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Urge vigilar procesos feminicidas

"Diana fue una buena persona", señaló Agustín Galindo Beltrán al recordar cómo desde el pasado 28 de abril su vida y la de su familia cambió tras el feminicidio de su hermana, Diana Galindo Beltrán.

Hasta la fecha, la Fiscalía General del Estado (FGE) no ha encontrado a los responsables de la muerte de Galindo Beltrán.

"Como sociedad (se) nos enseña a pensar que los problemas son de alcoba y es mejor no meterse; nos enseña a bien juzgar y nos obliga a callar"
Sofía Virgen RodríguezHermana de Imelda, víctima de feminicidio
Para la académica de la UdeG, el proceso del feminicida tiende a destruirlo como persona, a entrar en un proceso de duda sobre su relación, y comienza a formularse ideas que implican el homicidio de la pareja
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“Diana fue una buena persona”, señaló Agustín Galindo Beltrán al recordar cómo desde el pasado 28 de abril su vida y la de su familia cambió tras el feminicidio de su hermana, Diana Galindo Beltrán.

Hasta la fecha, la Fiscalía General del Estado (FGE) no ha encontrado a los responsables de la muerte de Galindo Beltrán.

Era la tarde de un lunes cuando Diana respondió a los llamados en la puerta de su casa, ubicada en la Calle 18 de la Unidad Habitacional José Clemente Orozco, cuando fue abordada por dos mujeres que, tras someterla a golpes, la subieron a un automóvil negro. Los hechos fueron presenciados por Andrea, la hija mayor de la víctima.

“Su versión es que dos chicas llegan a la casa, la llaman, mi hermana sale y empiezan a golpearla. La tiran al suelo, le pegan la cabeza contra el piso, le cierran la puerta a la niña, la niña se asoma por la ventana y ve cómo se subió al coche negro”, narró Agustín Galindo.

La noche pasó y Diana Galindo no regresó a su casa, su hermano comentó que ella mantenía una constante comunicación con su familia, a pesar de su hermetismo para con sus problemas personales.

Trato deshumanizado

La tarde del martes 29 de abril, Agustín recibió una llamada de su cuñado: “Está en el Semefo (Servicio Médico Forense)”. 

Esa mañana, los registros periodísticos señalaban la aparición de su cuerpo en un camino de terracería denominado Las Ánimas, en el municipio de Tlajomulco de Zúñiga.

Su cuerpo estaba cubierto con una cobija, además de presentar huellas de tortura y golpes en el rostro. Portaba un pantalón azul de mezclilla y una blusa de color negro y blanco.

Diana murió de estrangulamiento por agente externo y heridas con objeto punzocortante en el abdomen, con alrededor de cien perforaciones que se hicieron con un alambre, según recuerda y relata su hermano.

Entre silencios que rememoran en la mente de Agustín la imagen de su hermana, narra también cómo en las oficinas del Ministerio Público se vive un ambiente de insensibilidad y frialdad para con los familiares de las víctimas.

“Es un trato un poco desfasado de la realidad, no hay una atención humana, es muy frío el asunto”, detalla el hermano de la víctima.

Actualmente, el asesinato de Diana Galindo fue tipificado como un feminicidio por parte de la FGE, hasta la fecha no se han encontrado a los responsables, aunque su pareja sentimental, a quien Agustín nombra como “Pepe”, es señalado como uno de los sospechosos.

De acuerdo con las declaraciones de Agustín Galindo, el agente del ministerio público no ha avanzado en la investigación, y es el propio personal quien acusa a la familia de obstaculizarlos en el proceso, aunque ésta señala que es la falta de capacidad la que hace que no avance.

Pese a que oficialmente no existe un señalamiento de que en Jalisco los casos de feminicidios vayan en aumento, Reporte Indigo documentó a través de cifras entregadas por la misma dependencia que dicho delito ha incrementado en la entidad. 

Perfil feminicida

“Como sociedad (se) nos enseña a pensar que los problemas son de alcoba y es mejor no meterse, (esta misma sociedad) nos enseña a bien juzgar y nos obliga a callar”, leyó Sofía Virgen Rodríguez, hermana de Imelda, en la rueda de prensa por su aniversario luctuoso.

