No somos novatos en esto de cohabitar juntos. Si así fuera, la civilización agrupada en ciudades no existiría.

Los mayas, incas, los nativos de cada territorio latinoamericano se adelantaron a su época. Entonces, ¿qué fue lo que hicimos que despertamos con un “mal sabor de boca” ante lo que parece la catástrofe del futuro de las urbes?

Les escribo desde Lima, Perú, en un encuentro de investigación en arquitectura y urbanismo: experiencias, logros y desafíos en la Universidad Nacional de Ingeniería de este país sudamericano.

Conversando con el conductor que me lleva a la Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Arte, me doy cuenta que se queja de lo mismo que nosotros (inseguridad, tráfico, abandono del centro, etc.). En realidad esto es la constante de cualquier conversación. Como cuando las personas mayores comienzan a hablar de sus “achaques” por la edad y, escuchándolos, no sabes cuál es peor o mejor.

Así de “enfermos urbanos” nos sentimos ante espacios que a diferencia de otras culturas anteriores, no hemos hecho ni sagrados ni comunes. Al contrario, el descuido colectivo de donde se supone migramos aspirando a algo mejor que no encontramos es evidente.

Algunas de estas urbes estarán bajo el colapso en los próximos años. No es un anuncio pesimista, es una realidad proyectada por los hábitos nocivos, los cambios naturales o la ausencia de desarrollo económico.

Pero más allá, porque no hemos podido resolver el camino de cómo tomar decisiones colectivas.

Por eso el tema es tan importante como replantearnos a la misma civilización que nos sostiene en las ciudades, ¿qué es lo que le falta a nuestra cultura latinoamericana para confrontar la gravedad de sus problemas públicos ante la competitividad global?

En mi experiencia que puede ser corta en años pero profunda en resultados y visión, considero que es la política.

La ¿qué?, sí. Si pensamos que la planificación urbana tiene la culpa o la falta de talentos o la escasa de tecnología o innovación, la falta de incentivos privados o que “nunca” hay imaginación o dinero… Le respondo que, efectivamente, es todo eso. Pero hoy estoy convencida que detrás de esa amarga lista están quienes deciden la vida pública en la política, ¿por qué? Porque lo han hecho a conveniencia de intereses propios.

No sólo lo afirmo yo, he escuchado la historia de cientos de expertos en diferentes partes del mundo hacer referencia a esas decisiones, ¿dónde nacen las buenas o malas experiencias urbanas? En los gobiernos, ¿quiénes llegan a los gobiernos? Normalmente, quienes se dedican a hacer política o por “suerte” algunos experimentados, pero son los menos.

Si nos desentendemos de ese tema, pensando que todo surge del azar, estamos perdiendo el tiempo.

Hay que hacer que tanto habitantes como gobernantes tengamos clara la agenda urbana que necesitamos o aspiramos. De otra forma, es muy difícil lograr las titánicas transformaciones que requerimos con urgencia en América Latina, que está cortada por la misma tijera de la corrupción de sus élites políticas, secuestrándonos así cualquier posibilidad o incluso deseo de cambio.

La generación anterior aplazó esto bajo las “dictaduras perfectas”. Pero si hay una afrenta de futuro es decir abiertamente que el diseño de una ciudad es también una postura del arte de hacer política, de hacer gobierno o que como ciudadanos tengamos al menos una “brújula” de a quiénes queremos tomando decisiones sobre nuestra calidad de vida en las ciudades, que es lo que en el futuro está en juego.