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Opinión
Índira Kempis

Hablar de una persona -que es mujer- en pasado se ha vuelto en algo común. Cómo si fuera un rio de sangre que no para. Esta vez en pleno Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, la contradicción se hizo la terrible realidad que nos confronta. La regiomontana Abril Pérez Saogón fue asesinada por dos balazos en la Ciudad de México.

Pero, la historia es peor de lo que pensamos porque es todo menos fortuita. A ella, una noche, su esposo intentó matarla. La golpeó con un bat mientras dormía. Abril lo denunció. Él fue a prisión preventiva, pero el juez reclasificó el delito de tentativa de feminicidio a violencia intrafamiliar argumentando que cuando sucedió esto, ella se encontraba despierta.

Su agresor, su exesposo, salió libre. Y a ella le apagaron la vida frente a sus hijos.

¿Qué se puede pensar de esto? ¿Coincidencia? ¿Qué pasó con esa reclasificación del delito? ¿Es argumento estar despierta o dormida al momento de una agresión? Son demasiadas preguntas que conmocionan a la gente de Nuevo León.

Por eso, habría que insistir que no estamos inventando una fantasía exagerada de “sentirnos” atacadas, en riesgo, vulneradas en nuestros derechos, todo el tiempo.

El lunes pasado varias mujeres de la política como Annia Gómez y Lorena de la Garza, como miles de mujeres en el país, salimos a la calle a hacer visible nuestra indignación como nuestras propuestas porque esto que estamos sorteando está cobrando vidas. Y, lo más triste es saber que cada esfuerzo que hacemos, aunque cuenta, seguimos paradas en un país de machos que violentan.

“El violador eres tú”, cantaban hace días las chilenas, acusando a los jueces, al Estado y al Presidente de ser omisos ante las violencias. El caso de Abril es una muestra de esa negligencia.

¡Cuántas razones tenemos para no claudicar y hacer una prioridad el hacer que las mujeres tengan una vida libre de violencia en sus casas, en las calles, en las escuelas y trabajos!

Ahora mismo pienso que no sentir miedo es ya un atrevimiento ante un país donde se nos cree poco y se nos ataca mucho.

Donde nosotras siempre tenemos “la culpa”. Por eso, en lo que me aferro a pensar mientras escribo, que para la próxima que una mujer nos diga que tiene miedo, preguntemos por qué. Alguien le tiene que creer, alguien le tiene que ayudar y alguien tiene que meter el hombro por lo que, por lo visto, no hará la Ley ni los juzgados.

Estamos en crisis.

Por favor, si está leyendo esta columna pensando que exagero, quiero decirle que ya no me importa que me tachen de exagerada.

Nos están matando.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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