Crecí entre dos padres científicos. Aunque intelectuales, intentaron a toda costa blindarme de la política. 

Escuchaba a mi madre en los tiempos de la “dictadura perfecta” afirmar por experiencia propia que ir en contra del sistema era un juego entre la vida y la muerte. 

Que, probablemente, ésa fue la razón por la que ella dejó de involucrarse en la política para conservar su tranquilidad e integridad mental y física. 

Historias como ésas hay peores. Sin embargo los tiempos han cambiado y tal parece que, desde que el Muro de Berlín cayó, la desfragmentación de muchas otras cosas vinieron casi en una avanzada de “dominó”.

El mundo como lo conocemos ahora, gracias a las nuevas tecnologías y la globalización, se parece demasiado de un punto del globo terráqueo a otro. 

Entonces, no es fortuito que las demandas ciudadanas de una ciudad se repitan en otras. Ni que sepamos que los “dolores” de cierto contexto tengan una relación directa con otro. 

Así, tendríamos que explicar que muchos de los problemas públicos que nos aquejan ahora son analizados hasta por regiones enteras. Por ejemplo, vivir en América Latina, de principio implica lidiar con la corrupción, la desigualdad y la inseguridad. Cambian los actores, el contexto, pero el escenario y el reto es el mismo. 

Cada día se intensifican las expectativas de cambio urgente. Muy urgentes. Lo acaba de demostrar España con su jornada electoral y la posibilidad abierta, después de años de movimientos sociales, de transitar hacia la ruptura del poder por los partidos tradicionales y con esto crear un proceso de cambio irreversible. 

Lo dijo en esta semana el alcalde de Nueva York cuando se refirió que uno de los retos de las ciudades estriba en la desigualdad. Sí, leyó bien, desigualdad en Nueva York.

En México, quienes crecimos pensando que la política era un “tabú” para gente “sin corazón”, ante el hartazgo y los problemas crecientes como comunes, más bien comienza a verse por las nuevas generaciones como una puerta de oportunidad a la que hay que entrar por necesidad y  obligación moral. 

Porque las decisiones públicas estando monopolizadas en las manos de unos cuantos están dejando cicatrices severas de sus efectos nocivos para las comunidades, el desarrollo y la calidad de vida. 

Así, no es fortuito el impulso de figuras legales distintas, gestación de micromovimientos, organizaciones barriales o vecinales con mayor presencia. Estamos indignados, hartos  y lo que le sigue. 

A la par, en estos días de elecciones del “todos contra todos”, donde hay tanta información “basura” creada para denostar y atacar a gente sin pruebas ni argumentos –a veces a merced de quienes financian la guerra mediática- y sin ningún fin de denuncia legal, me he preguntado si no será que este tradicional juego sucio se hace a propósito de volvernos a convencer que la política sólo la deben de hacer aquellos que tienen “estómago” para eso. 

Porque aunque ya no escucho a mi madre decir que es riesgoso, tan sólo de ver cómo sale lo peor de cada persona y la manía de tergiversar la información para que cada quien gane conforme a sus intereses, créame que no quedan ni ganas. 

Por eso mismo, soy empática con la gente que prefiere ver la tele que debatir sobre el futuro de la política. 

Esto es lo que más me preocupa después de que pase esta jornada electoral. Que quienes nos demuestran con sus hechos y narrativas que están dispuestos a lo que sea con tal de tener el poder, sigan “blindando” su monopolio a fuerza de demostrarnos que personas como tú y como yo no podemos entrar a ese mundo ríspido en donde “la guerra sucia” es la única guerra porque no se conoce otra. 

No permitamos que así suceda. La política no debería generar miedo, que no la inventó el hombre para nada que no fuera el desarrollo de la civilización. 

Nos va a tocar reinventarla después del clima de desconfianza e incredulidad que van a dejar todos los contendientes.

Porque lo que necesita el país y Nuevo León en este momento es reivindicar el ejercicio público y el arte de dedicarse a la política. Ésa que por derecho constitucional nos pertenece.