La cultura, durante los últimos diez años, ha aportado entre un 3 y 4 por ciento del PIB, a pesar de que la economía creció solo entre 2.5 y 2.7 por ciento.

Así lo afirmó, Ramiro Magaña Pineda, miembro de la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial (ONUDI), indicó que tras el descalabro que el modelo de promoción y la empresa cultural sufrió a causa de la pandemia de COVID-19, es necesario lograr una pronta recuperación y volver a ser la luz del mundo y de las personas, así como un bien capaz de dar ganancia.

Durante su participación en la segunda parte del Coloquio “La importancia de la cultura en el desarrollo sostenible”, organizado por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), entre otras instituciones, sostuvo que el aporte de este sector en la última década fue de 700 mil millones de pesos y generó más de un millón y medio de puestos de trabajo, directos e indirectos.

Por ello, indicó que desde la ONUDI se han creado dos herramientas de gran impacto implementadas en Cuba con la industria de la música, y en Italia y Montenegro con compañías agroalimentarias y turísticas.

La primera se conoce como consorcios de promoción, una plataforma en la que artistas o empresas se asocian a manera de cadena horizontal para que desde su carácter conjunto puedan ampliar su mercado hasta internacionalizarse.

Así, artistas y empresas comparten gastos de promoción, representación y otros servicios, incluidos renta de salas de grabación, espacios de exhibición e, incluso, pueden llegar a producir una marca.

Por ejemplo, en Cuba se desplegó un consorcio en ese rubro en el que se reordenó la cadena de valor y se introdujeron nuevos conceptos de asociación y de promoción, lo que propició un cambio tecnológico en la interpretación y grabación de la música hasta alcanzar estándares globales de competición.

La otra herramienta se enfoca en los programas integrados, dirigidos a desarrollar una región en particular en los que las firmas del ramo pueden hacer sinergias con el turismo y la industria agroalimentaria.

Este territorio debe caracterizarse por una aglomeración de micro, pequeñas y medianas empresas alrededor de recursos idiosincráticos llamados capital territorio-cultural, generándose así una experiencia total, que dé como resultado la combinación de comidas típicas y servicios creativos cuyo éxito está en la calidad de cada uno de los elementos para que sea percibida como homogénea y atractiva.

“Y es que la cultura ha sido una de las más resilientes y de mayor sobrevivencia en toda la historia de la humanidad gracias a su capacidad de reinventarse y formular alternativas”, añadió Magaña Pineda en esta actividad que enmarca al 2021 como el año internacional de la economía creativa para el desarrollo sostenible.

Por su parte, Frédéric Vacheron Oriol, representante de la Oficina de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura en México y moderador de la mesa, dijo que ese sector moviliza sobre todo a jóvenes de entre 15 y 29 años y son los países desarrollados los que apuestan por ese ámbito, lo que llega a representar 26 por ciento de las exportaciones mundiales de bienes del tipo, y genera un desequilibrio profundo de oportunidades.

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