“Beto Santos era un tipo inquieto, que se interesaba por los demás, era un hombre que se interesaba por su país, que cuestionó mucho su país, que de alguna manera se rebeló contra un sistema”

José Luis González Íñigo

Empresario

http://youtu.be/Q2hKQnU9a1g

Apenas de 18 años, el empresario José Luis González Íñigo no imaginaba que su destino se iba a cruzar con el de aquel joven inquieto que le daba aventones a la universidad, cuando vivía en Monterrey.

Cinco décadas más tarde de aquellos encuentros, ahora en Guadalajara, el sonorense se enteró que había ganado un reconocimiento que honraba la memoria de ese compañero universitario: el regiomontano Alberto Santos de Hoyos.

Su labor altruista como consejero de la Cruz Roja y presidente del Centro de Rehabilitación Infantil Teletón de Occidente, entre otros cargos, le valió el galardón que reconoce el esfuerzo de personalidades al mejoramiento de su comunidad, en temas como salud, educación, justicia y desarrollo social.

González Íñigo es un convencido de que la empresa no es solo el motor del crecimiento económico, sino también el instrumento para hacer el bien común en México.

Es por eso que el jueves pasado fue reconocido con el premio Alberto Santos de Hoyos por su trayectoria filantrópica, tras años de generar cambios sociales a través de las organizaciones empresariales.

El filántropo estableció su residencia permanente en Guadalajara hace 47 años, donde forjó una trayectoria en los ramos industrial, civil y oficial.

Pero también guarda un cariño a Monterrey, donde estudió durante 7 años la preparatoria y su carrera universitaria.

Fue precisamente en esa ciudad norestense donde trabó amistad con el extinto empresario y político Santos de Hoyos.

Lo conoció en su juventud cuando vivía en la zona del Obispado y cursaba Ingeniería Química Administrativa en el Tecnológico de Monterrey, en el cual obtuvo una beca por su desempeño académico y deportivo.

“Recuerdo que en las mañanas, en la esquina de Degollado e Hidalgo, era muy frecuente que Beto Santos nos recogiera y nos llevara al Tec”, evoca, “no era el tipo que te llevara en su automóvil y te desconociera.

“Se interesaba por las personas, su calidez, su trato amable lo expresaba, y es algo para mí inolvidable, porque coincide con este premio”.

Tras recibir el galardón, que incluye una estatuilla y una compensación económica de 100 mil pesos, González Íñigo dice que encontró muchos paralelismos con la vida de su excompañero, quien murió el 14 de febrero de 2013.

“Beto Santos era un tipo inquieto, que se interesaba por los demás, era un hombre que se interesaba por su país, que cuestionó mucho su país, que de alguna manera se rebeló contra un sistema”, señala.

El empresario no tiene empacho en reconocer que le sorprendió el anuncio del premio, creado por organizaciones como Institución Renace y Nuevo Amanecer.

“Significa algo muy grande para mí. Yo creo que cualquier reconocimiento que se le haga a una persona es muy agradecido, porque obliga a uno pensar por qué me lo dieron y, en este caso para mí, sinceramente ha sido difícil entender”.

Confiesa que no estaba enterado que su nombre se barajaba entre los candidatos del galardón hasta hace dos semanas, cuando recibió una carta del presidente de Institución Renace, Ernesto Canales Santos, quien le informó que era el ganador.

“Llego a la conclusión de que me lo dieron como persona, no por una labor determinada que yo haya hecho, sino por lo que he acumulado de esfuerzos en bien de los demás”.

Y es que la carrera de González Íñigo es un largo recorrido en los ámbitos público y privado, donde su entrega lo coloca como un líder social.

El sonorense, nacido en 1944, ha cultivado su vocación de servicio desde la Iniciativa Privada, hasta los terrenos académico e institucional, en los que ha sumado una extensa lista de credenciales y nombramientos.

Primero se dedicó al ramo textil y, a partir de 1975, a la comercialización para el mercado nacional y de exportación de ingredientes de la industria alimenticia, de cosméticos y farmacéutica.

Luego fue presidente de la Coparmex en Jalisco, vicepresidente de la Concanaco y fundador del Consejo Regulador del Tequila.

En el área académica ha sido consejero del Tecnológico de Monterrey, campus Guadalajara, y de la Fundación Universidad de Guadalajara, así como presidente del Consejo de Directores de la Univa.

Mientras que en el sector oficial, ha presidido la Fundación de la Secretaría de Vialidad y Transporte, y el Consejo Ciudadano de Seguridad Pública, tanto de Jalisco, como de la capital del estado.

Hace unos meses dejó de dirigir el Instituto Jalisciense de Asistencia Social, dedicado a apoyar con capacitación y recursos a organismos civiles, y del cual fue miembro durante 14 años.

Ahora preside la Fundación Social del Empresariado Jalisciense, que fundó hace un lustro junto con otros 15 empresarios, dedicada a atender adicciones de trabajadores y a apoyar a sectores sociales marginados.

Aunque el Occidente fue el que vio crecer a este hombre, él no olvida a Monterrey.

Llegó a la capital de Nuevo León a los 15 años a estudiar la preparatoria y al graduarse de la universidad, a los 21, decidió trasladarse a Guadalajara y formar una familia con su esposa Conchita Covarrubias.

Fue en tierras regias donde González Íñigo fortaleció otra de sus pasiones, además de ayudar a la gente: el deporte.

No es sorpresa que también haya sido incluido en el Salón de la Fama del Deporte del Tecnológico de Monterrey, por su desempeño en softbol y béisbol.

En retrospectiva, el empresario considera que aún falta camino por recorrer en el compromiso social de las empresas.

“Es un proceso largo, es un proceso difícil de lograr, pero ya se está sembrando esa semilla y se están logrando resultados.

“Debemos acostumbrarnos a ser menos dependientes del gobierno, a ser más autónomos, a salir adelante por nosotros mismos, con el esfuerzo propio de la empresa y de sus empleados. Ser menos dependientes de políticas públicas”.

El industrial asegura que el premio lo obliga a trabajar más por los demás, una tarea que intensificó hace 17 años, después de que su hijo menor le confesó que quería ser sacerdote.

Ese ejemplo lo motivó a hacer algo por el otro, mediante acciones reales y concretas.

“Esto me obliga, en el buen sentido, a redoblar esfuerzos, porque no me sentí merecedor del premio, sinceramente lo digo, porque no he hecho ni remotamente el esfuerzo que a mi alcance está”, admite.