Para Venezuela, la depreciación de su moneda es necesaria para controlar el aumento en sus costos de financiamiento foráneo

El gobierno de Venezuela anunció el viernes pasado la devaluación de su moneda en un 32 por ciento, de 4.29 bolívares venezolanos por dólar a 6.3. 

El ministro de finanzas, Jorge Giordani, hizo el anuncio citando la estrategia de fortalecer las finanzas públicas, que cayeron en déficit tras la campaña de reelección de Hugo Chávez el año pasado. Esta es la quinta devaluación de la moneda Venezolana en nueve años.

Sin embargo, la devaluación está lejos de representar la realidad cotidiana. Ante las restricciones de compra de dólares impuesta por el gobierno, en el mercado negro de dólares el billete verde puede llegar a costar hasta 20 bolívares.

Mientras la reacción en las calles de Caracas fue de rechazo, con críticos juzgando que la medida se debió al gasto irresponsable del gobierno en las elecciones pasadas, analistas en Wall Street aplaudieron la medida. 

Y es que la depreciación de la moneda era necesaria para controlar el aumento en sus costos de financiamiento foráneo. 

Alivio para 
el gobierno

Obtener más bolívares por cada dólar del extranjero tiene un efecto deseable para el gobierno venezolano en el corto plazo: reduce su creciente déficit fiscal. 

En las pasadas elecciones, el déficit fiscal incrementó casi por un factor de tres, alimentado por un aumento de casi 50 por ciento en gastos para la campaña presidencial de Hugo Chávez y generosos programas sociales. 

Devaluar la moneda crea instantáneamente mejores condiciones para el gobierno porque permite a éste pagar más sueldos o comprar más cosas dentro del país con los mismos dólares obtenidos de las ventas de petróleo, que representan más del 90 por ciento de las exportaciones del país. 

De acuerdo con la empresa Venezolana Ecoanalítica, el gobierno obtendrá 84.5 mil millones de bolívares adicionales gracias a la devaluación. 

Además de recortar las presiones en su presupuesto, genera mayores ingresos por la venta del petróleo, que representa más del 80 por ciento de los ingresos oficiales, puesto que este producto está relativamente más barato en el mercado internacional tras el decreto de Chávez. 

Más inflación

Pero como en cualquier medida económica, hay obvios perdedores ante la decisión del ejecutivo venezolano.

La estrategia monetaria relajará las presiones sobre la tesorería, pero probablemente creará presiones inflacionarias, pues de acuerdo con estimaciones de Bloomberg, 7 de cada 10 productos vendidos en el país son importados del exterior. 

Por ejemplo, la empresa Colgate-Palmolive, que recibe el 5 por ciento de sus ventas de Venezuela, anunció que la devaluación del bolívar le causará una pérdida de 120 millones de dólares en este trimestre, por tener sus contratos financieros establecidos a la tasa anterior y no poder ajustar el precio de sus contratos de venta al mayoreo. 

Al costar más el dólar, y ante pérdidas de empresas, las presiones inflacionarias se aceleran en el país con la tasa más alta de América Latina. 

En los últimos dos años, la inflación anual en el país sudamericano ha estado por encima del 20 por ciento, incluso incrementando a 22.18 por ciento en enero del 2013.

En la última devaluación en el 2010, Chávez nacionalizó 41 tiendas y amenazó con cerrar otras con el fin de detener el alza de los precios. 

Sin embargo, las medidas solamente lograron crear escasez de bienes básicos que no querían producir las empresas por enfrentar costos más altos. 

De acuerdo con algunos analistas, la medida anunciada el viernes podría llevar la inflación hasta a una tasa de 30 por ciento, 6 veces más alta que la mexicana. 

¿Doctrina latina?

Venezuela es el caso extrema de una política monetaria que tiene raíces lejanas en América Latina. 

El manejo de la política monetaria en Latinoamérica ha sido criticada en las últimas décadas por usar la depreciación como herramienta de financiamiento, en lugar de un esquema de último recurso. 

Es decir, mientras que países como México, Chile y Brasil han sido aplaudidos por perder el estigma de irresponsabilidad en su política monetaria, no es el caso para toda la comunidad latina. 

Además de Venezuela, Argentina también maneja una tasa fija de intercambio entre el peso y el dólar cuyo valor es distante de la realidad vivida en el mercado negro. 

Con notorias presiones inflacionarias, por encima del 30 por ciento, y políticas para restringir la compra de dólares en el país, el manejo de la economía argentina ha sido criticada por carecer de validez.

¿Regresará América Latina a las prácticas de antaño o se trata de solo un par de países que hacen política a la antigua?