En memoria de Angélica Ortiz.

La violencia se ha convertido en el “pan nuestro de cada día”. 

Lamentablemente, en diversas ciudades del país se justifica, se solapa, se entra en complicidad y termina consumándose en delitos graves que tienen secuelas negativas que afectan no sólo a las víctimas, a sus familias o amigos, sino a comunidades enteras. 

Nuestra “tolerancia” de los violentos y sus violencias, nos silencian todos los días para ponerlos en evidencia. 

Nos paraliza. Nos transforma en ciegos y mudos. 

Por la impunidad, podría ser, pero sobre todo porque culturalmente tal parece que nos acostumbraron a que es normal estar a la defensiva; es normal agredir y responder la agresión; es normal que no exista la paz en las cuatro paredes de una casa. Es normal. 

Y en esa “regla” con cada vez más escasas excepciones, nos estamos haciendo daño. 

Ni siquiera te quiero escribir cifras, investiga y comprobarás que esta cultura de la violencia nos está matando en vida o, literalmente, nos está matando, ¿desesperanzador?, sí, mucho. 

La pregunta que me he hecho después del asesinato de Angélica Ortiz y el suicidio de Jesús Rodríguez por primera vez no estriba en alimentar el morbo de saber qué pasó. 

Sino, en cómo, porque estoy segura que a Angélica esa misma pregunta le rondaría por la cabeza, vamos a hacer para cambiar este cruel panorama. 

Porque ella se dedicó a eso durante gran parte de su vida: transformarnos en el respeto de la dignidad humana y los derechos humanos. Humanidad, palabra que en esas dos tareas se repite. 

A Angélica Ortiz la conocí buscando justicia por Jorge Mercado y Javier Arredondo. Más pequeña de edad, estaba dispuesta a desafiar esas reglas que también nos han vendido de “favor de no quejarse”. 

También construyó. mucho antes de graduarse. con sus colegas el Museo Itinera para promover el conocimiento de los derechos humanos en las calles, de hecho como directora de Monterrey Creativa les otorgamos un reconocimiento por ser uno de los proyectos creativos de la ciudad… 

Y esos logros enormes en Puertas Abiertas ABP, que no cualquiera se atreve a conseguir. 

Todavía recuerdo que un día me llegó un correo con su nombre solicitándome una carta de recomendación. 

Angie, como la conocían todos, se movía como si el mundo se fuera a acabar antes de que pudiera lograr convertirlo en un lugar mejor para nosotros. 

Nunca se lo dije, pero ese día del correo, sonreí porque me sentí “grande”, con esa madurez que se acerca con la edad y que te hace pensar que ya te toca apoyar a los más jóvenes que tienen esa voluntad alegre de realizar hasta lo imposible o lo impensable con tal de lograr lo que sueñan. “Pasar la estafeta”, le dicen. 

Nuestra última conversación así fue también, para conectarme con otro proyecto y agudizar el trabajo que estamos haciendo en el centro de Monterrey. Incansable, como muchas otras creadoras de nuevos entornos a las que no les rinde las 24 horas del día. 

Ninguna muerte inesperada es justa. Mi profesor Antanas Mockus me enseñó a entender que la vida es sagrada. 

Todas las vidas son sagradas. Dentro de mí, todavía, a veces, como en esta ocasión me peleo con eso, pero termino aceptándolo: Todas las vidas son sagradas. 

La tarea que queda entonces es todavía más grande de lo que imaginamos. Se necesitan más esfuerzos para reiniciarla cada vez que sea necesario. 

“Gracias por su paz”, expresé a sus padres mientras intentaba contener mi llanto, mi coraje, mi “todos los sentimientos juntos”. 

Es lo que deja Angélica, agradecerle lo que entregó a la ciudad. 

También, nos enfrenta a seguir luchando por lo que ella luchó, a enfocarnos en el “cómo”. 

Porque, de esta forma como estamos normalizando la violencia, no podemos ni siquiera seguir vivos para lograr eso. 

Porque de esta manera en como hemos justificado la violencia no podemos siquiera tener las fuerzas para cambiar. 

Porque, simplemente, ¡así no! Así no podemos.