Si hubo un gran triunfador en las elecciones del pasado domingo 5 de junio fue sin duda el abstencionismo, en la mayoría de los seis estados donde hubo comicios, más del 50 por ciento del electorado no acudió a emitir su voto.

Hecho que comprueba que las y los ciudadanos están decepcionados de la clase política, no importa de qué color seas, el punto es que nadie tiene ese gran poder de convencimiento que se dice tener.

Las cifras lo comprueban: Aguascalientes 54 por ciento no votó; en Hidalgo, el 52 por ciento; Tamaulipas, 47 por ciento; Durango, 50 por ciento; Quintana Roo, 40 por ciento; y Oaxaca, 60 por ciento.

Estos datos enmarcan el desencanto que hay en los electores por cualquier fuerza política, incluida el partido gobernante, hecho que debería preocuparnos a todos porque sin la participación ciudadana en los comicios no se puede hablar de una democracia consolidada.

Ya lo dijo José Woldenberg: ¡la abstención es síntoma de desapego, un indicador que no debe ser despreciado porque ilustra la distancia que existe entre franjas importantes del electorado potencial y la vida política”.

“Pero no existe algo así como el Partido Abstencionista porque los nutrientes del fenómeno no solo son distintos sino incluso encontrados: desde quienes expresan una especie de consenso pasivo hasta los hiperpolitizados que no se identifican con ninguna de las opciones. Nadie puede hablar a nombre de los abstencionistas. El abstencionismo deja en manos de otros la elección de nuestros representantes”, refiere.

Sin duda son muchos los factores que influyen en la no participación ciudadana, uno de ellos es que las campañas políticas se han convertido en ataques sucios, con dolo y sin propuestas, cuando la sociedad lo que necesita es saber cómo van a resolver sus problemas del día a día, entre ellos, la inseguridad.

También lo son las muchas promesas de campaña que se hacen cada que hay un proceso electoral, y que posteriormente quedan en el calor de la competencia pero no en los hechos.

Los partidos sin duda tenemos la obligación de hacer de los procesos electorales una fiesta cívica, pero si no salimos al encuentro del electorado, si no caminamos con ellos, si no tocamos sus puertas, pero sobre todo, si no los escuchamos y traducimos sus demandas en hechos, el abstencionismo será mayor.

Y por lo tanto, la pluralidad partidista se irá perdiendo, más de lo que ya está sucediendo, y regresaremos a una hegemonía totalitaria, a un México en donde un solo partido gobernará toda la República, tal y como ocurría en los setentas.

A nadie nos conviene que se acabe la pluralidad, y muchos menos que prevalezca la hegemonía, por eso necesitamos salir a combatir el abstencionismo, a convencer con hechos y no solo con palabras. El reto de las fuerzas políticas debe ir más allá de ganar elecciones, será ahora el de reducir el abstencionismo, o de lo contrario, seremos gobernados por un solo partido.