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Opinión
Índira Kempis

No cabe duda que la crisis de la desconfianza en la política es un hecho, como también lo es que ante las nuevas, ya ni tan “nuevas” tecnologías, toda información abruma y se presta a un montón de rumores a veces con mucho o poco sentido.

Lo que es innegable es que de ahora en adelante las reglas han cambiado. La ciudadanía está tan harta que no sólo cambió el sentido de su voto hacia un gobierno de izquierda con una colación de partidos. Sino que está dando cada día más muestras del ojo crítico con el que están observando las decisiones de quienes nos representan o les representamos.

Lo que está sucediendo en los temas del Senado se convierte en esa primera señal de que estamos siendo observados y que ante la necesidad de cambio, la gente sí está invirtiendo su tiempo en no dejarse informar por los medios tradicionales y medir o juzgar, según sea el caso, en tiempo real, las decisiones.

Esto generacionalmente representa un cambio radical en la política tradicional. Por ejemplo, en otros tiempos una votación en el Senado como la de la licencia de Manuel Velasco no se hubiera vuelto en tema de conversación de no ser porque cientos y miles de celulares -ni siquiera podemos hablar de televisiones- estaban encendidos y con espectadores de la sesión.

Deberíamos de provocar que más que una desventaja se convierta en una ventaja. Como he insistido en mis redes sociales, no se trata de crear o solapar rumores ni mucho menos divulgar información falsa, todavía menos estar pegados con “palomitas” en la mano, pero sí de que la ciudadanía utilice las herramientas virtuales que tiene o esté “big brother” para abrir la discusión y las acciones a las problemáticas que importan.

Porque justo a esto no estaban acostumbrados los políticos tradicionales. A que en tiempo real se les estuviera observando. Con esto no quiero decir que debamos convertir a las redes sociales en una plaza pública para linchar, pero sí en opciones para transparentar la información.

Que la transparencia tampoco quiere decir que toda la ciudadanía estará de acuerdo con sus representantes, pero al menos sabrá un poco más sobre la ruta de la toma de decisiones.

Más en un momento histórico donde sí estamos demandando otra forma de hacer política y romper con los vicios de la opacidad que arrastra a algunos políticos tradicionales.

Esperaría que ese seguimiento no sólo sea por morbo (aunque probablemente gran carga social hay de eso), sino porque exista un real interés de avanzar en las discusiones que son trascendentales para el país y poner sobre la mesa del debate lo que importa, que al final de cuentas no son las personas sino las ideas.

¿Será que el Big Brother nos alcanzará para eso? Es una responsabilidad colectiva que deberíamos asumir con la seriedad y el compromiso que se necesita, precisamente, en la crisis de la confianza más álgida que estamos viviendo.


* Esta opinión no refleja la del periódico

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