En entrevista con Reporte Indigo, Martha Catalina Pérez González afirma que los problemas de violencia entre pareja deben ser observados por la sociedad, pues aunque se trata de situaciones privadas, su descuido atañe a todos.

“No hay una vigilancia constante de lo que está sucediendo, son solamente los cercanos, los amigos, los conocidos (…) pero se mantiene al margen por miedo a no saber cómo enfrentarlo, a que diga ‘ese no es mi problema que se, arregle ella’.

“Sin embargo yo creo que sí es nuestro problema como sociedad (…) sí es importante que como sociedad tengamos una concientización de la no naturalización de la violencia”, explicó la profesora investigadora del Centro Universitario de Ciencias de la Salud y subdirectora de Centro de Evaluación Psicológica.

De acuerdo con Pérez González, existen características que pueden determinar un perfil feminicida o de una relación donde la violencia, tanto psicológica como física, se hace presente. 

A través del alejamiento de la víctima para con otras personas que no sean su pareja, es como se inicia el proceso.

“Siempre detrás de esta careta hay alguien inseguro, alguien que siente que tiene que controlar al otro para que esté con él, y vemos a alguien que trató por todos los medios de tratarla controlada en los pequeños detalles, ‘yo te llevo, yo te traigo, tú ya no tienes contacto con alguien más’, con la familia se alejó, pero la conducta se va haciendo cada vez más dependiente de ella en cuanto a mis afectos”, describió. 

En sentido de la desconfianza, es como el feminicida comienza a adquirir posiciones impulsivas y llegar a las agresiones físicas para no perder la atención de la persona victimada.

De igual forma comienza un proceso de “castigo”, en el cual se limitan los recursos económicos, incluso se deja de hablar o tratar amablemente para demostrar un sentir de malestar.

Posteriormente, ante una separación de las personas o un sentimiento de poco control sobre la mujer, es como el victimario comenzará a tomar ideas de homicidio en dónde “si no es de él, no será de nadie”, como ocurrió en el caso de Imelda Virgen tras su separación amorosa.

“Llegó ese punto de quiebre en el que su personalidad, en algún momento, se sale de la realidad, y puede tener una actitud homicida, pero porque se ve amenazado en cuanto a ya no tenerla, a ya no ser, porque es a través de ella que se identifica como una persona exitosa, amada, querida y complacida”, apuntó Pérez González.

Para la académica de la Universidad de Guadalajara, el proceso del feminicida tiende a destruir al victimario como persona y a entrar en un proceso de duda respecto a su relación, de tal forma que es cuando comienza a formularse ideas que implican el homicidio de la persona querida.

De esa forma es como la historia de un perfil feminicida, explicado por la investigadora del CUCS, puede ser tomado por la sociedad para lo que sucede al interior de las relaciones personales, donde los feminicidios van en aumento en nuestro estado y donde la violencia psicológica y física concluyen en el delito penal.

Subcultura de sumisión

Un 40 por ciento de los feminicidios en Jalisco suceden fuera de la Zona Metropolitana de Guadalajara, es decir en áreas rurales o ciudades pequeñas de la entidad, aunque las lógicas de los procesos feminicidas podrían ser distintas a las observadas en las zonas urbanas.

Un hombre mató a su esposa con una escopeta en el municipio de Tepatitlán de Morelos, el pasado domingo 7 de septiembre. 

De acuerdo con la versión del asesino, él se molestó porque su esposa visitó a sus padres. Discutieron y, al subirse de tono la situación, tomó la escopeta y le disparó.

Para la académica de la UdeG, Martha Pérez González, en estos entornos los factores de desinformación y menor conciencia respecto a los roles de género provocan una mayor violencia hacia con las mujeres.

“(Tienen) una historia cultural, una subcultura de sumisión, de asumir el proceso de violencia como una norma, como una parte de la cultura, de cómo socializar, de cómo educar a los hijos, de cómo ser pareja, de lo que yo te puedo hacer”, explicó Pérez González.

Es en los contextos rurales donde las mujeres viven presas de una victimización, en la que la libertad de una equidad no es siquiera vislumbrada por las mismas.

“De ahí que, pues obviamente ellas están inmersas en una sociedad que no les permite liberarse, precisamente por la forma en que se van dando estos roles en la sociedad”, detalló la académica.

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