A Celso Fabián no le gustaban las entrevistas, como a cualquier otro jugador. En la cámara era serio y hasta repetitivo en sus respuestas. Como periodista lamentas este tipo de conversaciones porque llevan a poco o nada.

Pero es que a Celso Fabián había que saberlo llevar. Hablamos de un hombre inteligente en donde uno necesita primero entender sus contextos para entablar una charla amena con él. Porque sí era posible hacerlo ya que hablamos de un hombre de gustos sencillos, quizá poco usuales para un hombre que gana de manera generosa.

Ir al Río Ramos con su familia y amigos, armar un ‘asado’ y charlar de la vida como del futbol era suficiente para un hombre que entendió perfectamente cómo vivir y moverse dentro de un entorno tan aferrado al balompié como lo es el de Monterrey.

Cualquiera podría pensar que un hombre pegado a su familia, a costumbres sencillas y entrega sin reservas en el campo podría cumplir el difícil sueño de echar raíces en su totalidad en la ‘Sultana’. Porque lo quería, quizá como pocas cosas en el mundo.

Celso Fabián es… bueno, era feliz en la capital de Nuevo León. Constantemente compartía a su círculo más íntimo lo mucho que deseaba permanecer aquí permanentemente. Quiero aclarar que él mismo sabía, no sería sencillo. Pero, ¿qué va? soñar no le costaba nada.

Y sí, los caminos del Señor son confusos para el hombre y a este digno representante de la eternamente valerosa estirpe guaraní la vida le cambiará. Esas largas tertulias en el Río Ramos pasarán a ser anécdota y quizá sólo se revivan en una escapada vacacional.

El Monterrey, el mismo club que defendió como garbo y valentía, ha optado por prescindir de su educada diestra porque la nueva administración considera que sus servicios ya no son necesarios.

Será difícil no ver la tierra media sin su presencia y sutil toque de la esférica. Porque Celso Fabián brillaba sin iluminar. No gustó nunca del reflector, ni siquiera de portar un ‘cintillo’ en el brazo izquierdo. Sólo quería agradar al estratega en turno.

Tengo que reconocer lo duro que fue aguantar las (irracionales) decisiones de los estrategas que lo tuvieron. Si había que sacrificar a un soldado en aras de un aparente beneficio para el grupo, Celso Fabián siempre fue el elegido.

Y si le preguntabas al respecto, en ocasiones ni él sabía la respuesta. Le quedaba sólo tragar mierda una y otra vez, entendiendo que la oportunidad de exhibir la equivocación de quien lo ‘banqueaba’ era errónea. Lo bonito era que sí lo conseguía. Recuperaba regularidad y el agua volvía a su cauce.

Pero no hay bastión que dure 100 años de acoso, ni fortaleza que lo soporte. La torre del Alto Paraguay al fin cayó y la obligada rendición llegó.

Acaba así la historia de un hombre “enamorado del Monterrey”. Celso Fabián tendrá que despedirse como lo hicieron otros inmortales de, quizá, mayor rango.

Él no dejará un récord incontable de goles, mucho menos se retirará el inconfundible ‘16’ que portó en el dorsal. Pero Celso Fabián se va como un grande, un hombre al que mis nietos escucharán en relatos míos cuando me encuentre sentado en una mecedora mientras vea la tarde caer.

 

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