“Éramos un país pobre hasta que descubrimos el petróleo y cómo administrarlo, vendimos energía hidroeléctrica y explotamos nuestra capacidad turística y de exportación”, así describen los guías noruegos a su país.

Mi cabeza da vueltas alrededor de esa frase “éramos un país pobre”. Porque nosotros en México también descubrimos el petróleo. Y, ¿entonces?, ¿qué pasó?, ¿en qué momento perdimos tal oportunidad de cambiar a golpe de timón el destino que parece le pertenece a México?

Por supuesto que la respuesta es sencilla y a la vez compleja. Es fácil determinar que, obviamente, no tenemos las mismas circunstancias, población, condiciones geopolíticas o cultura.

Hacer estas comparaciones debe servirnos para analizar, porque tampoco es que seamos tan lejanos o distantes como si se tratara de dos planetas distintos.

Más allá de las diferencias evidentes, considero que el problema está en la administración de los recursos. En México existe algo que le he denominado el derrochismo. Que puede ser en ocasiones mal visto, sobre todo en casos escandalosos -como Romero Deschamps, por citar un ejemplo-, pero que en la realidad es hasta socialmente aceptado.

Es decir, hay tanta gente que se queja -me incluyo- de sus malos gobernantes y sus gobiernos, pero al mismo tiempo son condescendientes con lo que se gastan en tonterías o que caen en el juego de seguir el paso o esperar de lo que supuestamente significa servir en lo público como dar dádivas en forma de fiesta, despensas, chambitas o favorcitos, y es ahí en donde no entiendo por qué seguimos sin asumir la responsabilidad de esa cultura del derroche extremo.

El derrochismo, sin ser delito, es otra forma de “robar” y permitirlo.

Pedimos austeridad, pero a la vez la rechazamos. Porque en nuestra genética tal parece que nadie puede ser funcionario público o político sin gastar el dinero a lo, disculpe la expresión, pendejo. Porque no se puede ejercer ese oficio sin andar “bien vestido”, “bien comido”, en un “buen carro”, con una “buena producción” para las campañas electorales, y, para variar, sin invitarle a los demás, al menos en Monterrey eso es más que evidente. 

Contrario a los noruegos, que en este momento están en época electoral y sólo se enteran ellos, supongo. Porque no hay espectaculares con rostros de sonrisa falsa, gente con playeras de los partidos o volantes tirados por las calles. Ni esa manía hollywoodense que tenemos en México de crear o hasta comprar escándalos mediáticos para llenar las primeras planas.

El derroche está justificado por una sociedad en condiciones de desigualdad, sin educación, sin el “suelo parejo”, que vive al día, pero que también  culturalmente ha estado ensimismada en insistir en la tradición clasista mexa: “como te ven, te tratan”. De ahí, a veces pienso, que nace el frenesí de los políticos de dar pocos resultados pero con mucho, demasiado, excesivo y hasta abusivo dinero. Escenario del que no se exime a otros sectores, incluyendo la sociedad civil. Todo sea por, siempre echar la casa por la ventana. 

Estos actos de derroche inhiben en gran medida que la gente pueda sobreentender que ninguna riqueza se gana si no se administra correctamente.

Cuando veo esto en la sociedad mexicana en la que vivo, siento que estamos en un tiempo difícil para debatir ideas en un país en el que nos acostumbramos a tener políticos que bailan sobre la “mesa -del derroche- que más aplauda”. Así hemos creado el país del “ya merito” sale de sus problemas, pero que “pierde como siempre”.

No necesitamos recetas de austeridad para contar otra historia de nuestro país, ese no es el sentido de esta columna, pero sí de entender cuál es nuestro papel como ciudadanos a la hora de elegir a los gobiernos. Porque jugar el juego de solapar los excesos a costa del dinero que es de todos, también está teniendo consecuencias nocivas. Necesitamos hacernos conscientes de esto. Sobre todo en la jornada electoral que se avecina y que como de costumbre va a costar c-a-r-í-s-i-m-a (que no tengo duda que más de uno se sentirá orgulloso de que sea así).

En mis sueños, quisiera que algún día escucharamos a cualquier mexicano contar esa historia. “Éramos un país de pobres”. “Éramos” del tiempo que ya fue… pero eso nos corresponde a todos. Digamos no al derrochismo.