A nadie debe sorprender —ni sorprende— el hecho de que cuando México obtiene un éxito sonoro en el Mundial de Futbol, el entusiasmo popular se desborda hasta alcanzar niveles de paroxismo. 

Cuando el equipo mexicano anotó un tanto en contra de Camerún, la cantina ubicada en la calle Guerrero, en la Ciudad de México, donde yo disfrutaba del partido, se convirtió en una genuina fraternidad de paisanos desconocidos. Chocamos los tarros de cerveza de mesa a mesa, donde estaban sentados amables y entusiastas compatriotas con quienes festejamos el éxito tocándonos los nudillos para estrellar, acto seguido, las palmas de nuestras manos. Era una euforia incontenible. 

Por supuesto que en ese momento no contaban las clases sociales ni ninguna abominable perversión racial o social. Brindamos a la distancia con dedales de tequila, invitamos copas, compartimos los tacos de chilorio, los de chicharrón con salsa verde, las carnitas, y más tarde, el ate con queso y hasta las fresas con crema, entre otros postres.

La comida se dispuso en una especie de gran centro: todos disfrutamos lo de todos. La gran familia mexicana en todo su esplendor. Se trataba de nuestra fiesta, la gran fiesta de México.

Cuando se acercaba el final de la contienda, el silencio era sepulcral y el ambiente se podía cortar con la mano. Percibía la tensión eléctrica de mis compañeros comensales, y ni hablar de la de mis vecinos que sujetaban tarros, o dedales, o cascos, o tazas con las manos crispadas.

A pesar de que a México le habían anulado dos suculentos goles por la indolencia, o ceguera, o corrupción del árbitro, la moral del equipo nacional no había sucumbido. Cada jugador se había convertido en un ejemplar Caballero Águila educado en el Calmecac y dispuesto a jugarse el todo por todo.

Cuando finalmente concluyó el partido, los abrazos efusivos no se hicieron esperar. La cantina se convirtió en astillas. Los gritos, las porras, los chiflidos, los aplausos hacían del antro un auténtico manicomio. En mis fantasías de novelista —no podían faltar— solo restaba que sacáramos las pistolas 45 y disparáramos balazos al techo como parte del estruendo de la celebración.

¿Qué faltaba? Sí, claro, salir a la calle envueltos en la bandera tricolor para dirigirnos al Ángel de la Independencia para gritar las glorias, los vivas de una nación engañada, sojuzgada y aplastada, ávida de festejar algo en su dolorida existencia. ¿No era una maravilla sentir que finalmente estábamos orgullosos de algo?

En esa coyuntura vino a mi mente la idea de aprovechar toda esa energía positiva de los mexicanos que detona cuando nos anotamos un gran éxito deportivo. Claro que el “Piojo” hizo un gran papel después de rescatar a un equipo hundido en la nada. Bien, que continúe el “Piojo” por muchos años más, pero el Gobierno de la República, si también quiere anotarse un tanto, debería destinar enormes cantidades del presupuesto nacional para contratar a los mejores entrenadores del mundo en materia de esgrima, gimnasia, natación, salto de altura y de garrocha, entre otros deportes.

Si México conquistara en las olimpiadas varias medallas de oro, cambiaríamos el ánimo de México al experimentar el embriagante sentimiento del poder… 

El Ángel de la Independencia en Avenida Paseo de la Reforma es el sitio por excelencia donde los aficionados, tras un triunfo tricolor, derrochan su pasión.