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Opinión
Nacional
Índira Kempis

Es fácil contagiarse del síndrome del “úsese y tírese”. Total, ¡ya se va!, como se escucha en un replicar de ecos por todos lados. No. Yo no quiero que te vayas. 

Quisiera hoy, si tuviera oportunidad de mirarte a los ojos, mostrarte todo lo que los míos han visto estos últimos años. La forma tan abrupta en la que tuve y, otros jóvenes como yo, tuvimos que crecer. 

Quisiera que conocieras a Maickol, a Memo, a Richie, para que ellos te contaran cómo tus decisiones afectaron las suyas. 

Hoy, no voy a sacar una pancarta como las cientos de miles que pasaron por mi casa. Tampoco voy a llorar, aunque la memoria no tenga el tino de fallarme y me acuerde de cada caso sin solución que me hizo romper más de una vez en llanto. 

No quisiera que fuera una despedida de la tragedia humanitaria en la que está nuestro país y, sin embargo, hay noches en las que no puedo dejar de pensar en cada niño y niña que duermen solos, sin sus padres.  

No quisiera caer en el drama ni la exageración como dicen algunos, quienes no han tocado el fondo de los  sinsabores de las injusticias. 

Pero, probablemente, si tú te hubieras enfrentado a la misma burocracia que nos tiene detenida la esperanza en archivos de las procuradurías, entenderías que hay familias completas destrozadas, deshechas y solas… Muy solas porque ¿quién se va a atrever a hacerles compañía frente a la demostración del poder impune?, ¿quién se va a enfrentar a su propia cobardía?, ¿a quién le van a creer si todos “son criminales”?

También sé que podría llenar este espacio de números, pero como bien dice Antanas Mockus, ni siquiera tú sabes exactamente cuántos muertos son. Y no, no estamos sobrediagnosticados, estamos pésimamente diagnosticados e informados con una narrativa de la seguridad impregnada en sus premisas por las visiones políticas, tanto de la izquierda como la  derecha, sin que hasta ahora tengamos una radiografía completa de lo que pasa en la calle. 

Sé que si pudiera volver a mirarte a los ojos, ya no lo haría como aquella vez que te acercaste al único grupo de jóvenes que estaba en el Four Seasons ese día de mayo de 2006. Te había dado el beneficio de la duda. Pensé que si más férreo oponente no había llegado a enfrentarse con los empresarios, era porque tenía mucho más miedo que tú. Sí, la primera vez que creí en tí lo hice mirándote a los ojos. Pero por alguna razón no nos volvimos a encontrar. Ni siquiera cuando me habían seleccionado para dar un discurso en nombre de los jóvenes de la sociedad civil regiomontana y cancelaste nuestra cita. Lástima, me había preparado tanto para decirte todo esto que ahora escribo. 

No te odio. Es más, hay días en que me gana la curiosidad. 

Quisiera ponerme en tu lugar, pero la realidad con la que trabajo me rebasa, me hace perderte la paciencia y a veces hasta faltarte el respeto que no te ganaste. No sé decir si lo lamento o no. Porque también tengo que hablar de que por esta guerra hace tres años que tu administración comenzó a “tapar el pozo del niño ahogado”, entonces, por fin se hicieron visibles como prioritarios en la agenda pública, gracias a la labor valiosa de pocos funcionarios, temas como la prevención social de la violencia y la delincuencia. Y, si no fuera por esta crisis de inseguridad, muchos ciudadanos no estaríamos descubriendo, a prueba y error, más ideas y más acciones para reinventar a nuestro país adolorido, “¡a costa de qué!”, probablemente exclamaría mi querido Javier Sicilia. 

Lamentablemente, Felipe, no tengo la oportunidad de mirarte a los ojos para decirte esto que he escrito. Porque si algo pudiera pedir es que no te vayas. 

Que te quedaras a ver todo lo que el río de sangre va a sacar a flote en los años futuros. 

Que estuvieras en cada casa de los familiares de los deudos para, como ciudadano común, entender por qué te increparon esas cientos de veces. Que te quedaras para ver cómo los corruptos seguirán saqueándonos. Que te levantaras con la “impunidad nuestra de cada día”. 

Y, sin embargo, te irás. 


* Esta opinión no refleja la del periódico

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