea necesario y renuncia una y otra vez al ataque. La verdadera luz nunca ataca. La verdadera luz es comprensión y así se comparte con los demás.  

No impongas lo que no importa, no defiendas lo que sabes rechazando al otro o estarás demostrando que aún no sabes ni lo más básico: la verdad reside en la paz.  

“No luches por la razón. Si crees que es la verdad ¿para qué luchar por ella? Recuerda que tu verdad ha cambiado infinidad de veces, permite que siga cambiando. No instruyas a los demás sin que ellos te pidan guía. Si lo haces, observa cómo intentas hacer especial a tu personaje. Pero si te piden tu visión, diles firme y serenamente lo que tú ves y sientes. 

No intentes educar al viejo estilo ‘para que aprenda’, eso es un ataque encubierto.

Elegimos permanecer en silencio cuando antes hubiéramos defendido nuestra película con uñas y dientes. Cuando otra persona no desea saber más de lo que sabe, permite que prosiga su experiencia de comprensión sin imponerle ruta alguna. Entrégale la paz de tu aceptación. No interfieras. La verdad no necesita ser defendida. No es necesario confrontarse, solo puede serlo para tu ego. Tu máximo objetivo sigue siendo la paz, no tener razón”, dice Jorge Lomar.