Por la historia desfilan personajes buenos y honestos, pero el sistema retorcido los convierte en cómplices.

¿Cómo fabricar culpables para simular justicia? Es una de las preguntas que responde “Justicia”, la última novela de Gerardo Laveaga Rendón cuya historia bien podría filtrarse en el renglón de lo verídico, en el contexto de un sistema judicial mexicano ineficaz.

“Traté de presentar un fresco del sistema de justicia penal en México”, confiesa el abogado y escritor. Y para describir al perfil de uno de los abogados que representan lo retorcido del sistema, usa una analogía sobre taxistas.

“Somos como taxistas, nosotros no podemos pensar en la ética, ni en el país, ni en la democracia. Cuando a un taxista le dices que te lleve a la cantina, el taxista no te dice que está mal que tomes, si le dices llévame al prostíbulo, no te dice que está mal que vayas con prostitutas. El taxista te lleva a dónde tú le pagas”.

Laveaga Rendón intenta describir todo el entramado de instituciones y actores responsables de impartir justicia.

Las escuelas de derecho donde se están formando los futuros abogados del país, los despachos donde trabajan, los juzgados, las agencias del ministerio público, los tribunales, la Suprema Corte de Justicia y el sistema penitenciario.

Por la historia desfilan personajes buenos y honestos, pero el sistema es tan retorcido que incluso los más decentes acaban convirtiéndose en cómplices, dice el escritor.

Novela costumbrista

Fuera de la novela, en los procesos judiciales del México real la necesidad de transparentarlos es firme. 

“Urge una revisión de todas estas leyes, simplificarlas y transparentar los procedimientos.

“En ese sentido veo una luz al final del túnel, los juicios orales, los procedimientos públicos, la rendición de cuentas en los jueces, la justicia alternativa”.

Para el autor de “El sueño de Inocencio” y “Justicia”, ésta última podría ser un reflejo de las costumbres de un contexto de impunidad en el país. 

“A mí me gustaría que dentro de 20 años mi novela ‘Justicia’ se vea como una novela costumbrista, que la gente diga: ‘Mira cómo funcionaban las cosas a principios del siglo 21. ¡Qué horror!”.